Sábado, 18 de marzo, año 2006 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica
(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
EL INFIERNO y LA SANTIDAD
El infierno es un mundo en llamas, sin la presencia del Árbol
de vida en su epicentro, para comer y para beber de Él.
La santidad es la presencia constante de los frutos de vida y
de salud eterna, el Árbol de vida de Dios, en el epicentro
del cielo, del paraíso y de cada uno de nuestros corazones,
hoy y por siempre, en la eternidad venidera, para vivir día a
día de Él.
En la nueva eternidad venidera, porque el Señor Jesucristo ha
de seguir siendo el Árbol de vida y de salud eterna, en el
epicentro del nuevo reino de los cielos, La Nueva Jerusalén
Celestial del más allá. Y ha sido por esta razón, de que Dios
ha enviado a sus siervos, como Juan el Bautista a la tierra,
por ejemplo, para enseñarnos estas grandes verdades de Dios y
de su nuevo reino celestial.
Yo, a la verdad, bautizo en agua para arrepentimiento de sus
pecados, les decía Juan a sus discípulos y gentíos de Israel.
Pero aquel que viene después de mí, por que ha sido Dios
mismo quien me ha manifestado esta gran verdad: pues ni aun
su calzado soy yo digno de llevar; es más, él es más poderoso
que yo y de todo hombre de la tierra y de los que están en
los cielos, también. Él es único para Dios y para la
humanidad entera. Y como él no hay otro igual, jamás.
Ciertamente Él mismo, y no otro como yo, por ejemplo, los
bautizará en "el Espíritu Santo y fuego eterno" del más allá,
de la vida santa y sumamente gloriosa, del reino de Dios y de
sus huestes celestiales, si sólo confesasen su nombre santo
con sus labios, creyendo en sus corazones: toda su verdad y
toda su obra redentora. Pues sólo él es la "salvación de
Dios", para la humanidad. Él es "el sumo sacerdote del Padre
Celestial" quien perdona todo pecado, en el hombre.
Por eso, su aventador está en su mano, y limpiará su tiempo,
sin más demora alguna. Recogerá su trigo en el granero en su
tiempo, y en el ultimo día, para lanzarlo al horno de fuego,
en el más allá, en donde todo lo que es malo y abominable
para Dios y su Espíritu Santo ha de ser destruido,
eternamente y para siempre. (El trigo es el que cree en él,
la paja el que no. El trigo le sigue a él, al creer tan sólo
en su nombre santo en su corazón; la paja es el hombre que
hace todo lo contrario a la voluntad de Dios: de comer y de
beber de su Hijo amado, como Adán y Eva, por ejemplo, en el
paraíso, en el día de su rebelión ante el Árbol de vida
eterna.)
Puesto que, nuevos tiempos vienen hacia Dios y hacia cada uno
de sus seres creados, en el cielo y en la tierra; por tanto,
no podrán jamás comenzar con el pecado y, peor aun, sin haber
comido la comida de su Jesucristo en sus corazones y almas
eternas. Por eso, todo pecado ha de ser destruido en el lago
de fuego eterno, en el más allá. Para que entonces toda una
nueva vida del Árbol de vida de Dios, el Señor Jesucristo,
pueda florecer eternamente y para siempre, en la tierra nueva
con nuevos cielos, en el más allá de Dios y de sus mundos de
huestes angelicales.
Huestes angelicales que jamás han conocido el pecado, ni la
maldad del corazón del hombre de la tierra; estos ángeles
solamente han comido y bebido del Árbol de la vida. Pues con
ellos ha de vivir el hombre redimido, como lo han estado
haciendo todos estos tiempos de la vida del hombre por toda
la tierra, sin casi, en muchos casos, poderlos ver jamás,
pues son invisibles a la vista del hombre. Pero esta vez en
el cielo, los hemos de ver a cada uno de ellos cara a cara al
lado del Árbol de la vida, pues los conoceremos por sus
nombres celestiales, también.
Entonces el nuevo reino de los cielos es para nosotros y sus
ángeles santos, sin la presencia abominable de Lucifer y de
su pecado mortal y rebelde a la vida gloriosa y sumamente
sagrado del Árbol de vida de Dios, ¡el Señor Jesucristo! Es
por eso también, de que todo aquel que invoca el nombre del
Señor Jesucristo, creyendo en su corazón en su obra perfecta,
llevada acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras
de Jerusalén, en Israel, entonces tiene "el bautismo del
Espíritu de Dios", asegurado en su vida. En verdad, todo
hombre y toda mujer tienen el bautismo infinito del Espíritu
de Dios y de su Jesucristo.
Además, esto es realmente desde hoy mismo, en su corazón y en
su alma viviente, en esta vida y en la vida venidera del más
allá, también, en el nuevo reino de los cielos y para
siempre. Porque Dios no sólo nos ha de bautizar con su
Espíritu en nuestras vidas, de hoy en día por la tierra, por
ejemplo, sino que también nos ha de bautizar en el más allá,
en nuestras nuevas vidas celestiales, para alabar y exaltar
su nombre sagrado más alto que sus ángeles en el cielo, más
allá de su antiguo reino. En verdad, el bautismo del Espíritu
de Dios jamás ha de dejar de ser, en ninguno de nosotros,
para siempre.
Pues en este lugar glorioso, es, realmente, donde habita
nuestro Padre Celestial. Y ha sido en este mismo lugar, en
donde nos comenzó a formar en su imagen y conforme a su
semejanza en su corazón santo y eternamente glorioso. Por lo
tanto, en el día que nuestro Padre Celestial se decidió
formarnos en su imagen y conforme a su semejanza, entonces le
dijo al Señor Jesucristo "descendamos a la tierra", y
formemos al hombre, para librarlo de sus profundas
oscuridades del más allá. En este día, el Espíritu de Dios
descendió del cielo de parte de Dios y nos bautizo con su
Espíritu Santo para prepararnos para Él mismo y para la obra
de sus manos santas.
Y así fue, en aquellos tiempos remotos de la antigüedad. Pues
en aquel día y sin más demora alguna, nuestro Padre Celestial
descendió del cielo, más allá del reino de los cielos, para
comenzar su gran obra santa y sumamente gloriosa de sus manos
santas. Sí, este fue el hombre, la mujer, el niño y la niña,
de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos, comenzando con Adán, por ejemplo, formado de las
manos de Dios, en el paraíso. Por lo tanto, en el día que
Dios nos formo con sus manos del lodo de la tierra, nos
amoldo entonces a cada uno de nosotros, en nuestros millares,
a la perfección de su Árbol de vida, su Hijo amado, el
Cristo.
Por eso, nuestro Padre Celestial no nos ha librado del poder
de las profundas tinieblas del más allá, para luego
abandonarnos con su imagen y perfecta semejanza de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, sino lo contrario. Sin duda,
Dios nos ha formado con sus manos, para no sólo levantarnos
del lodo, como en el día de nuestra creación en sus manos
santas, sino para levantarnos más alto que los poderes de la
tierra y de los que están debajo de ella, como el infierno y
el lago de fuego, por ejemplo, hasta entrar en su reino
celestial.
Por tanto, Dios ha hecho una gran obra sobrenatural por cada
uno de nosotros, comenzando con Adán, por ejemplo, con el fin
de santificarnos día a día más y más con el poder
sobrenatural del Espíritu glorioso de su sangre redentora. Y
esta sangre redentora de Dios, sin duda alguna, como ninguna
otra, es, justamente, "la sangre santísima de su Hijo amado",
¡el Señor Jesucristo! De hecho, esta sangre vive, y jamás ha
de morir, puesto que, ha vencido al ángel de la muerte, en la
tierra y en el más allá, para siempre. Por lo tanto, el ángel
de la muerte está muerto para todo aquel y para toda aquella,
que tan sólo confiese con sus labios y crea en su corazón en
Jesucristo.
Por eso, Dios nos ha de santificar gloriosamente en el poder
de la sangre y de su Espíritu Santo, para entonces nosotros
poder ascender muy alto, no sólo hasta la tierra santa del
paraíso de Adán y Eva o de la tierra gloriosa del reino de
los ángeles, sino mucho más alto que todo esto. Pues en este
lugar glorioso del más allá jamás nadie ha entrado, salvo el
Señor Jesucristo y su Espíritu Santo, y nadie más, hasta
nuestros días, por ejemplo. Y muy pronto, nosotros mismos y
no otros, hemos de estar de pie, pisando tierra santa y
firme, en el cielo más allá del reino de los ángeles para
estar con nuestro Padre Celestial y su Espíritu Santo, para
siempre.
Pues entonces, Dios desea levantarnos hasta su lugar
santísimo, en el más allá del cielo, del reino de los
ángeles, para darnos moradas eternas, como mansiones
celestiales, por ejemplo, para vivir con él, con su
Jesucristo y con su Espíritu Santo, siempre honrando y
adorando su nombre glorioso, en nuestros corazones y en
nuestras nuevas vidas celestiales. De fijo, Dios nos ha
formado para la gloria infinita de su nombre sagrado, para
los siglos venideros del infinito; y su obra, su propósito,
por el cual nos formo del polvo de la tierra ha de llegar a
su conclusión celestial, en su día y sin más tardar, con cada
uno de todos nosotros, en nuestros millares, en toda la
tierra.
Es por esta razón, de que el Señor Jesucristo ha descendió
del cielo, para visitarnos con muchos de los grandes poderes
y autoridades supremas, de parte del Padre Celestial y del
más allá, también. Y no sólo el Señor Jesucristo nos ha
visitado, sino que también ya nos ha bendecido con grandes
bendiciones de su corazón, de su sangre y de su vida
sumamente santa y eternamente gloriosa, en nuestros corazones
y en nuestras almas vivientes, también. Por lo tanto, el
Espíritu de Dios ha sido hecho más parte de nuestros cuerpos
corporales e espirituales, que en los primeros días de
nuestras formación, en el más allá.
(Porque lo cierto es que Dios nos formo, a cada uno de
nosotros, en el más allá, en el cielo del reino de los
ángeles con los poderes celestiales de su Hijo y de su
Espíritu Santo, para vivir con él en el paraíso y con su
Árbol de vida, pero sin pecado. Hoy en día vivimos en la
tierra, por la mancha del pecado. Pero aunque esto es verdad,
somos de Dios y de la tierra sagrada del cielo eterno, en el
más allá del mismo reino de los ángeles de Dios y de su
Jesucristo.)
Por lo tanto, Dios mismo nos ha venido bendición con los
poderes de su Hijo amado y de su Espíritu Santo, para vivir
con él, en el cielo. Para que entonces nosotros ya estemos
bendecidos y, a la misma vez, listos para regresar a la
presencia gloriosa de Dios, en su lugar santísimo, en el
nuevo reino de los cielos, en el día señalado de Dios. Y todo
esto, Dios lo ha hecho para nuestro bien eterno, con el poder
sobrenatural de su "bautismo celestial", el bautismo de
nuestras vidas de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo! El bautismo del Espíritu de Dios es real y
verdadero, está ahí, en nuestro interior y por doquier. A
veces se siente, y hasta se lo puede ver como se mueve en
nuestras vidas, conforme a la voluntad de Dios y de sus dones
celestiales, también.
En realidad, este es un bautismo del Espíritu de Dios, que
ningún ángel del cielo, ni menos el hombre de la tierra, ha
de poder otorgar a otro hombre, salvo el Señor Jesucristo.
Porque sólo el Señor Jesucristo tiene todos los poderes y las
autoridades celestiales, de parte del Padre Celestial, para
bautizar con el Espíritu de Dios, a cada hombre, mujer, niño
y niña, de todas las familias de las naciones del mundo
entero, de hoy en día y de siempre. (Ahora, los apóstoles y
los discípulos bautizaban al hombre y a la mujer de la
tierra, en la antigüedad, porque creían en Dios y en su
Jesucristo. Y lo mismo es verdad hoy en día, el hombre puede
bautizar a otro hombre o a otra mujer, en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y así se cumple la
voluntad de Dios.)
Es por eso, que todo aquel que invoque el nombre del Señor
Jesucristo, creyéndole a él en su corazón, entonces el
bautismo sobrenatural de su nombre sagrado ha de estar en él
o en ella, desde aquel momento y para siempre. Es decir, que
desde el momento que el nombre del Señor Jesucristo es
invocado sobre la vida de cualquier persona en toda la
tierra, entonces el bautismo del Espíritu con sus muchos
dones y poderes espirituales del más allá, de parte de Dios y
de su Jesucristo, no sólo ha de estar en su vida, sino que ha
de crecer.
Sí, ha de crecer infinitamente en su corazón y en toda su
alma viviente, también, aunque no lo vea y hasta que ni aun
lo entienda en su corazón; sin embargo, el poder del Espíritu
y de su presencia santa ha de seguir creciendo más y más y
sin jamás parar por nada ni por nadie, para siempre. Además,
el bautismo del Espíritu ha de crecer infinitamente, con el
propósito divino de Dios, de alcanzar lugares celestiales, en
la tierra y en el más allá, también, para el bien de la vida
misma del hombre y para gloria y para honra de su nombre
sagrado eternamente y para siempre, en la tierra y en el
cielo.
Es por eso, que la obra del Señor Jesucristo no ha terminado,
en ninguno de nosotros, en verdad, aunque comenzó miles de
años atrás, en el cielo más allá del reino celestial de los
ángeles de Dios. Es más, esta obra de Dios, en cada uno de
nosotros, no ha de terminar jamás, por ninguna razón, para
siempre. Porque hemos de confesar su nombre sagrado en
nuestras vidas, delante del Padre Celestial y de sus millares
de huestes celestiales, en la tierra y en el cielo, también,
para miles de siglos venideros, en el más allá, en el nuevo
reino de Dios, La Nueva Jerusalén Celestial y Eternamente
Gloriosa con la presencia del Árbol de la vida, ¡el Señor
Jesucristo!
Por lo tanto, todo aquel que no crea en su corazón y no
confiese con sus labios su nombre sagrado, el nombre de su
Hijo, ¡el Señor Jesucristo!, entonces su parte no es con él,
en el cielo o en su nuevo reino celestial, como en su nueva
ciudad, La Jerusalén Celestial, sino con el infierno, en el
fuego eterno del más allá. Y de este lugar, una vez que el
alma perdida cae en su lugar de tormento eterno, no lo salva
nadie nunca. Es más, hasta hoy en día, jamás nadie ha podido
salir y huir de este terrible lugar de tormento y de
violencia eterna para el corazón y para el alma pecadora y
sin el honor de Dios y de su Jesucristo en su vida.
Porque si Dios no dejó sin castigo a los ángeles que no
creyeron en sus corazones, ni menos invocaron con sus labios
el nombre del Señor Jesucristo, durante sus días de vidas
divinas en el cielo, entonces los degrado por completo como
ángeles de su reino celestial, arrojándolos así al infierno,
a prisiones de oscuridad y de perdición eterna. Y en estos
lugares de tormento eterno, hoy en día, hay muchos de ellos,
que luchan día a día para escapar de sus pecados, y no
pueden, porque Jesucristo no es su amigo o su redentor. Así
es el Señor Jesucristo no es redentor de los ángeles caídos,
pero si es redentor del hombre, mujer, niño y niña, de toda
la tierra, para siempre.
Pues los puso Dios mismo en estos lugares terribles del más
allá, en el abismo, para esperar por el juicio final, por
haberle faltado al Señor Jesucristo, en sus corazones y con
sus labios. En verdad, los ángeles poderosos del cielo se
perdieron, por tan sólo haber tenido en poco en sus
corazones, y así deshonrado el nombre bendito de su Árbol de
vida, en el día de su rebelión, en contra de Dios y de su
nombre sagrado, ¡el nombre de su Jesucristo! Es más, Dios
jamás perdono a ningún ángel que le falto a Jesucristo, como
el hombre de la tierra lo suele hacer día a día hasta
nuestros días, por ejemplo; pero Dios permanece fiel y
paciente para con cada uno de ellos, esperando siempre a que
se arrepientan de su terrible error, sólo honrando a su
Jesucristo en sus vidas.
De ello, esto Dios ha hecho para testimonio y enseñanza de
cada uno de nosotros, hoy en día, con el fin de que no
caigamos en el mismo error de los ángeles rebeldes y sin el
nombre salvador de su Jesucristo en sus corazones y sus vidas
pérdidas. Porque Dios no está buscando nuestra destitución de
él, en el cielo o en la tierra, sino todo lo contrario. Dios
realmente nos quiere felices siempre, porque con felicidad
Dios ha de alcanzar aun mayores glorias que las anteriores,
alcanzadas por sus ángeles, para su nombre santo. Por esta
razón divina, Dios nos necesita en sus lugares altísimos del
cielo, desde ya, desde hoy mismo si así fuese posible. Porque
este asunto del pecado del hombre a nuestro Dios no le agrada
en nada en su corazón santo.
Día a día, nuestro Dios nos quiere levantar en alto, cada vez
más y más, sólo con la presencia gloriosa de la santidad
perfecta de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! en nuestras
vidas cotidianas. Para que solamente entonces nosotros poder
entrar en sus habitaciones santas y eternamente gloriosas, en
el más allá, en su reino santo y de su Árbol de vida eterna,
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, para alabar y honrar su
nombre sagrado. Ya que, es necesario que le honremos en la
tierra y en el cielo, también, desde hoy mismo y por siempre.
Por lo tanto, el nombre del Señor Jesucristo es muy bueno
para el corazón y para la salud de cada hombre, mujer, niño y
niña, de todas las familias de la tierra, sin jamás hacer
desigualdad de personas, en ningún momento, ni en ningún
lugar de la tierra. Es más, sin el nombre del Señor
Jesucristo, entonces no hubiese vida en el reino de los
cielos para los ángeles, ni menos en toda la tierra para la
humanidad entera. Por esta razón, el Señor Jesucristo es tan
importante para Dios y para su nombre sagrado, como lo es
realmente para todo ángel, hombre, mujer, niño y niña, de
toda la tierra, por ejemplo. Es por eso, que sin Jesucristo
todo es oscuridad y sin vida en la tierra y en el más allá,
también.
En verdad, todo fuese un desierto, sin agua y sin vida, en el
cielo y en la tierra, también, como en el infierno, por
ejemplo, si no fuese por la presencia gloriosa del Señor
Jesucristo, el Árbol de vida. Porque en el infierno ya no se
puede alabar, ni menos glorificar el nombre de Dios, porque
el Árbol de la vida no está en su epicentro, como en el
cielo, como en el paraíso. Todas las almas perdidas del más
allá ya no tienen la oportunidad y la potestad de exaltar y
de alabar el nombre de Dios, como los ángeles lo hacen en el
cielo y como los hombres, mujeres, niños y niñas, que aman a
Dios y a su Jesucristo lo suelen hacer sin ningún problema en
sus corazones, en la tierra. Pero en el infierno hay grandes
problemas en el corazón del hombre, para honrar a Dios; en
verdad, ya no se puede, porque el pecado es aun más fuerte
que antes, cuando vivían en la tierra; además, también,
porque su Árbol de vida ya no está cerca de ellos o en el
epicentro de sus vidas.
Evidentemente, esta seria una vida sumamente terrible para
Dios, en cualquier lugar de toda su creación, sin su Árbol de
vida en su lugar; en realidad, seria una vida por la cual
Dios jamás ha deseado en su corazón que existiese para él, ni
menos para ninguna de sus criaturas formadas por sus palabras
y por sus manos, por ejemplo. Es decir, de todas las
criaturas que aman a su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!, en el cielo y en la tierra, como ángeles
del cielo y hombres de la tierra, como tú y yo, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, que amamos a Dios, por medio
de su amor antiguo y eterno, su Jesucristo.
Por lo tanto, esta vida celestial de su Árbol de vida es
única en el reino de los cielos, para los ángeles y para
todos los demás seres creados por Dios y por su Espíritu
Santo en la tierra y en toda su nueva creación venidera, del
más allá. De hecho, es por eso que cuando Dios crea el Jardín
del Edén, por ejemplo, entonces puso en su epicentro a su
Árbol de vida, para que Adán viviese con sus descendientes
delante de su Dios y de su Creador eterno, siempre comiendo y
bebiendo de Él, su muy amado, su unigénito.
Sin duda, esto es en si, por ejemplo, tal como los ángeles
del cielo lo han hecho a través de los tiempos, sin ningún
problema alguna, hasta nuestros días. Por lo tanto, cuando
Dios crea los cielos y la tierra, entonces en su corazón
estaba poner a su Árbol de vida en su lugar escogido, como en
el corazón de la tierra, por ejemplo, así como lo ha sido
desde siempre, en el cielo o en el epicentro del paraíso.
(Pues mirándolo bien todo, de las manos de Moisés las
primeras tablas de la Ley salieron para descender al centro o
el corazón de la tierra. Y en la superficie, Israel es así de
pequeño, como el tamaño del corazón para la tierra, para las
naciones, en donde la Ley de Dios fue honrada eternamente y
para siempre; por lo tanto, de Israel mismo salió la sangre
que salva a la tierra y a su humanidad entera, también, ¿no
es cierto?)
Por eso, Dios ha puesto a su Árbol de vida y de salud eterna
en el corazón de la tierra, Israel, para que entonces todo
ser creado por él y por su Espíritu Santo, coma y beba de Él,
también, de la misma manera que siempre ha sido así, en el
cielo con sus ángeles. Es por eso, que todo aquel que mira a
lo alto de la roca eterna de Dios y de su Jesucristo,
entonces ha de ver a su salvador eterno, para recibir de su
Dios todas sus bendiciones y salud eterna para su corazón y
para su alma viviente, también, hoy en día y por siempre, en
la eternidad.
Además, la razón del porque Dios ha hecho esta obra
sobrenatural con sus ángeles y con su Hijo, el Señor
Jesucristo, ha sido con el único propósito de que todo
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos, vean la vida eterna, desde
el momento que comiencen a creer y comer de Él. Porque sin la
comida y la bebida del Señor Jesucristo, entonces no hay vida
para Adán, ni para Eva, ni mucho menos para ninguno de sus
descendientes, en toda la creación de Dios, para siempre.
Y todo hombre y mujer de la tierra que no coman y beban de
Él, su Árbol de vida, en el día que el SEÑOR los ha llamado,
entonces han de morir como Adán y Eva murieron en su día de
rebelión ante él y ante su fruto de vida, el nombre de su
Jesucristo, en el paraíso, por ejemplo. Porque la verdad es
también, de que todo aquel o aquella que no coma y beba de su
Árbol de vida, tal como Dios llamo a Adán y a Eva, para que
coman y beban siempre de Él y así viviesen eternamente con él
y con su Espíritu, en el cielo, ha de morir para Dios y para
su reino.
Irremisiblemente ha de morir el alma del hombre sin Cristo,
de la misma manera que Adán y Eva y todos los ángeles caídos,
comenzando con Lucifer, por ejemplo, murieron en su día de
rebelión, ante él y ante su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, el mismo Señor Jesucristo, de ayer, de hoy y de
siempre. Y Dios no desea ver a ningún hombre, mujer, niño o
niña morir, en sus tinieblas eternas o en el pecado de su
alma, de no conocer a su Dios y a su redentor eterno, ¡el
Señor Jesucristo!
Por lo tanto, Dios mismo se ha formado en nuestro redentor
eterno, en el paraíso, en la tierra y en el nuevo más allá de
Dios y de su Espíritu Santo, la gran ciudad del más allá, La
Nueva Jerusalén Santa y Eternamente Luminosa por el poder y
por la gloria infinita de su Gran Rey Mesías, ¡el Señor
Jesucristo! Por ende, nosotros no podremos tener jamás, ni
menos conocer, a otro redentor como nuestro Dios y Padre
Celestial. Porque sólo el Señor Jesucristo es nuestro Árbol
de vida, pues, sólo en él está nuestra comida y bebida
celestial, es decir, comida y bebida de ángeles.
Porque yo soy redentor y su Señor, por lo tanto, ustedes han
sido santificados delante de Dios y de su Espíritu Santo,
justo en la hora que han creído en mí; por eso, sí permanecen
en mí, entonces han de ser santos, desde hoy mismo y por
siempre, en la eternidad venidera del más allá, del nuevo
reino de los cielos. Han de ser tan santos, como si jamás
ustedes hubiesen cometido pecado alguno, delante de su Dios y
de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, les declaraba
abiertamente el Señor Jesucristo a los gentíos de Israel, en
los días de la antigüedad.
Puesto que yo soy santo, les decía el Señor Jesucristo a sus
discípulos y apóstoles en todo Israel, día a día y sin cesar.
Y aun hasta en el mismo día de su muerte, les volvía a
recordar el Señor Jesucristo, entonces ustedes también han de
ser santificados para Dios, en todos los lugares de la
tierra, para la eternidad. Y esto es verdad, en cada uno de
ustedes, en sus millares, en Israel y en la tierra, sí sólo
me ven a mí, a su redentor celestial, en sus corazones y en
todos los días de sus vidas por la tierra, hasta finalmente
regresar a sus lugares eternos, en el paraíso de Adán y de
Eva, en el cielo.
Además, porque yo soy santo, entonces el pecado de maldad y
de muerte eterna ya no es con ninguno de ustedes; es más, el
pecado con todas sus enfermedades, ni aun el ángel de la
muerte, tiene poder sobre ustedes, ni hoy en día, ni jamás. Y
aun mucho más que todo esto, el fuego del infierno y hasta el
fuego del lago de fuego ya no tienen ninguna potestad sobre
ustedes, ni hoy, ni jamás, les aseguraba el Señor Jesucristo
a sus apóstoles y discípulos, por igual, en Israel.
Por lo tanto, siendo ustedes santificados en mí, por la fe,
que sólo es posible en mí, les decía el Señor Jesucristo a
las gentes de Israel y a sus apóstoles, pues entonces no se
contaminen con nada ni con nadie, aunque sean sus familiares
o sus mejores amistades. Pues crean en su Dios y en la gran
obra celestial que ha hecho, desde los días de la antigüedad,
por amor a cada uno de sus hijos e hijas, en toda la tierra,
de todos los pueblos, tribus, linajes y reinos, para Dios y
para su nuevo reino celestial, en el cielo.
Pues entonces por amor al Padre Celestial, si es que
realmente aman a Dios y a su justicia infinita, no se
contaminen sus personas por causa de ningún ídolo, imagen o
reptil que se desplaza sobre la tierra, desde la antigüedad
hasta nuestros días, les pedía el Señor Jesucristo a las
gentes de Israel. Y esto es hoy en día, por ejemplo, como en
los días de la antigüedad, desde el estado diabólico del
vaticano y por el mundo entero día a día, engañando así hasta
la muerte al corazón y al alma preciosa del hombre, la mujer,
el niño y la niña, de las familias, pueblos, tribus, linajes,
y reinos de la tierra.
Ya que, todo aquel que se deje engañar por las serpientes, de
los enemigos del nombre de Dios y de su Jesucristo, entonces
la ira de Dios es en contra de él o de ella, y su alma
peligra ante el juicio final de Dios, en el más allá. Porque
no es justo, que el hombre y la mujer de la tierra se dejen
engañar por las palabras de maldad y de sus ídolos
abominables, de los cuales son afrenta eterna a la voluntad
perfecta de Dios, manifestada únicamente en los mandamientos
eternos de Moisés y de Dios.
Por tanto, esta Ley de Dios, invariable, no sólo es
manifestada en el cielo y en Israel, sino en todos los
rincones de la tierra y de toda la creación futura de Dios y
de su Árbol de vida y de salud eterna, el Señor Jesucristo.
En otras palabras, la Ley de Dios jamás ha de dejar de ser
para Dios y para todo hombre, mujer, niño y niña de toda la
tierra y, también, para los ángeles del cielo, para siempre.
Por eso, el Señor Jesucristo manifestaba que el cielo y la
tierra pasaran pero no su palabra (hablando de la Ley de
Moisés y de Israel).
En vista de que, sólo el Árbol de vida de Dios es la Ley
perfecta para la vida de cada ángel, arcángel, serafín,
querubín del cielo y así mismo para todo hombre, mujer, niño
y niña, de todas las naciones de la tierra. Y fuera del Árbol
de la vida, no puede existir otra Ley superior en la tierra,
ni en el cielo, tampoco, para siempre. Por esta razón, toda
nuestra obediencia hacia Dios y hacia su Espíritu Santo es
eternamente cumplida en la fe, la cual sólo es posible, en
creer en el Señor Jesucristo, como nuestro único redentor de
todos nuestros pecados, hoy y por siempre.
Por lo tanto, todo aquel que tiene al Señor Jesucristo, en su
corazón y en toda su vida, entonces ha cumplido esas
palabras, letras, tildes con sus significados eternos de la
Ley Divina y de vida eterna del cielo y de toda la tierra,
también, para miles de siglos venideros, en el más allá, en
el nuevo reino de Dios. Por lo tanto, sólo el Señor
Jesucristo ha de seguir siendo nuestra comida y nuestra
bebida en la nueva vida celestial de nuevas tierras con
nuevos cielos, en el nuevo reino de Dios.
Es por eso, que para Dios todo aquel que tiene al Señor
Jesucristo en su vida, entonces tiene vida y salud eterna
asegurada para con Dios y para con su Espíritu Santo, hoy en
día y para siempre. Es decir, de que todos los hombres,
mujeres, niños y niñas de las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos, tienen su salvación asegurada en
Dios, sólo por la fe, de todo lo que es el Señor Jesucristo,
en el cielo y en la tierra, para toda la eternidad de siglos
y siglos venideros, en el nuevo más allá venidero.
(Los siguientes libros hablan del peligro del infierno y de
la santidad sin igual y salvadora de nuestro Árbol de vida y
de salud celestial, el Hijo amado de Dios, ¡el Hijo de David,
el Cristo!)
Libro 119
EL INFIERNO
El infierno sólo existe para el pecado, para el ángel de la
muerte, para Lucifer y sus seguidores.
Ingresen todos por la puerta estrecha del reino de los
cielos, porque grande y espacioso es el camino que lleva al
alma perdida del hombre pecador, hacia su lugar de eterno
tormento, en el infierno, en el más allá. En verdad, muchos
han sido los que ya han entrado por esta puerta ancha del
castigo eterno, en el mundo de los muertos y de la perdición
eterna. Recordemos al hombre rico, por ejemplo; sus riquezas
en el mundo no pudo salvarlo; pero la riqueza en Cristo
Jesús, si puede salvar el alma perdida de cualquiera que crea
en él, en toda la tierra, sea rico o sea pobre, sea sabio o
no.
Puesto que, el camino angosto y estrecho del Señor Jesucristo
casi no se ve; pero está ahí, en su lugar, en donde Dios lo
dejo en la tierra, para que todo aquel que desee entrar al
cielo y vivir la vida eterna, entonces lo pueda hacer así,
sin ningún problema, creyendo siempre en su Jesucristo y en
su sangre redentora. Porque sin la sangre del Señor
Jesucristo nadie podrá entrar en el cielo; dado que la sangre
de Adán, en el hombre de la tierra, como con Adán, por
ejemplo, es para el infierno solamente.
Por lo tanto, este camino de Dios es el camino del Señor
Jesucristo para todo ángel que ha de conocer al Padre
Celestial en el futuro; porque los ángeles no han conocido
aún al Padre Celestial, como lo ha conocido desde siempre el
Señor Jesucristo. Por lo tanto, este camino también lleva al
hombre de la tierra al cielo, para conocer al Padre
Celestial. Y sin este camino, nadie jamás podrá ver al Padre
Celestial, ni su vida eterna, sea ángel del cielo u hombre
del paraíso o de la tierra, de nuestros días.
Ya que, este camino del Señor Jesucristo es el camino al
Padre Celestial para los ángeles, como lo es hoy en día por
toda la tierra para todo hombre, mujer, niño y niña, de las
familias de la tierra, de los que deseen ver la vida eterna y
conocer al Padre Celestial, de la misma manera que el Señor
Jesucristo le conoce, desde siempre. Y sin Jesucristo no ha
vida, no hay Dios, no hay nada para nadie, sea quien sea la
persona en la tierra o ángel del cielo.
Dado que, sólo el Señor Jesucristo ha visto y conoce al Padre
Celestial hasta hoy en día, en el reino de los cielos, y no
los ángeles o arcángeles, serafines, querubines y demás seres
santos del cielo, como mucha gente ha pensado a través de los
tiempos, hasta nuestros días, por ejemplo. Porque para ver y
vivir con el Padre Celestial se necesita tener "la vida, la
verdad, la justicia, el amor y la sangre bendita" del Señor
Jesucristo"; y sin él no hay nada de nada para nadie, en el
cielo, ni en la tierra, también. Porque todo aquel que desee
ver al Padre Celestial tiene que ser rico en el nombre del
Señor Jesucristo, en su corazón y en su alma viviente, hoy en
día y siempre.
Ya porque el ángel vive en el cielo, esto no significa que ha
visto y conozca al Padre Celestial. No, no es así: Sólo el
Señor Jesucristo ha visto al Padre Celestial y le conoce a
fondo, porque él mismo ha salido de él, para los ángeles en
el cielo y para los hombres en el paraíso y sobre toda la faz
de la tierra, también. Por lo tanto, el Señor Jesucristo es
el camino estrecho que lleva al ángel del cielo y al hombre
de la tierra, a la presencia santa del Padre Celestial, en el
reino de los cielos, en la nueva eternidad venidera, del más
allá.
Es por eso, que los ángeles del cielo que no confesaron con
sus corazones y con sus labios el nombre bendito del Señor
Jesucristo, por ejemplo, durante sus días de vida santa y
perfecta en el reino de Dios, entonces pecaron en contra de
él y del Padre Celestial. Porque todo aquel que peque en
contra del nombre del Señor Jesucristo, en verdad, está
pecando en contra de Dios y de su vida eterna y gloriosa en
el cielo. Y este pecado es de muerte y reo del fuego eterno
del infierno; lo fue en la antigüedad con los antiguos, y lo
es hoy en día, también, en la vida de todo hombre moderno de
toda la tierra.
Por eso es que cuando Lucifer se rebelo en el cielo, en
contra del nombre de Dios, en verdad, se rebelo en contra del
Señor Jesucristo. Porque Lucifer nunca había visto al Padre
Celestial, ni mucho menos le conocía, salvo que sabía que
existe y que el único camino hacia él, en el reino de los
cielos, es el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por
lo cual, como Lucifer rehusó creer en el Señor Jesucristo,
como el camino a Dios, en el cielo, entonces peco y fue
destituido de la gloria del Padre Celestial, para siempre. Y
desde aquel día dejo de ser ciudadano del reino de Dios. Y
hoy en día, Lucifer no ha desistido de su primer pecado, el
aun desea ser como Jesucristo; él aun desea ser el camino a
Dios, por medio de figurines, imágenes e ídolos terribles del
mundo de los muertos, en el infierno.
Es por eso que en el día que Lucifer peca en contra del Señor
Jesucristo, con una tercera parte de los ángeles del cielo,
porque mucho de ellos creyeron en él y en su nombre inicuo,
entonces el infierno comenzó a arder con las llamas eternas
de la ira de Dios. Porque Lucifer no pude exaltar su nombre
más alto que el del Señor Jesucristo en el cielo, ni en la
tierra; Lucifer no puede ser como Jesucristo, jamás; Lucifer
no puede ser el camino al Padre Celestial por medio de
figurines, como los del estado mentiroso del vaticano, por
ejemplo.
Sólo el Señor Jesucristo conoce al Padre Celestial, por lo
tanto, sólo él es el camino a Dios, en el cielo para ángeles
y por toda la tierra para las naciones y sus gentíos de
hebreos y de gentiles, por ejemplo. Y, de hecho, desde aquel
día que nació el pecado en el corazón de Lucifer, en contra
del Señor Jesucristo, por tratar de ser mayor que él,
entonces en éste mismo día también nació el infierno, para
todo ángel caído, solamente. (En aquellos días, el hombre no
había sido formado de la tierra, todavía.)
Y digo solamente para todo ángel caído, porque tú, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, aun no habías sido
formado de la tierra, por las manos sagradas de Dios y de su
Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Es más, la tierra
aun existía bajo el poder de las profundas tinieblas, del
enemigo de Dios. Por lo tanto, en la tierra no había ninguna
clase de vida, ni de los animales o plantas, por ejemplo,
porque la luz de la nueva creación todavía no había alumbrado
sobre toda la faz de la tierra. Todos estábamos en profunda
oscuridad, en el vientre de la tierra, hasta que Dios nos dio
la luz de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para
alumbrarnos y poder nosotros leer su palabra, su Ley, y ver
todas sus cosas, en los días venideros, en la tierra y en el
cielo, también, por supuesto, para siempre.
Por lo que, el hombre aún yacía tendido y rodeado de las
profundas tinieblas del vientre de la tierra, para que en su
día, en el día señalado por Dios mismo, entonces hacer que dé
a luz (la tierra misma) al primer hombre, Adán y sus
descendientes, por sus millares, en todos los tiempos de su
vida, en el mundo. Por esa razón, el infierno fue formado por
culpa del pecado de Lucifer, en contra de la Ley y del nombre
bendito del Señor Jesucristo, en el cielo, en el principio, y
no por culpa de ningún ser humano, como Adán, por ejemplo.
Es por eso, que en el día del juicio y del castigo final de
Lucifer, entonces ha de ser lanzado en las llamas ardientes
del fuego eterno del infierno, para destrucción de su corazón
y de su espíritu malvado, para siempre. Ahora, todo ángel
caído y todo hombre pecador de toda la tierra ha de ser
lanzado en el lago de fuego que arde día y noche con el
azufre de la eterna destrucción del espíritu pecador y del
alma rebelde en contra del Señor Jesucristo, por tan sólo
permanecer en su pecado y en su maldad eterna.
Por cuanto, es pecado y maldad eterna no amarle a él, al Dios
del cielo y de la tierra, de parte de los ángeles u hombres
de la tierra, sin confesar al Señor Jesucristo en sus
corazones y con sus labios. Además, cada vez que el hombre
peca en contra de Dios y de su Jesucristo, entonces el
infierno se hace más violento y tormentoso que antes. Y esto
sucede así, en el infierno, porque la ira de Dios se
incrementa también, por culpa del pecado, del corazón rebelde
del hombre ingenuo, en contra de su Jesucristo.
Por cuanto, si Dios no le perdono a Lucifer su pecado, ni a
ninguno de sus seguidores, como sus ángeles caídos, por
ejemplo, entonces tampoco te ha de perdonar a ti, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, si persiste en rehusar comer y
beber de su fruto y de su agua, de su Árbol de vida eterna, ¡
el Señor Jesucristo! De cierto, has de morir de hambre y de
sed en la tierra y en el infierno de igual forma, sin que
nadie te pueda dar de comer, ni de beber, como Dios sólo lo
sabe hacer con el cuerpo y con la sangre de su Hijo amado, su
Árbol de vida y de salud eterna.
Es por eso, que en el día del juicio de Dios y de todas las
cosas, en el cielo y en la tierra, entonces los ángeles de
Dios han de tomar en sus manos a cada uno, de los enemigos
del Señor Jesucristo y de su sangre redentora, para
finalmente lanzarlos al fuego eterno del infierno, en el más
allá. Y sólo así entonces ponerle, de una vez por todas y
para siempre, fin a sus vidas viles y rebeldes, rebeles
obstinadamente a toda verdad y a toda justicia celestial de
Dios y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Así pues, para los cobardes, para los homicidas, para los
mentirosos, para los incrédulos, para los idolatras, para el
vaticano, para los transgresores de la Ley de Dios y de
Moisés, es el fuego eterno del infierno, en el día de juicio
de todas las palabras y de las obras malas de todo hombre y
de toda mujer de pecado. De hecho, todos ellos han de ser
lanzados al lago que arde con fuego y azufre, esta es la
segunda y muerte final de cada uno de ellos; así es el fin de
todo hombre pecador y ángel caído, en el más allá.
Por eso es que todo hombre y toda nación pecadora van
directamente a su lugar eterno, en el infierno, porque la
palabra de la Ley de Dios no ha sido honrada jamás en sus
corazones; porque el Señor Jesucristo no vive en ninguno de
ellos, ni mucho menos en naciones que idolatran a Lucifer y a
sus figurines de gran maldad. Porque cada figurín e imagen es
una afrenta a la verdad y a la justicia celestial de la Ley
de Dios, en la tierra y en el cielo, para siempre; es mas,
ninguno de estos ídolos ha existido (ni existirá) jamás, en
la tierra santa del cielo, salvo en el estado vaticano, en el
mundo de los paganos, el infierno.
Por esta razón, el infierno es aun mayor que en el principio,
porque son muchos los pecadores y muchas las naciones que han
de ser lanzadas a su fuego que arde en el azufre eterno de la
perdición y del tormento infinito, en el lago de fuego. Es
decir, si es que el hombre y las naciones del mundo entero no
se arrepienten de su mal, por haber vivido tanto tiempo sin
el Señor Jesucristo en sus vidas, para ofender a Dios y a su
Ley Eterna, en el más allá, en el cielo.
Realmente el infierno es como una bestia gigante que come del
cuerpo y del alma pecadora del hombre, pero nunca se sacia,
sino que quiere más y más, hasta nunca satisfacer su hambre y
su sed por las vidas y por las almas perdidas, de los hombres
sin Cristo de toda la tierra. Pero Dios desea ponerle fin a
este gran mal del infierno, en el más allá, cuanto más antes
mejor, para todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias de la tierra. El infierno es sólo para Lucifer y sus
seguidores, ángeles u hombres de gran maldad, también.
Por lo tanto, no teman al hombre pecador que puede matar el
cuerpo, mis estimados hermanos, pero jamás ha de poder matar
el alma viviente del hombre, de la mujer, del niño o de la
niña de todas las familias de la tierra. En verdad, teman
sólo aquel que si puede matar al cuerpo y al alma del hombre,
en la tierra y en el más allá, también, en el fuego eterno
del infierno, ya que tiene el poder y la autoridad para
hacerlo así con toda alma perdida, en la tierra y en el
infierno.
Ciertamente, éste ser santo, quien tiene todo el poder y la
autoridad suprema de destruir el alma del hombre pecador, es
Dios, el Todopoderoso del cielo y de la tierra; sólo a él
teman todos los días de sus vidas por toda la tierra, por
medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y si lo hacen
así, entonces sus almas jamás han de morir en el fuego eterno
del infierno, sino que han de ver la vida eterna, en el más
allá, en el nuevo reino de los cielos. Porque esto es lo que
Dios aspira a toda hora, que ustedes mismos vean sus vidas,
la vida eterna, pero sin el pecado de maldad, ni la fe
diabólica de figurines, vírgenes e ídolos, de deshonrar la
Ley de Dios y de Moisés, del estado del vaticano, en sus
corazones y en sus vidas, de hoy en día, por ejemplo.
EL NOMBRE QUE NO ESTÉ INSCRITO EN EL LIBRO DE LA VIDA NO
VIVIRA JAMÁS
En los últimos días, el que no es hallado inscrito en "el
libro de la vida del Hijo amado de Dios", entonces al lago de
fuego, en donde la segunda muerte reina en la vida del hombre
pecador, por los siglos de los siglos, ha de ser echado, para
morir y nunca más ver la vida, para siempre. En este lugar ya
no hay salvación para el corazón, ni para el alma viviente de
ningún hombre, mujer, niño o niña, de todas las familias de
la tierra; sólo reina la perdición eterna, la muerte del
alma.
En verdad, éste es un lugar sin salida, sólo existe el
tormento y la violencia eterna de cada uno de todos los
pecados que hayan cometido en contra de Dios y de su fruto
del Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Realmente el Señor Jesucristo ya no podrá redimirlos de
ninguno de sus pecados, por más que lo desee hacer así (por
cierto, él sólo obedece a Dios), porque rechazaron aquel que
vive por los siglos de los siglos y a su sangre santa, del
pacto eterno entre el cielo y la tierra.
En este lugar las llamas del infierno, como el lago de fuego,
son las palabras y sus ofensas que hicieron los hombres de
gran maldad y de infamia eterna en contra de Dios y de su
Hijo amado, durante los días de sus vidas por la tierra. Por
lo tanto, estas mismas llamas han de atormentar día y noche
al corazón y al alma que contaminaron la vida del hombre
pecador de toda la tierra, sin que jamás cese su poder de
violencia y de tormento eterno, ni por un sólo instante, para
siempre.
Además, en este lugar han de estar todos los que han
idolatrado imágenes, ídolos de madera, piedra, papel, metal,
palo y de otros materiales que el hombre se ha inventado en
su corazón y con sus manos, para romper la "Ley perfecta y
eternamente santa de Dios". Porque en el cielo, ninguno de
ellos jamás podrá entrar, la Ley de Dios no se lo permitirá
jamás, por razones de su justicia y de su verdad infinita.
Por lo tanto, ellos son del infierno, y al infierno han de
descender para siempre, para nunca más ofender a la palabra
de la Ley de Dios y de Moisés, ni a ningún ser viviente que
ame a su Jesucristo. Porque la Ley es de Jesucristo, y
Jesucristo es de la Ley, para siempre. Es por esta razón, que
todo hombre necesita a Cristo Jesús, para cumplir la Ley con
Dios.
En realidad, en el infierno, cada uno de estas imágenes e
ídolos de santos y de vírgenes han de estar al lado de los
hombres y mujeres que los adoraron, adornaron, honraron y
sirvieron día y noche, durante sus días de vida por la
tierra, como constante testimonios en su contra por haber
ofendido a su Dios y a su Ley Bendita. Además, ninguna de sus
imágenes e ídolos han de apartarse de sus lados por todos los
días de su tormento eterno, entre las llamas de fuego del
infierno. Allí ha de ser el llorar y el crujir de dientes por
su culpa, por su maldad en contra de Jesucristo y su Ley
Bendita.
Y solamente entonces han de saber, los idolatras, que
realmente ofendieron a su Hacedor y a la sangre de su
Jesucristo al haber adorado, en sus corazones, lo que no era
dios, durante los días de su vida por la tierra; entonces ha
de ser muy tarde, para ellos ver y entender la verdad de Dios
y de Jesucristo. Sólo les espera el juicio eterno de Dios, el
cual jamás ha de terminar en sus vidas condenadas a la
segunda muerte en el lago de fuego, porque es infinito.
En verdad, demasiado tarde para todos ellos, para reflexionar
y despertar de sus tinieblas, porque su futuro ha de ser
incierto y lleno de tormentos y de las grandes mentiras de
sus corazones y de sus labios, en el más allá de Lucifer y de
sus ángeles caídos, también. Ciertamente, en el infierno no
está la paz del evangelio del Señor Jesucristo, sólo existe
dolor y gran remordimiento por la culpa de cada uno de sus
muchos pecados, los cuales arden y dan fuego al fuego día y
noche entre las llamas del tormento eterno, del infierno y
del lago de fuego.
Es más, en el infierno ya no existe el concepto de la paz del
corazón y del alma, como existe en la tierra y en cada uno de
nuestros corazones, por ejemplo, para disfrutarlo durante los
de nuestras vidas en la tierra o en el cielo. Porque todo lo
que pudo haber sido paz en el espíritu de fe, del Señor
Jesucristo y de su sangre redentora, para cada uno de los
seres perdidos de la ultratumba, no existe en ninguno de sus
muy mínimos pensamientos, excepto la violencia y su constante
tormento de día y de noche por los siglos venideros, del más
allá.
EL FIN DE LOS IMPÍOS ES EL INFIERNO
Ciertamente todo impío será trasladado al infierno en el día
de su muerte, y todas las naciones que se olvidan de Dios,
también, no importando su tamaño jamás; se hundirán entre las
llamas del fuego eterno, por su maldad, por su culpa eterna,
de no haber honrado a Jesucristo durante su existencia por la
tierra. Para Dios este es el pecado más alto, por lo tanto,
son dignos de la condena eterna del infierno y del lago de
fuego, en el más allá; por su culpa, por su rebelión hacia
Jesucristo, ellos no deberían vivir ni un sólo instante más
en la tierra, ni menos en el cielo, sino sólo en el infierno.
Porque la ultima parada del pecado, en la vida de cualquier
hombre, es el infierno.
En verdad, el impío ha de vivir eternamente y para siempre
con su pecado creciendo más y más en su corazón y en su alma,
por no haber honrado, ni mucho menos glorificado el nombre de
Dios, en todos los días de vida por la tierra. Es decir, que
el pecado del impío jamás ha de dejar de crecer en su
corazón, sino que se hará cada vez mayor que antes, para
atormentar con mayor violencia su alma perdida, el alma
perdida de aquel hombre o de aquella mujer pecadora del
nombre sagrado de Dios y de su Jesucristo.
Además, el pecado del corazón del hombre y de la mujer ha de
seguir creciendo cada día más y más, porque es infinito.
Porque aún hay violencia y tormentos del más allá, que
todavía no han sido alcanzadas por el pensamiento, ni le ha
subido aun al corazón de Lucifer, ni mucho menos al corazón
del hombre tampoco; el hombre eternamente ciego y perdido en
la maldad de su corazón, por no honrar el nombre de
Jesucristo y su Ley en su vida.
Perdido en la maldad de su espíritu humano, del hombre de
todos los tiempos, de no haber honrado a Dios en su corazón,
por medio de Jesucristo y de su sangre eternamente gloriosa y
bendita en las vidas, en las vidas eternamente santas, de
todos los seres vivientes del reino de los cielos, en el más
allá. Y toda esta perdición del corazón y del alma del hombre
pueden desaparecer de su vida, en un momento de fe y de
oración ante el Padre Celestial, en el nombre del Señor
Jesucristo, es decir, si tan sólo puede creer en el en su
corazón y confesar con sus labios su nombre santo.
Puesto que, el que no ama al Señor Jesucristo, como dice la
escritura, entonces jamás ha de poder amar a su Dios, el
Padre Celestial del cielo y de la tierra; y todo aquel que no
ama a Dios, como debe de amarlo, en la manera que los ángeles
le han amado desde siempre, por ejemplo, entonces está
perdido eternamente. Porque la escritura vuelve a decirlo una
y otra vez, el que no ame a Jesucristo, entonces es anatema
ante Dios y ante su Espíritu Santo, en el cielo y en la
tierra, también, hasta siempre, hasta el fin de sus días, en
el infierno.
En realidad, su lugar eterno está en el más allá, entre las
llamas ardientes del infierno, para nunca más volver a
levantarse a ver la vida de Dios y de su Árbol de vida, ¡el
Señor Jesucristo! Es decir, que la ira de Dios lo ha de tener
encarcelado con sus cadenas de fuego y de condena eterna, en
las profundas oscuridades del subsuelo del infierno, como en
una tumba de llamas, para que jamás se levante su corazón y
su alma pecadora ha hacerle daño al nombre sagrado de Dios,
el nombre del Señor Jesucristo.
Realmente, ésta alma perdida, como todo hombre pecador
perdido desde los primeros días de la antigüedad, ha de
sufrir su condena eterna entre las profundas oscuridades del
corazón del infierno, porque no supo oír y obedecer a su Dios
y a su Jesucristo, cometiendo así el pecado de muerte, como
el que cometió en su día, Adán, en el paraíso.
En realidad, todo hombre pecador, como también cada mujer,
niño y niña, de todas las familias de la tierra, están
expuestos a la condena eterna y terrible del más allá, si no
pueden amar a Dios, por medio de su Jesucristo. Y esto es,
sin duda alguna, la condena eterna del infierno candente y
destructora, es decir, también, sino no se arrepienten de sus
pecados y permiten así entonces de que el nombre del Señor
Jesucristo comience a glorificar a Dios, desde sus corazones,
desde hoy mismo y por siempre, en la tierra y en la eternidad
venidera, en el cielo.
Ya que, es necesario que el nombre del Señor Jesucristo
comience desde ahora mismo a glorificar al Padre Celestial y
a su Ley Eternamente santa, desde el corazón de cada hombre,
mujer, niño y niña, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra. Con el fin de que
entonces toda verdad y toda justicia sean cumplidas en cada
uno de ellos, en la tierra y en el cielo también, eternamente
y para siempre, para entrar por fin a la vida eterna. De otro
modo, no hay vida eterna posible para nadie, no hay salud
eterna para nadie, es decir, para ningún incrédulo al nombre
del Señor Jesucristo.
En decir, entonces que sólo así cada uno de ellos, si cree,
pueda regresar a su lugar de sus primeros pasos, en el más
allá, en el reino de Dios y de su Jesucristo, para nunca más
volverse a separar de él, por culpa del pecado, ni por la
mala voluntad de ningún otro ser, como Lucifer, por ejemplo.
Sino que realmente cada uno de ellos ha de vivir su vida,
conociendo siempre la plena verdad y justicia de Dios y del
nombre salvador de su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el
Señor Jesucristo! Y esto es salud y vida eterna, en su
corazón y en toda su alma viviente y eternamente feliz,
feliz, sin duda alguna, por la bendición de Dios y de su
Jesucristo.
EN EL FIN DEL MUNDO LOS ÁNGELES ALEJARAN A LOS JUSTOS DE LOS
CONDENADOS
Así será el fin del mundo: Saldrán los ángeles y apartarán a
los malos de entre los justos, para luego echarlos en el lago
de fuego. Allí habrá súplicas, lloro y crujir de dientes, y
las almas de los perdidos han de ser de todos ellos, de los
que jamás honraron en sus corazones: el nombre y la sangre
del pacto eterno del Hijo amado de Dios, ¡el Señor
Jesucristo! Obra santa y suprema digna de toda gloria y de
toda honra del corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de la tierra.
De hecho, este ha de ser el momento más terrible para el
corazón del hombre pecador, cuando por fin entienda su grave
error de su alma, de no haber amado a su Dios y a su Creador
eterno, por medio del nombre y de la sangre del pacto eterno,
del Hijo amado de Dios, ¡el Señor Jesucristo! En aquel
momento entonces ha de ser demasiado tarde para toda alma
arrepentida de su pecado y de su maldad hacia su Dios y hacia
su Jesucristo. (Y Dios no desea ver a ningún hombre, mujer,
niño o niña de toda la tierra, llegar a este terrible día de
su venganza eterna en contra del pecado de Lucifer y de sus
seguidores crueles y malos del más allá y de toda la tierra.)
En verdad, su corazón y toda su alma han de regresar a su
lugar de perdición y de oscuridad eterna, de donde en un día
de amor y de compasión infinita, nuestro Padre Celestial se
ensucia sus manos santas, por vez primera, para introducirla
al fondo de la tierra, y librarlo de sus tinieblas. Y de ahí
sacar al hombre, de su más terrible condición espiritual de
perdición eterna para darle su luz y vida eterna a su cuerpo
muerto y perdido, en el fango cenagoso del polvo de la
muerte, es decir, de darle la luz y la vida única de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo.
Y sólo así, después de salir de las tinieblas, pueda comenzar
a ser formado en la imagen y conforme a la semejanza divina
de Dios, con el poder de su espíritu de fe, de su palabra y
de su nombre salvador, en la tierra, y hasta por fin entrar
en el más allá, en el nuevo reino de los cielos. En verdad,
en el día del fin de todas las cosas, habrá mucho llanto en
el cielo y en la tierra, también, por no haber amado al Señor
Jesucristo, cuando muy bien lo pudieron haber hecho, sin
ningún problema en sus vidas y así complacer toda verdad y
toda justicia ante Dios y ante su Espíritu Santo, para la
eternidad.
Porque muchos que estaban llamados por Dios mismo y su
Jesucristo para entrar en la vida eterna del reino de Dios,
no podrán entonces; ya es demasiado tarde para cada uno de
ellos, en toda la tierra. Por cuanto, sus pecados aun estarán
viviendo tan fuertes como en el principio en sus corazones,
sin poder deshacerse de ellos con nada en el cielo, ni en la
tierra, salvo la sangre del Señor Jesucristo, ya que, el
tiempo de la gracia habrá terminado, para todos los infieles,
los farsantes, los mentirosos, los malvados y los idolatras.
En verdad, Dios ya no permitirá que ellos sean lavados y
hechos libres con el poder sobrenatural de la sangre y del
nombre del Señor Jesucristo, su Hijo amado, su Cordero
Escogido, para ponerle fin al pecado y al ángel de la muerte,
en la tierra y en el más allá, también, para siempre. Porque
el "Cordero y su sangre santa", serán removidos de su lugar
santo, en el altar de Dios, en el cielo, para no expiar por
el pecado de ningún otro pecador de la tierra, por un tiempo,
hasta que Dios mismo lo reinstalé una vez más, en su lugar
santo y de siempre, si lo desease hacer así.
Por eso, ya no habrá expiación por el pecado de nadie en la
tierra, ni en el cielo, también; es más, el tiempo de la
gracia y la misericordia se habrá acabado para Dios y para
todo ser viviente en toda la creación, sean ángeles del cielo
u hombres de la tierra. Sólo habrá gozo eterno para todos
aquellos hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra, que han recibido en sus corazones y adorado con sus
labios el nombre sagrado de su Hijo amado, el Hijo de David,
¡el Cristo!
Por cuanto, sólo él es el Cordero Escogido de Dios, el Señor
Jesucristo, para remover el pecado de sus vidas y la muerte
eterna de sus almas vivientes, en la tierra y en el más allá,
también, para una nueva vida, libre del pecado y de su
destrucción eterna, en el más allá. Pero no ha de ser así con
los malos de toda la tierra, sino que ellos serán lanzados al
lago de fuego eterno, por los ángeles de Dios, porque en sus
corazones jamás ha habitado la honra, ni menos la gloria de
Dios y del nombre sagrado del Señor Jesucristo.
En verdad, lo único que siempre ha existido en los corazones
de todos estos hombres pecadores y de estas mujeres pecadoras
han sido las palabras de mentira, de maldad, de engaño y de
muerte eterna del corazón infame de Lucifer. Porque estas son
las palabras del espíritu de mentira y de gran maldad que
paso del corazón de Lucifer, al corazón de la serpiente, para
que luego llegase a Eva y así finalmente engañar a Adán y a
cada uno de sus descendientes, en toda la creación de
nuestros días, por ejemplo.
Engañarlos, con el fin de que se pierdan en sus profundas
tinieblas del más allá, sin jamás haber conocido, ni menos
honrado en sus corazones el nombre bendito de Dios, el nombre
salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Pero
poderoso ha sido Dios desde siempre con su Jesucristo, para
librar a cada uno de sus hijos y de sus hijas de las garras,
de las palabras llenas de mentira y de gran maldad del
espíritu de error, del corazón malvado de Lucifer.
Maldades eternas de Lucifer instaladas en la sangre del
hombre pecador de la tierra, con el fin de destruir todo lo
que es bueno de Dios, en el cielo, en el paraíso y por toda
la tierra de nuestros días, también. Por eso, sólo se han de
perder eternamente y para siempre en el infierno los que han
amado al espíritu de maldad y de gran mentira del corazón de
Lucifer, durante todos los días de su vida por la tierra. Más
los que se alejan de las maldades de Lucifer, entonces se
salvan; el infierno no es para ellos, de ningún modo, ni por
la culpa del pecado de nadie; por cierto, están libres del
poder del infierno para siempre, sólo en Jesucristo.
¿CÓMO ESCAPARAN LOS IMPÍOS DEL FUEGO ETERNO DEL INFIERNO?
Ciertamente el Señor Jesucristo llama serpientes y generación
de víboras a los que pecaban en contra de él, al no recibirle
en sus corazones, tal como Dios le había enviado a la tierra,
ha que le obedezcan, para ser recibido por ellos día a día, y
hasta que mucho antes el fin de todas las cosas llegue a la
tierra. Esta fue una hora de gran oscuridad para muchos,
porque no vieron jamás al Señor Jesucristo dándoles las
buenas nuevas de bendición, perdón y salvación eterna, de
parte de Dios y de su reino celestial.
Además, el Señor Jesucristo cuando les hablaba de esa manera,
tan dura y directa, sin ocultarles nada, ni su condición
espiritual, en el más allá, en el abismo, entonces les
preguntaba atemorizado, él mismo, en su corazón y en su
espíritu divino, ¿cómo podrán jamás escapar de la condenación
del infierno, si muriesen hoy mismo? (Los impíos miraban al
Señor Jesucristo atemorizados, sin saber que responderle a su
pregunta; por eso, se callaban y quedaban como mudos ante la
verdad y la presencia sagrada del ungido de Dios y de
Israel.)
Y el Señor Jesucristo les decía, observando su temor hacia él
y su pregunta: Esto es imposible para ustedes lograr en sus
vidas, en el más allá, escapar de tan grandiosa condena en el
mundo de los muertos, por culpa de sus pecados, a no ser que
Dios mismo los ayude, hoy en día y sin más tardar. Porque
mañana quizá ya sea demasiado tarde para cada uno de ustedes
y hasta para los suyos también, en cualquier lugar de la
tierra, en donde sea que se encuentren.
Por cuanto, Dios mismo desde siempre les a querido dar de su
mano derecha, para ayudarles; además, les ha dado de todo de
su ser santo, para despertarlos de la ceguera de sus ojos y
de su condición espiritual, en la tierra y en el más allá,
también; es que ustedes mismo van derecho al infierno, y no
lo saben. Sólo sabe Dios su final eterno, en el más allá. Por
eso, den lectura ustedes mismo de sus escritos, como Dios les
ha hablado una y otra vez por medio de sus gentes
santificadas, consagradas por su sangre santa y eternamente
honrada de su Cordero Escogido, ¡el Señor Jesucristo!
Puesto que, Dios mismo les ha enviado a sus elegidos, desde
el comienzo, hombres sabios y escribas, también, uno tras el
otro y sin parar, en Israel y en todos los lugares de la
tierra. En verdad, de ellos, de todos sus hijos e hijas en
toda la tierra, en sus escritos están escritas sus mismas
vidas santas, de que apedrearon algunos, a otros afligieran,
y a otros azotaron hasta terminar sus vidas, sin razón
alguna, salvo por el sólo hecho de haberles hablado de parte
de Dios y de su Jesucristo.
Y, aparte de eso, también, los persiguieron incansablemente
como si fuesen criminales de ciudad en ciudad, cuando no los
son (ni los serán jamás), diciendo así todas clases de
mentiras en contra de ellos, para hacerles daño y destruir el
evangelio eterno de Dios y de su Jesucristo, en sus mismos
corazones. Pues entonces, preguntó, una vez más, el Señor
Jesucristo a las gentes de Israel, hebreas y gentiles:
¿Cómo Dios no ha de condenar cada una de estas acciones tan
malas de todos sus enemigos? Además, también: ¿Cómo Dios
mismo no ha de llamar a cuenta a todos los que han hecho tan
grave maldad, en contra de sus siervos -los siervos de su
palabra y de su nombre santo, por toda la tierra?
Ciertamente Dios mismo tiene preparado el día de juicio de
todas las cosas, en el más allá, para cada uno de ellos, y
así dejar que sean juzgados por sus propias palabras y por
sus propias acciones, de todas ellas, de las que hayan hecho
en contra de gente inocente. Siervos y siervas de Dios, como
sus profetas, sus sabios y sus escribas, por ejemplo, por
mencionar unos cuantos, por el momento.
Además, nuestro Dios ha de hacer todas estas cosas, justas y
santas, en la tierra y en el más allá, también, como punto
final a todo mal de Lucifer y de sus ángeles caídos, en los
corazones de gran maldad del hombre pecador y sin Cristo de
toda la tierra. Es decir, para ponerle fin de una vez por
todas, desde hoy mismo, y para siempre, en tu corazón, mi
estimado hermano: al poder del pecado, sin que Dios tenga que
hacer nada más, en el día del juicio, para condenarlos
justamente, de acuerdo a cada una de sus actos malos, en
contra de él y de los suyos.
Realmente Dios es justo, y él jamás ha de hacer ningún mal a
nadie, sea quien sea la persona; es más, por más pecadora que
sea la persona, aún tiene su gran oportunidad de arrepentirse
ante él, de todos sus males y pecados, con tan sólo creer en
su corazón y confesar con sus labios: el nombre de su
Jesucristo. Eso es todo lo que tiene que hacer el corazón del
hombre pecador y de la mujer pecadora para recibir el perdón
de sus pecados ante un Dios tan santo y tan poderoso, como lo
ha sido desde siempre, nuestro Padre Celestial, el Creador
del cielo y de la tierra.
Porque sólo ésta fe, de creer con el corazón y de confesar
con los labios el nombre de Dios, es que realmente el corazón
de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo, ha de ser
hecho libre de todos sus pecados, en un momento de fe y de
oración. De otra manera, para Dios no hay manera posible para
que el corazón y el alma viviente del hombre reciban su justo
perdón y su justa justificación delante de él y de su
Espíritu, en la tierra y en el cielo, para ser hecho libre de
todo pecado, en un instante de fe y de amor, en su nombre
salvador.
LOS IMPÍOS ESTÁN ATEMORIZADOS, NO SABEN COMO VIVIR CON EL
FUEGO ETERNO
En verdad, los pecadores en la tierra tienen temor; el
estremecimiento de sus almas perdidas se ha apoderado de los
impíos, porque saben que su día se acerca. ¿Quién de nosotros
podrá habitar con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros
podrá habitar con las llamas eternas?, pregunto yo.
En verdad, nadie. Si, así es, nadie jamás pudiese permanecer,
ni siquiera un instante en el fuego consumidor, de las llamas
eternas de la ira de Dios, en el infierno.
Sólo el Señor Jesucristo puede. Porque en el día que murió,
él mismo descendió, y no otro, a las llamas ardientes del
fuego eterno, en el más allá, en el infierno, para luego
predicar la Ley a todas las naciones que habían vivido sus
días en la tierra, para decirles que Dios cumple, lo que
promete de acuerdo a su palabra dada a los antiguos. Si, los
mundos antiguos, en sus multitudes de gentes, vieron al Señor
Jesucristo descender a ellos y predicarles la palabra de la
Ley, justa y santa, totalmente cumplida y exaltada en su
corazón y en los corazones de todos los fieles a Dios y a su
Espíritu Santo, en la tierra y en el paraíso, también.
Además, Dios mismo les había prometido que enviaría a su Hijo
amado, a su Jesucristo, el Gran Rey Mesías de Israel y de las
naciones, en el día señalado por él mismo, de acuerdo a la
palabra de sus profetas y de sus sabios; y así lo hizo en su
día y sin tardar, ni por un sólo momento. En el infierno, el
Señor Jesucristo permaneció por Tres días, predicando el
libro de la vida eterna, la Santa Ley de Dios y de Moisés,
para cumplir la profecía de Dios, en el corazón de cada uno
de ellos, aún, en el más allá, aunque te parezca imposible
creerlo así.
De hecho, esta era palabra de la Ley de Dios que el mismo
corazón de la tierra tenia que aceptar por boca del Señor
Jesucristo, como cualquier hijo o hija que haya salido de
ella, del polvo de la muerte, para vivir la vida eterna de
Dios, desde sus días por la tierra hasta entrar de regreso al
paraíso. Y después que el Señor Jesucristo termino de
hablarles por tres días; porque realmente Dios mismo tenia
muchas cosas que decirles a las gentes de la antigüedad, que
habían vivido sus días por la tierra, para que conozcan que
siempre hubo un Dios Todopoderoso, en el cielo y la tierra,
que los amo y que pensó siempre por ellos.
Un Dios grandemente santo y justo para con todos los
habitantes del mundo, del pasado, del presente y del futuro,
y que, además, siempre los vio y cuido a todos ellos, de los
grandes males del enemigo, día a día hasta que por fin
terminaron sus días por la tierra, para luego encontrarse con
su Dios y con su Jesucristo. Y así entonces ellos puedan ver
la bendición eterna de Dios y de su Hijo amado prometida a
cada uno de ellos, para que las puedan gozar en sus días
venideros, en el más allá. En verdad, Dios cumplió con los
mundos antiguos y sus multitudes de gentes, cuando el Señor
Jesucristo descendió a ellos para hablarles del cumplimiento
y de la honra eterna de las primeras tablas de la Ley de Dios
y de Moisés.
En verdad, esto era que ellos eran eternamente responsables
ante Dios y el cielo por su Ley Eterna, aunque estén en el
bajo mundo. Por cierto, una Ley Eternamente santa, que ellos
mismos tenían que cumplir, honrar, y exaltar en sus
corazones, para entonces poder estar eternamente en paz con
su Dios y con su Espíritu Santo, en el más allá, en la nueva
eternidad venidera de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!
Entonces cuando ellos oyeron todo lo que Dios tenía que
decirles en sus corazones, y esto era que su Jesucristo, no
sólo era su Árbol de vida y de salud eterna, pero que también
él es su Hijo amado. Y, por cierto, el único justo que podía
cumplir, honrar y exaltar la Ley de Dios y de Israel, en el
corazón de la tierra y en el cielo, también, para siempre. En
efecto, esto fue una revelación suprema para sus corazones y
para sus almas eterna de parte de Dios, para que todo aquel
que en él crea en su corazón y confiese con sus labios su
nombre salvador, entonces tenga vida eterna, en su nueva
vida, en el más allá, en el nuevo reino de Dios, en el cielo.
Además, ellos entonces creyendo a la palabra de Jesucristo y
de su Ley sumamente exaltada por el poder sobrenatural de su
sangre santísima, entonces pueden finalmente cumplirla,
delante de Dios y de su Espíritu, no sólo para Adán y Eva,
quienes se habían perdido en el paraíso, sino también para
cada uno de sus descendientes perdidos en la tierra, también.
En verdad, en aquellos tres días, las llamas del infierno no
le hicieron daño alguno al cuerpo santo del Señor Jesucristo,
como en los días del rey Nabucodonosor hizo que Sadrac, Abed-
nego y Mesac fuesen echados al horno candente, pero el fuego
no los quemaba, ni les hacia ningún daño. Porque en ese
instante Dios estaba con los tres siervos de Dios, quienes
rehusaron doblar sus rodillas ante su estatua para romper así
la palabra de la Ley de Dios, en sus corazones.
Por cierto, mientras Abed-nego, Sadrac y Mesac se encontraban
entre las llamas del horno candente, entonces el Señor
Jesucristo estaba entre ellos, guardándolos, para que no sean
quemados por el poder destructor del fuego del horno. Pues
asimismo estuvo el Señor Jesucristo en el corazón de la
tierra, en donde el fuego todo quema y destruye, pero no así
con los siervos y las siervas de Dios, ni mucho menos con el
Señor Jesucristo.
Porque la verdad es que el fuego del infierno sólo puede
quemar día y noche y por siempre en la eternidad venidera: a
los corazones y las almas vivientes de los hombres, mujeres,
niños y niñas de la tierra, que jamás honraron el nombre de
Dios en sus corazones, durante los días de sus vidas por la
tierra. Pero jamás ha sido así con los que aman a Dios de
todo corazón, por medio del espíritu de fe, de tan sólo creer
en el corazón y de confesar con los labios: el nombre
sobrenatural del Señor Jesucristo.
En verdad, jamás ha sido así tan mal, como el poder del fuego
del infierno, para con los hijos e hijas de Dios, de todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de
toda la tierra, que aman a Dios. Es decir, de los que sólo
aman a Dios, y no por figurines e imágenes, sino por medio de
su Jesucristo, su Árbol de vida y de gloria eterna, para su
nombre eternamente santo y sumamente honrado, en el cielo y
por toda la tierra, también, para siempre. Ya que, nuestro
Dios no es ningún figurín, de los que hayan salido de las
mentes y de las manos pecadoras de los del vaticano, por
ejemplo. Y, por cierto, el Señor Jesucristo tampoco es un
figurín de ninguna clase, sino un ser totalmente real y
siempre presente en cuerpo y en espíritu santo, para todo
aquel que le ame a él y al Padre Celestial, que está en el
cielo.
Porque, el infierno fue formado por culpa del corazón vil e
idolatrado de si mismo de Lucifer, para destruir todo lo que
se levante en contra de Dios y de su Jesucristo, en toda la
creación, en la tierra y en el lago de fuego, y no para
destruir el alma preciosa del hombre, en donde vive Dios.
Porque el cuerpo, el corazón y el alma de todo hombre, mujer,
niño y niña, de todas las familias de la tierra, es para el
templo y el hogar eterno de Dios, de su Espíritu Santo y de
su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!
JESUCRISTO ES LA PUERTA ESTRECHA A LA VIDA ETERNA DEL REINO
DE LOS CIELOS
Por eso, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas:
Entren día a día por la puerta estrecha, del reino de los
cielos de Dios, y sin ningún problema en el nombre salvador
del Señor Jesucristo; porque ancha es la puerta, y espacioso
el camino que lleva al infierno, y son muchos los que entran
por ella, en toda la tierra. Pero ¡qué estrecha es la puerta
y qué angosto el camino que lleva al fruto de vida eterna,
del Árbol frondoso de vida y salud de Dios, en el cielo!
En verdad, son pocos los que la hallan, al tan sólo creer en
sus corazones y confesar con sus labios: el nombre del Señor
Jesucristo. En realidad, éste es un camino santo y
eternamente glorioso de Dios y de su Jesucristo por toda la
tierra. Por éste camino, no sólo podremos llegar a pisar
tierra firme y santa, en el más allá, en el nuevo reino de
Dios y de su Árbol de vida, sino que también nos ha de llevar
a la presencia sagrada de Dios.
Además, esto es algo que ni aun los ángeles, desde los días
de la antigüedad, han tenido el privilegio de caminar, hacia
la presencia santa del Padre Celestial, en el reino de los
cielos. Porque el camino que conduce al Padre Celestial, sólo
el Señor Jesucristo lo conoce, pero no los ángeles, ni los
hombres de la tierra. Y aunque esto es cierto, el Señor
Jesucristo ha prometido que él mismo le ha de revelar al
Padre Celestial, a quien él mismo desee revelárselo, siempre
y cuando le agrade a Dios y a su corazón santo, a que sea
así, con el hombre o con el ángel del cielo, por ejemplo.
Como quiera que sea, en el cielo, todos los ángeles conocen a
Dios, pero jamás le han conocido, como tan sólo el Señor
Jesucristo le ha conocido a través de los siglos y los
siglos, desde los primeros días de la eternidad, en el más
allá del reino de los cielos, hasta nuestros días. Es más,
Dios es tan grande que sólo el Señor Jesucristo tiene el
corazón suficientemente santo e inmenso, para conocerle en la
manera que tan sólo él le ha podido conocer desde siempre,
hasta nuestros días, por ejemplo.
Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo ha visto al Padre
Celestial, hasta hoy en día, en el reino de los cielos.
Porque si los ángeles conociesen a Dios, como sólo el Señor
Jesucristo le ha conocido, desde siempre, entonces el
arcángel Lucifer y los millares de ángeles que se revelaron
en contra de él, jamás lo hubiesen hecho así, tan mal, para
mal eterno de ellos mismos, en el día de su rebelión, para
humillar su nombre tan santo y tan glorioso.
Además, jamás se hubiesen rebelado los ángeles caídos en
contra del Padre Celestial, ni de su nombre salvador de su
Jesucristo, porque entonces hubiesen conocido verdaderamente
el amor de Dios, para jamás abandonarlo por todas las cosas
más bellas y gloriosas del cielo y de toda la tierra. Pero
los ángeles, ninguno de ellos, salvo el Señor Jesucristo,
conocían al Padre Celestial, como hoy en día, por ejemplo. Y
lo mismo es verdad en toda la tierra para con el hombre, la
mujer, el niño y la niña, de todas las familias de las
naciones.
Porque si verdaderamente cada uno de los hombres conociese al
Señor Jesucristo, en su corazón y en toda su alma viviente,
entonces jamás se hubiesen rebelado en contra de él, ni de su
palabra, ni mucho menos de su nombre santo y eternamente
salvador, sino lo contrario. Realmente cada uno de ellos
adorase y respetase al Señor Jesucristo, ya que sólo él es el
camino, la verdad y la vida al Padre Celestial y a su vida
eternamente santa y honrada, desde la tierra para entrar, en
el nuevo reino de los cielos, en el más allá.
Pero el hombre de la tierra no conoce al Señor Jesucristo,
como debiese conocerle a él, para obtener la bendición y la
santificación eterna de su corazón y de su alma viviente; ni
mucho menos podrá jamás conocer al Padre Celestial, por otro
camino de la idolatría o de imágenes, por ejemplo. Porque
toda idolatría es en contra de la Ley Bendita de Dios; y esto
es pecado, hoy en día y en la eternidad.
Seriamente, sólo Jesucristo es la bendición eterna para ser
perdonado de todo pecado, y su santificación celestial, para
entonces entrar al reino de los cielos como hijo legitimo o
hija legitima de Dios, en el poder sobrenatural de la sangre
y del nombre del Cordero Escogido de Dios, en el más allá, en
el nuevo reino de los cielos. Y sin Jesucristo no hay
bendición, ni menos de perdón de pecados para nadie, jamás.
Además, hoy, mi estimado hermano y mi estimada hermana, el
Señor Jesucristo no sólo desea ser tu camino eterno en la
tierra, para entrar en tu vida celestial, sino también para
llegar a la presencia del Padre Celestial, en su lugar santo,
en el nuevo reino del más allá, La Ciudad Santa de Dios: La
Nueva Jerusalén Celestial y Eterna. Porque sólo el Señor
Jesucristo es tu camino y tu puerta para llegar a la: "Casa
del Padre Celestial, en el reino de los cielos" y pasar por
su velo santísimo hasta entrar a él, a su lugar glorioso, en
el cielo; y así nunca más volverte alejar de él, para
siempre, por ninguna razón.
LOS IMPÍOS HAN DE SER LANZADOS AL LAGO DE FUEGO, POR SU
INCREDULIDAD
Y los enemigos de Dios y de su palabra santa entonces fueron
tomados prisioneros, junto con sus caudillos que habían hecho
maldades y proferido grandes blasfemias en contra de Dios y
de su Jesucristo, engañando así a muchos por la tierra, para
deshonrar su Ley Honrada, y hacerlos adorar a las imágenes e
ídolos abominables del estado diabólico del vaticano. Pues
todas estas gentes y con sus numerosos ídolos e imágenes de
dioses falsos, y de sus sacerdotes viles, fueron tirados aun
con vida por los ángeles celosos de Dios y de su Ley Santa:
al lago de fuego ardiendo con azufre, en el más allá.
Además, Dios ha de castigar a todo rebelde en contra de su
Ley santa, en el fuego eterno del lago de fuego. Con el fin
de que nunca más se vuelvan a levantar en contra de él, de su
Ley, de su Jesucristo y de toda su gente, de los que han
creído en su obra santa y perfecta, en sus corazones y en sus
almas vivientes, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra. En verdad, Dios ha de
castigar al pecado hasta que deje de existir eternamente y
para siempre, en la tierra y en el más allá, también, es
decir, en el infierno, el mundo de los muertos y el lago de
fuego.
En verdad, ninguno de los hijos e hijas de Dios, jamás
volverá a sentir la amenaza, ni mucho menos ver la muerte
eterna, en el más allá, en el infierno. Porque el ángel de la
muerte y del infierno, ya no tienen poder sobre ellos y sobre
sus vidas, eternamente para siempre, desde el momento que
comenzaron a ver al cielo, para creer en aquel que vive, por
los siglos de los siglos, el Señor Jesucristo, el Santo de
Israel y de las naciones. Porque sólo él es el camino a la
vida eterna, desde la tierra hasta entrar en tierra firme en
el cielo de Dios y de sus huestes de ángeles santos.
Pero todos los que confían en sus dioses de madera, plástico,
tela, piedra, metal, no podrán ver la vida eterna jamás, sólo
les esperan la perdición eterna, entre las llamas ardientes
del fuego eterno, en el infierno, en el lago de fuego que
arde día y noche, por los siglos de los siglos con azufre. En
efecto, esta es la confusión eterna de todo corazón malvado,
del hombre pecador y del ángel caído, que jamás abrió su
puerta de su corazón, para recibir al Señor Jesucristo y así
entonces amar al Todopoderoso del cielo y de la tierra, al
que vive por los siglos de los siglos, nuestro Padre
Celestial.
En aquel lugar de su tormento eterno, ninguna de las almas
perdidas de todos los hombres, que optaron en desobedecer a
Dios y a su Ley, no podrán jamás volver a oír la palabra de
la Ley, ni sus muchas y ricas promesas de vida y de salud
eterna, en la vida gloriosa y sumamente honrada del Hijo de
David. Porque el Hijo de David es el Cristo de hoy en día y
de siempre, en los siglos venideros del nuevo más allá de
Dios y de su Espíritu Santo, para todos los hijos e hijas de
Dios. En verdad, el Señor Jesucristo ya no estará con ellos,
porque haberle rechazado, como Adán lo hizo, en su día, en el
paraíso ante el árbol de la ciencia del bien y del mal.
Por tanto, fuera del Señor Jesucristo, ningún hombre, mujer,
niño o niña, de todas las familias, razas, pueblos, tribus,
linajes y reinos de la tierra, ha de poder ver la vida, ni la
paz eterna de su corazón y de su alma viviente, en la tierra,
ni mucho menos en el más allá, sólo la muerte es su final. Y
este es un fin, por el cual Dios jamás pensó que ninguno de
todas sus criaturas terminaría los días de su vida ahí, para
sufrir violencia y tormentas eternas jamás pensadas en su
corazón.
Ni mucho menos pensadas, en este fin tan cruel y tan
horrendo, en el corazón de sus criaturas perdidas en la
maldad, de las palabras llenas de mentira y del engaño eterno
de Lucifer, en el corazón de los ángeles caídos y de los
hombres ingenuos de toda la tierra. Hombres amados por Dios y
por su Espíritu Santo, que realmente jamás honraron en sus
vidas: la vida celebre y eternamente honrada, llena de vida y
de salud, para todo aquel que tan sólo creyese en él, y en su
obra perfecta sobre la cima de la roca eterna, en las afueras
de Jerusalén, en Israel, ¡el Señor Jesucristo!
Y el tormento mayor del infierno y del lago de fuego ha de
ser de tan sólo ver, en sus corazones, que pudieron haber
creído en el Señor Jesucristo, y no lo hicieron, por sus
culpas, por sus tinieblas en contra de Dios y de su buena
manera de vivir, de acuerdo a su palabra y a su Ley Santa. En
verdad, este ha de ser el momento más terrible de todos los
hombres pecadores, cuando por fin abren sus ojos a la verdad
de Dios y de su Jesucristo, pero ya es tarde; el tiempo de la
gracia es cosa del pasado para todos ellos.
Pues con tan sólo creer en su palabra e invocar su nombre
salvador con sus labios, entonces pudieron haber recibido de
Dios toda la verdad, la vida y la justicia necesaria, para
ser redimidos de sus pecados; y hechos, en un instante de fe,
en hijos legítimos e hijas legitimas de Dios, para la
eternidad, para el nuevo reino de Dios.
Pero para ellos ya es demasiado tarde, sus corazones ya no
pueden creer, y sus labios ya no pueden invocar el nombre
sagrado del Señor Jesucristo, para siempre. Porque las llamas
del castigo eterno del infierno, simplemente se los impide;
sólo les espera siglos y siglos, en el más allá, de tormento
eterno de día y de noche, en donde el gusano no muere, ni
deja de comer del alma perdida del hombre pecador, en el
fango de la tierra en llamas de azufre del infierno.
En verdad, en el hoyo de la tierra los gusanos se comen la
carne del hombre muerto, hasta dejar sólo huesos de lo que
era antes su cuerpo. Pero en el infierno, hay otro tipo de
gusanos; estos gusanos sólo comen del alma perdida del hombre
pecador. Estos gusanos no se saciaran jamás de comer del alma
y del corazón perdido del hombre en el infierno, sino que
realmente han de seguir mordiendo y comiendo pedazo por
pedazo del alma y del corazón del hombre eternamente para
siempre, sin jamás terminar.
Ya que, el alma y el corazón perdido del hombre son eternos
en el infierno, como también los son en el cielo. Por eso, es
que los gusanos del infierno jamás han de acabar de comer
pedazo por pedazo del alma y del corazón del hombre pecador,
en el más allá, en el infierno candente y eterno. Es por eso,
que el sufrir del alma perdida del hombre pecador y el sufrir
del espíritu perdido del ángel caído jamás ha de dejar de
ser, sino que seguirá eternamente y para siempre, en
permanente violencia, dolor y tormento, en el infierno.
LA SEGUNDA MUERTE ES PARA LOS IMPÍOS, EN EL LAGO DE FUEGO
ETERNO
Sólo los que han creído en sus corazones en el nombre
salvador del Señor Jesucristo, entonces han de ser honrados
por Dios, por la misma honra de su Hijo amado del más allá
del reino de los cielos y de sus huestes de ángeles
eternamente santos y, eternamente, llenos de honradez divina
en sus corazones y en sus espíritus celestiales. En verdad,
esta es una honra tan gloriosa, que no existe palabras en el
leguaje humano, de cualquier lengua de los hombres de la
tierra, que la puedan expresar, salvo el lenguaje glorioso y
único de Dios y de la vida santa del reino de Dios, en el
cielo.
Pero, para los cobardes y ateos, para los repugnantes y
homicidas, para los infieles y hechiceros, para los idólatras
y todos los farsantes, su herencia será el lago que arde con
fuego y azufre, la cual es la muerte segunda, en el más allá.
Y de esta muerte, el alma del hombre no se podrá salvar
jamás, salvo por la sangre del Señor Jesucristo. Pero para
todo pecador, al haber llegado este día terrible a su vida,
en el más allá, entonces ya es demasiado tarde.
Por cuanto, el tiempo de la gracia de Dios y de su Jesucristo
ha llegado a su fin, en la vida de cualquier pecador, en
aquella hora cruel e incierta, para todo hombre o mujer de
toda la tierra, sin Cristo en su corazón. En verdad, ya no
hay posible perdón de Dios para ningún pecador, sólo le
espera la perdición eterna de su alma y de su vida, en el
lago de fuego, en el más allá, por no haber creído en su
corazón y por no haber confesado con sus labios: el nombre
bendito del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!
Realmente, esta muerte es la segunda muerte del alma del
hombre pecador; por lo tanto, ya no hay vida, ni mucho menos
esperanza de vida, para el alma perdida del hombre, entre las
llamas ardientes del lago de fuego y de azufre, en el más
allá. Y Dios no ha deseado este tipo de muerte para ningún
hombre, mujer, niño o niña de todas las familias de la
tierra, por su culpa, por su pecado, de no haber conocido a
su Hijo amado en su corazón, como su redentor de su alma
viviente, sino lo contrario.
Dios ha deseado siempre verdad y justicia, la verdad y la
justicia de su fruto de vida y de salud eterna, del Árbol de
vida del paraíso. Pero no es así con Lucifer y con sus
ángeles caídos, para ellos es el castigo eterno, en el bajo
mundo. Para los enemigos del Señor Jesucristo lo peor del
infierno es para ellos. Todo este tormento y violencia
infinita del infierno y del lago de fuego son para ellos, los
espíritus rebeldes, para la eternidad venidera, por haber
ofendido al nombre sagrado de su "Amado", en el reino de los
cielos, en el día de su gran rebelión ante Dios y ante su
Espíritu Santo, con sus millares de huestes de ángeles
celestiales.
Es más, el infierno con su lago de fuego, como su segunda
muerte final, fueron creadas por el pecado de Lucifer, en el
día de su rebelión, en contra de Dios y de su fruto de vida y
salud eterna, de la tierra sagrada del paraíso y del reino de
los cielos, el Santo de Dios, el Señor Jesucristo. Porque la
verdad es que Dios jamás ha deseado perdonar el pecado de
ninguno de los ángeles caídos, por haberse rebelado en contra
de él y de su nombre sagrado.
A causa de que, en el día que Lucifer se rebelo en contra de
Dios, fue porque en aquel día él deseo exaltar su nombre más
alto que el nombre de su Hijo amado, su Árbol de vida y de
salud eterna, en los corazones de todos los ángeles del reino
de los cielos. Y esto fue algo que Dios jamás le iba a
permitir a él, ni a ninguno de sus ángeles caídos, ni por un
sólo instante. Ya que la vida eterna del reino de los cielos,
desde sus comienzos, en los primeros días de la antigüedad,
ha sido siempre su Hijo amado, y nadie más.
Por esta razón, Dios rechazo a Lucifer con todas sus huestes
de ángeles caídos del reino de los cielos, porque Lucifer con
todos sus seguidores ya no podían comer, ni mucho menos
beber, del fruto de vida y de salud eterna del cielo, su
unigénito, el Señor Jesucristo. Es más, la vida y la salud
eterna del Señor Jesucristo ya no era posible, en sus
corazones, ni en sus vidas, ni por un sólo instante más. El
pecado de rebelión los había separado al instante de Dios y
de su vida eterna del Señor Jesucristo, en el reino de los
cielos.
Además, la única tierra en donde Lucifer con sus ángeles
perdidos podían ahora seguir viviendo hasta el día del juicio
final, iba a ser en un lugar muy extraño para Dios y para sus
criaturas, en donde el Árbol de vida, el Señor Jesucristo, no
podía dar de su fruto, ni mucho menos de su agua de vida a
nadie. Y desde aquel día en adelante, el infierno es conocido
como el lugar del pecado y de su tormento eterno, para todas
las criaturas rebeldes hacia el Árbol de vida y su fruto de
salud eterna, el Señor Jesucristo.
Por ello, este lugar, sin duda alguna, era el comienzo del
mismo infierno y su lago de fuego en el más allá, en el mundo
de la segunda muerte y de su perdición eterna, para todo ser
viviente y pecador ante Dios y su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, sea ángel caído u hombre pecador de toda la
tierra. Y fue así que el infierno se comenzó a formar y a
hacerse colosal día a día, para recibir a todo ser rebelde y
pecador ante Dios y ante su Jesucristo, en el cielo, en el
paraíso o en la tierra de nuestros días, por ejemplo.
Pero este infierno, aunque es grande en todos sus contornos,
en verdad, algún día ha de ser echado también, en el lago de
fuego, para ser destruido con todos los que se encuentren en
él; es decir, que el lago de fuego es la segunda muerte
eterna del mismo infierno. Porque una vez que todo pecado que
haya ofendido a Dios y al nombre sagrado de su Hijo amado
deje de ser en los corazones de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas, de todas las familias de la tierra, entonces
el infierno ya no tendrá razón para existir, jamás.
Ya que, el infierno siempre ha de existir en el más allá, si
es que el impío y vil hacia Dios y hacia su nombre santo vive
aun en la tierra. Pero una vez que el hombre vil y pecador en
contra de Dios y de su Ley Santa deje de ser vil y pecador y
se convierta de todo corazón a su Jesucristo, entonces ya no
habrá más tinieblas en la tierra, por lo tanto, el infierno
ha de dejar de existir para siempre.
En este día venidero, Lucifer ya habría sido castigado
eternamente, en el lago de fuego; es decir, que ha dejado de
existir, para entonces. Es decir, también, de que si el
pecado ya no existe, entonces tampoco Lucifer podrá seguir
existiendo, ni por un sólo momento más; su vida ha terminado,
para siempre. Por fin, el lago de fuego se habrá tragado todo
lo que Lucifer habría traído a la existencia, por su maldad,
por su infamia, por su pecado en contra de Dios y de su
Jesucristo.
Además, en el día que esto finalmente suceda en toda la
tierra y su humanidad, entonces ha de ser el día cuando Dios
ha de crear nuevas tierras con nuevos cielos, porque el
infierno ni el pecado de Lucifer ya no existen; el lago de
fuego se los habrá tragado por completo, todo, todo lo malo y
abominable del enemigo de Dios y de su Jesucristo. En
realidad, esta es la segunda muerte de todo ser pecador y del
pecado del corazón de Lucifer, en el más allá, después del
gran juicio de Dios, para con todas las palabras y las obras
de los hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las familias
de la tierra, del pasado, del presente y del futuro, también.
En aquel día, entonces ya no habrá pecador, ni la razón por
la existencia, ni por uno sólo instante más del infierno y de
su ángel de muerte eterna; todos ellos han de ser lanzados al
lago de fuego, para su destrucción final; su segunda muerte
en el más allá, habrá llegado a su punto final, para siempre.
Y cuando el pecado y el infierno dejen de existir, entonces
Dios mismo ha de dar comienzo a su nueva vida eterna con cada
uno de sus sobrevivientes, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus, lenguajes y reinos de la tierra,
para un mundo mejor.
Este ha de ser un mundo nuevo con nuevas tierras y nuevos
cielos, libre de todo pecado, sin la palabra de mentira, sin
el pecador, sin Lucifer y sus ángeles caídos y, además, de
todo, sin el infierno ofendiendo siempre día a día a la vida
de la tierra y del reino de Dios. En verdad, este ha de ser
el comienzo de una nueva vida, llena de la felicidad de Dios
y de su Jesucristo, en el cielo, para siempre. Y desde aquel
día en adelante jamás el hombre volverá a separarse de Dios y
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.
EL INFIERNO ABRIO SU BOCA SIN MEDIDA, PARA TRAGAR MUNDOS SIN
CRISTO
Por eso, los pueblos de la tierra de nuestro Padre Celestial
y de su Jesucristo han sido llevados cautivos día a día hacia
su separación eterna de él y de su Jesucristo, por falta de
conocimiento, de su perfecta voluntad, en la vida de su Hijo
amado, para con cada uno de ellos, en toda la tierra.
Ciertamente sus nobles están muertos de hambre, y sus
multitudes por toda la tierra reseca de sed, de la palabra de
vida y de salud, del Árbol de vida de Dios, ¡el Señor
Jesucristo!
Dado que, Dios ha creado a todo hombre, mujer, niño y niña,
de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de la tierra, para ser siempre "santificados y
nutridos" día tras día, por el fruto de vida y de su agua de
salud eterna, de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y como
ellos no entendieron a Dios, ni mucho menos conocieron la
verdad y la justicia celestial de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, entonces el infierno ensanchó su garganta y abrió
su boca sin medida, como jamás, para tragar de la carne y de
las almas perdidas de los hombres pecadores y rebeldes a Dios
y a su Jesucristo.
Por cierto, allá caerá el esplendor de todos ellos, en el día
de su perdición, sus multitudes, su bullicio y de aquellos
que se divertían con las naciones sin Jesucristo en sus
vidas, también, han de caer entre las llamas ardientes del
fuego, para no volverse a levantar a vivir sus vidas
pecadoras y abominables para la Ley de Dios. Pues ninguno de
ellos ha de volver a levantarse jamás para ofender a su Dios
y a su Jesucristo, como en los días de la antigüedad, por
ejemplo, como cuando Adán y Eva le ofendieron, en el día que
rehusaron comer y beber de su Árbol de vida y de salud, en el
epicentro del paraíso, en el cielo.
Por todo, Dios no desea este mal horrendo para ninguno de los
suyos, ni menos para las naciones, en ningún tiempo de su
vida por la tierra, sino lo contrario. Dios realmente espera
ver el arrepentimiento de sus muchos pecados, llevados acabo
en contra de él y de su Jesucristo, para ofenderlo más que
antes, y hasta mucho más, cuando Lucifer mismo le ofendió al
tratar de exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre de
su Jesucristo, en los corazones de los ángeles, en el cielo.
En verdad, esta rebelión fue algo que Dios jamás se lo
permitió a Lucifer, ni a ninguno de sus ángeles caídos; ni
mucho menos se lo ha permitido al hombre pecador del paraíso
y de la tierra, de nuestros días y de todos los tiempos,
también. Por lo tanto, sólo el nombre del Señor Jesucristo ha
de ser sublime y eternamente honrado por toda la tierra, tal
como siempre lo ha sido en el cielo con cada uno de sus
ángeles, excepto aquellos que se rebelaron en contra de él y
de su Dios, en el día de la rebelión, millares de años atrás.
Por eso, Dios no desea ver más a las naciones de la tierra,
ni a ningún hombre, perdido eternamente en la oscuridad de su
corazón, de no haber honrado, ni mucho menos exaltado el
nombre bendito y lleno de salud eterna, para la vida y para
el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña, de toda
la tierra.
Realmente Dios solamente desea que su voluntad perfecta sea
cumplida en cada nación de la tierra; y esto es de que su
Hijo amado viva en sus corazones, el Hijo de David, el
Cristo, en las vidas de cada uno de sus habitantes, para que
sean entonces preparados así, para su nueva vida eternamente
feliz, en el cielo. Porque en el cielo sólo se vive la vida
perfecta de la Ley de Dios y de Moisés; por cierto, esta vida
perfecta de la Ley es el mismo Hijo de David, el Cristo de
Israel y de las naciones del mundo entero.
Es decir, entonces de las naciones que sólo aman la verdad y
la justicia eterna de Dios y de su Espíritu Santo, desde
siempre, para miles de siglos venideros, en el más allá, en
el nuevo reino de Dios y su Árbol de vida eterna para su
nueva e infinita creación celestial: La Nueva Jerusalén Santa
y Perfecta. Porque sólo el Señor Jesucristo ha de ser el
Árbol de vida eterna para todo hombre, mujer, niño y niña de
la tierra, como siempre lo ha sido para los ángeles de los
cielos y para Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo. Y fuera
de Jesucristo no hay otro Árbol de vida.
TEMER AL QUE TIENE EL PODER Y LA AUTORIDAD PARA MATAR EL ALMA
PERDIDA
Por todo ello, no teman jamás a los que matan el cuerpo, mis
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, porque, en
realidad, no pueden matar al alma del hombre, de la mujer,
del niño o de la niña, de todas las naciones de la tierra. En
lugar de eso, teman a aquel que puede destruir tanto el alma
como el cuerpo del hombre pecador hacia él y a hacia su
Jesucristo, en el infierno y en su segunda muerte, en el lago
de fuego al rojo vivo eternamente con azufre por doquier, en
el más allá, en el mundo de los muertos.
Ahora bien, este único ser santo, con tanto poder para
destruir al alma viviente, del hombre de la tierra, es Dios
mismo, el Todopoderoso del cielo y de la tierra, y más no
otro ser creado por Dios, como ángeles u hombres de la
tierra. Y Dios hasta nuestros días, por ejemplo, jamás ha
destruido la vida, ni el alma preciosa de ningún hombre, ni
de ninguna mujer, ni de niño, ni de niña, del mundo entero.
Pero para el día del gran juicio del cielo, en el más allá,
Dios se ha reservado este gran poder para usarlo en contra de
aquellos que se hayan rebelado obstinadamente del nombre de
su Hijo y de su vida santa y sumamente gloriosa, sobre la
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
Israel, para deshonrarlo. A este pecado Dios lo juzga lo
condena con todo su poder y con toda su autoridad celestial
de más allá, para ponerle fin y así no se vuelva a levantar
jamás para hacerle más daño a nadie, en el nuevo cielo y en
la nueva tierra, para siempre.
Seriamente, Dios está dispuesto a perdonarles todos los
pecados a los hombres, sea cual sea su pecado, no importa.
Pero aquellos que persisten en sus horrendas perversidades de
sus corazones para hacerle enojar y afligirle a él y a su
Árbol de vida, entonces Dios mismo se ríe de ellos, por que
su día final de sus grandes mentiras y terribles maldades ha
llegado a su fin, entre las llamas ardientes del fuego, en el
más allá, en el infierno.
Porque ciertamente Dios mismo tiene el poder para castigar y
destruir eternamente y para siempre, a todo ser innoble y
grosero en contra de su nombre y de la vida honrada de la Ley
de Dios y de Moisés, manifestada intachable en la vida
consagrada al Padre Celestial de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Y todos los que rechazan al Señor Jesucristo y su
Ley perfecta, en verdad, para Dios ellos aman la muerte en la
tierra y en el más allá, también, entre las llamas ardientes
del fuego eterno del infierno.
Por cuanto, cuando pudieron aceptar y recibir en sus
corazones, confesando así el nombre del Señor Jesucristo ante
Dios y su Espíritu Santo, entonces no lo hicieron, para mal
de ellos mismos, sino que se burlaron de él, con gran maldad
en sus corazones; diciendo que le conocían, cuando no era
verdad. Además, se burlaron del Señor Jesucristo, como
Lucifer y Adán con su esposa Eva lo hicieron en el más allá,
en el cielo con los ángeles caídos y en el paraíso, con el
árbol de la ciencia del bien y del mal.
En verdad, esto es muerte eterna para cada uno de ellos, sean
quienes sean, ángeles caídos u hombres pecadores o mujeres
pecadoras de toda la tierra, del ayer, de hoy y de siempre.
Es por eso que la boca del infierno se abre más y más día a
día, para recibir a los moradores de la tierra, de los que
han seguido burlándose del amor perfecto de Dios, manifestado
a la humanidad entera, por medio de la vida y de la sangre
sublime de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Ciertamente, Dios no está buscando burladores del amor eterno
de su Hijo amado para destruirlos, sino lo contrario. Dios
está buscando a todo hombre, mujer, niño y niña, de las
familias de la tierra, que amen su amor perfecto, solamente
manifestado a cada uno de ellos, por medio de la vida y de la
sangre gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, -
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén,
en Israel.
Y cuando Dios los encuentra, entonces sólo hay amor y más
amor celestial para cada uno de ellos y de los suyos también,
por toda la tierra, para engrandecer más y más la gloria
perfecta de su nombre y de su vida gloriosa sobre la tierra,
así como en el cielo con cada ángel y su Hijo, el Señor
Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo es la vida perfecta de
su Ley divina, en el corazón de cada arcángel, ángel,
querubines, serafín y demás seres santos, en el cielo.
En verdad, Dios desea que también sea así por toda la tierra,
en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas
las familias del mundo entero, con el fin de erradicar a cada
una de las tinieblas del más allá, para echarlas a su lugar
eterno, en el infierno y en el lago de fuego, para su fin.
Para que entonces el infierno ya no tenga más razón para
existir en el más allá, sino que tendrá que irse a su lugar
eterno también, con todo lo suyo y de Lucifer, el enemigo
eterno de Dios y del Señor Jesucristo. Y el fin del infierno
es el lago de fuego.
Porque el infierno también tiene su muerte eterna; y esta
muerte eterna del infierno, en el mismo más allá, es el lago
de fuego que arde con azufre día y noche y para siempre. Y
una vez, que cada tiniebla del corazón del hombre haya sido
removida por el nombre y la sangre perfecta del Señor
Jesucristo, entonces el infierno ha de dejar de existir. Y
cuando esto suceda, entonces todo ha de ser luz por toda la
tierra con nuevos cielos y una nueva vida, sin la presencia
terrible del pecado y de la maldad de Lucifer.
Por cuanto, Lucifer ha de desaparecer eternamente y para
siempre con cada una de sus profundas tinieblas, de las que
han agobiado a toda la tierra con el hombre de pecado, desde
los días de la antigüedad, hasta nuestros días, por ejemplo.
Pero todo esto ha de llegar a su día final, cuando el nombre
de Dios y de su Jesucristo reine eternamente y para siempre,
en el corazón de cada ser viviente, de ángeles y de hombres,
en el cielo y por la tierra, para siempre.
Entonces cuando esto sea una realidad, pues todo ha de ser
luz divina, tal como siempre lo ha sido así, en el cielo,
desde siempre y hasta los miles de siglos venideros, en la
nueva eternidad venidera de Dios y de su Jesucristo. El
hombre, ni Dios, ha de tener que volver a sufrir las
aflicciones terribles del pecado y de la mentira de Lucifer,
para siempre; sólo habrá paz, amor, gozo, felicidad, santidad
y una vida perfecta, llena de gozo de Dios y de su Espíritu
con sus huestes de ángeles fieles, en el nuevo reino de Dios:
La Nueva Jerusalén Celestial.
Por eso, el que no fue hallado escrito en "el libro de la
vida" entonces fue entregado a su segunda muerte, en el lago
de fuego, el cual arde con azufre día y noche y para siempre.
De esta muerte no se salva nadie. Porque el ángel caído muere
y el hombre pecador también (muere) en su pecado, para
entonces descender a su lugar de espera, en el más allá, en
el mundo de los muertos, el Abadón o el infierno; por lo
tanto, el espíritu del ángel caído aun no ha muerto del todo,
ni tampoco el alma del hombre pecador.
Pero en el juicio final de todas las cosas de Dios y de su
Jesucristo en el cielo, entonces todos los que hayan sido
encontrados culpables de sus muchos pecados y sus nombres no
inscritos en "el libro de la vida eterna del Cordero Escogido
de Dios", se han de perder para siempre, en lago de fuego. En
verdad, en aquel día final, el mismo Abadón y el infierno han
de ser lanzados al lago de fuego, con todos los espíritus
inmundos y las almas inmundas de los hombres pecadores de
toda la tierra, para que reciban de una vez por todas y para
siempre, su segunda muerte final.
De esta muerte no hay salvación posible para ningún ser
condenado, sea hombre, o sea ángel caído, sino que han de
morir para siempre, en el más allá, en el fuego eterno del
lago de fuego. Desde aquel día en adelante sus nombres ya no
han de ser mencionados, ni menos reconocidos por Dios, ni por
ningún ángel del cielo, ni por ningún hombre o mujer del
paraíso o de la tierra, sino que serán borrados eternamente y
para siempre, en la eternidad venidera de Dios y de su
Jesucristo, en el más allá.
Además, de esta muerte, Dios no desea que ninguno de sus
seres creados tenga que sufrir eternamente y para siempre,
sino lo contrario. En verdad, Dios desea que todo hombre,
mujer, niño y niña, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, tengan la oportunidad
de arrepentirse de sus pecados, y así entonces aceptar en sus
corazones y confesar con sus labios: el nombre bendito de su
salvación, el Señor Jesucristo.
En la medida en que, esta es la única manera por la cual,
Dios ha de perdonar cada uno de todos los pecados de los
hombres y de las naciones de la tierra. Porque ha sido en el
nombre sagrado del Señor Jesucristo, en donde los poderes y
autoridades de perdonar y de limpiar, el corazón y el alma
viviente del hombre de todos sus pecados y de todas sus malas
obras, están hoy en día y por siempre, en la eternidad
venidera del nuevo reino de Dios, en los cielos.
Por cuanto, ha sido el Señor Jesucristo quien ha salido del
Padre Celestial; y, además, quien ha descendido del cielo a
la tierra, para cumplir cada palabra, cada letra, cada tilde
y su significado eterno de la Ley de Dios y de Moisés. Con el
fin de que de ella salga el poder para ponerle fin al pecado
y a la muerte de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas
las familias de la tierra; es decir, de entregarle su vida
eterna a cada uno de ellos, en sus millares, en toda la
tierra, comenzando con Israel, por ejemplo.
Dado que la promesa de la Ley y de su vida eterna ha sido
dada primero a los hebreos, para que entonces todas las
familias de las naciones, de las que lleguen a honrar y a
exaltar el nombre del Señor Jesucristo, entonces tengan sus
nombres inscritos en "el libro de Dios y de la vida eterna",
en el cielo. Porque sólo el Señor Jesucristo ha sido desde
los días de la antigüedad hasta nuestros días: el camino, la
verdad y la vida para ver al Padre Celestial en el cielo,
para cada ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres
santos del más allá.
Y lo mismo es verdad para todo hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de la tierra, pues sólo el Señor
Jesucristo es el camino, la verdad y la vida eterna para
entrar en el cielo y ver al Padre Celestial. Y esto es, en
realidad, tal como el Señor Jesucristo siempre le ha conocido
a él, y tal como ha de ser para con cada uno de nosotros, de
sus hijos y de sus hijas, de todas las naciones, para los
miles de siglos venideros, en el más allá, en el nuevo reino
de Dios, en los cielos.
Es por eso, que es juicio de Dios de que todos los impíos,
los cobardes, los mentirosos, los malvados, los engañadores,
los odiosos de lo bueno, los idolatras, los paganos, los
ateos, han de ser lanzados por los ángeles del cielo al lago
de fuego, para que no vuelvan a ofender a Dios y a su
Jesucristo con sus pecados. Todos ellos han de morir en sus
propias palabras y en sus propios pecados eternos, en el
fuego del infierno.
Si, así será en el ultimo día de vida de toda la tierra, los
ángeles descenderán del cielo para separar a los que han
comido y bebido del fruto de vida y de salud eterna del Árbol
de vida de Dios, el Señor Jesucristo, más los que no hayan
hecho así, entonces son para juicio y condenación eterna.
Porque su pecado los persigue día y noche para siempre, para
vergüenza de sus corazones y de sus almas eternas, en la
eternidad.
Moralmente, ellos jamás podrán separarse del pecado del
corazón malvado de Lucifer, por más que algunos lo deseen
hacer así; por eso, su parte ha de ser con los farsantes, con
los mentirosos, con los viles, con los idolatras, con los
transgresores de la Ley de Dios, entre las llamas del fuego y
del castigo eterno. Ellos ya no podrán gozar de la promesa de
vida eterna de Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo;
sólo la segunda muerte eterna les espera, en su ultima hora
de vida, entre las llamas ardientes del lago de fuego, en el
más allá.
Sinceramente, esto es una pena tan grande para Dios, sólo él
la podrá entender en la eternidad, en su corazón santo, al
ver tantas almas perderse eternamente por el fuego eterno.
Porque después de haber hecho tanto por ellos, ninguno de
ellos pudo ver con los ojos de su corazón: el amor tan grande
que Dios y que su Jesucristo siempre habían sentido, no sólo
para ellos, sino también, para los suyos, en toda la tierra y
para la eternidad.
Por cierto, el amor del Señor Jesucristo fue tan grande que
le costo su misma vida y su misma sangre santísima, dejarla
correr como agua sobre la roca eterna en las afueras de
Jerusalén, para probar su amor por cada uno de ellos, en sus
millares, en toda la tierra. En verdad, el Señor Jesucristo
puso fin al pecado primero en las alturas de Jerusalén y en
el paraíso, ya que, fue ahí, en el cielo, en donde comenzó el
primer pecado con Adán y con Eva. (En realidad, el primer
pecado y su rebelión comenzaron con Lucifer miles de años
antes de la formación de Adán, en el cielo.)
Por esta razón, el Señor Jesucristo tenía que dejar correr su
sangre santa sobre la cima de una roca muy especial, para
Dios en el reino de los cielos y en la tierra; por cierto,
esta roca es conocida por los ángeles de Dios y por los
antiguos, también: "como la roca de la eternidad". Para que
entonces sobre ella empiece el fin del primer pecado para el
paraíso y para Adán con cada uno de sus descendientes, por
toda la tierra, hasta nuestros días y por siempre, en el más
allá, en el reino de Dios, en los nuevos cielos.
Es decir, que el Señor Jesucristo fue crucificado y muerto en
lo alto de la roca, de la eternidad de Dios, para estar entre
la tierra, el cielo y el paraíso. Y de esta manera todos lo
puedan ver hasta aun más allá de todos los horizontes más
remotos de la tierra y de la edad de las muchas generaciones
por venir, en los postreros tiempos del hombre.
Por lo tanto, todo ojo de los ángeles del cielo y de los
hombres de la tierra, en alguna de vez de su vida, en su
corazón, ha visto la agonía, el dolor, el sufrir y su muerte
cruel sobre la cima de la roca eterna de Dios, en las afueras
de Jerusalén, en Israel. Con el fin de que todos entiendan el
amor infinito de Dios y la pasión de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para redimir el alma del hombre de la tierra, de
todos sus pecados y males eternos del más allá.
Es decir, para que entiendan entonces, de los que viven y de
los que han de morir, en el más allá, de que Dios siempre
hizo todo lo que estuvo a su alcance, y hasta lo imposible,
para perdonar el pecado de todos ellos, en todos los lugares
de la tierra. Y así entonces librar el alma perdida del
hombre, la mujer, el niño y la niña, de todas las familias de
la tierra, de su condena eterna, entre las llamas ardientes
del lago de fuego, la segunda muerte del hombre, en la
eternidad venidera.
Pero muchos se han de perder en el postrer día de vida de
toda la tierra, porque el pecado de no haber aceptado, ni
menos honrado, el nombre del Señor Jesucristo, en sus
corazones, aun está vigente en ellos, como si hubiese
sucedido su rechazo al Señor Jesucristo tan sólo momentos
antes; y esto es verdad, aunque hayan pasado siglos. Pues en
éste estado espiritual, las almas de las gentes y de los
ángeles perdidos, de los que se pierden eternamente, son
muchos de toda la tierra, para entrar en su segunda muerte,
en el lago de fuego, en el más allá, después del juicio de
Dios de todas las cosas, en el cielo y en la tierra.
A no ser que se arrepientan a tiempo de su pecado, por haber
rechazado, como Adán negó en su día, en el paraíso, "el fruto
de vida eterna", el Señor Jesucristo en su corazón, para
perdición de su alma y de las almas de cada uno de sus
descendientes rebeldes, por toda la tierra, hasta nuestros
días, por ejemplo. Es por eso, que el Señor Jesucristo
siempre les ha dicho a las gentes, no sólo de Israel, sino de
toda la tierra: ¡Pecadores!
¡Generaciones perversas e indiferentes ante el amor de Dios y
de su Hijo amado! ¡Infieles a Dios y a su plan de salvación
eterna! ¿Cómo han de escapar su segunda muerte en el lago de
fuego, que arde con azufre día y noche por los siglos de los
siglos, en el más allá? Miren que Dios es misericordioso para
con todos ustedes, sin hacer excepción de personas alguno
jamás, buscando siempre que sean redimidos de sus males
eternos, para escribir sus nombres en su libro de la vida, en
el cielo.
Pues él les ha estado hablando a sus corazones a tiempo y
fuera de tiempo, para que se arrepientan, de no honrar la
obra y el amor perfecto de la sangre de su Cordero Eterno,
que ha derramado sobre Israel, para el perdón y el fin del
pecado de todo hombre, mujer, niño y niña, de toda la tierra.
Porque Dios desea perdonar todo pecado del hombre, sin hacer
jamás excepción de persona alguna en toda la tierra, jamás,
para que gocen siempre de vida eterna y no la condenación del
fuego y del gusano infernal, que nunca muere, en el más allá.
Además, en su misericordia Dios les ha enviado una y otra vez
a sus fieles siervos y siervas con su palabra sellada en sus
corazones, para que se las entreguen en sus mismos corazones,
y así puedan arrepentirse de todos sus pecados, de
condenación y de muerte eterna, en la tierra y en el más
allá, también, en el infierno. Es por eso, que el evangelio
de Dios y de su Jesucristo, desde su manifestación en la
tierra, no ha dejado de repartir de su palabra y de sus
muchas bendiciones de vida y de salud eterna, a todo aquel
que desee amar a Dios y a su nueva vida celestial, en el
cielo.
Pero ustedes no han querido oír su palabra, como los
pecadores de la antigüedad, mucho de ellos no desearon oír la
verdad y la justicia de Dios, como en los días de Noe y su
gran diluvio por toda la tierra, por ejemplo. Por lo tanto,
hoy en día se encuentran en sus lugares de condenación y de
destrucción eterna, en el mundo de los muertos, en el
infierno. Y esto fue algo que sucedió, no por voluntad de
Dios, sino por culpa del obstinado corazón del hombre de la
antigüedad, de no querer amar a Dios y a su Ley Santa, aunque
(la Ley) no hubiese llegado a ellos todavía, pero Dios los
mantuvo responsables de ella, de todas maneras.
Pues como los antiguos hicieron con los siervos y siervas del
nombre del Señor Jesucristo, pues así también, hoy en día,
quieren hacer con aquellos hombres entendidos y aquellas
mujeres entendidas de la palabra de su Ley y de su evangelio
eterno del Señor Jesucristo, para hacerle daño a sus vidas y
a las vidas de muchas gentes inocentes, también. Y Dios no se
agrada de este mal proceder de ninguno de sus enemigos en
contra de sus gentes, en toda la tierra.
En verdad, esto es pecado ante Dios terriblemente poderoso;
por tanto, es un pecado que justifica la existencia del
infierno y del lago de fuego, en el más allá, en el mundo de
los eternamente condenados y perdidos en las tinieblas
antiguas de Lucifer y de sus ángeles caídos. Y Dios no desea
ver a ningún hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra,
perdido, ni por un sólo instante más, en las profundas
tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, en la tierra ni
menos en el más allá, en el mundo de los muertos.
Seriamente, Dios sólo desea ver el fin del pecado y de su
progenitor, Lucifer, en el infierno y en el lago de fuego.
Para que entonces el pecado, ni ninguna de sus profundas
tinieblas, vuelva a ofender a Dios, ni a su Ley santa, ni a
su Espíritu Santo, ni menos a su Jesucristo, en los corazones
de sus ángeles y de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas
las familias de la tierra, en el más allá, para siempre.
En realidad, Dios está sólo interesado en el bien por la
vida, de cada uno de sus seres creados en su imagen y
conforme a su semejanza perfecta, en cada hombre y en cada
mujer de toda la tierra, para siempre. Por lo tanto, el
infierno con su muerte final en el lago de fuego tiene que
desaparecer para siempre, para el bien del hombre y delante
de la presencia de Dios. Para que entonces la paz de la Ley
perfecta de Dios reine en toda la creación de Dios y de su
Jesucristo, como en el reino de los cielos, por ejemplo, sin
la presencia de la amenaza del infierno, en el más allá, para
siempre.
Ciertamente los pecadores en toda la tierra tienen gran temor
en sus corazones y en sus almas vivientes; el temblor de
miedo se ha apoderado de todos los impíos de la tierra, por
culpa de sus pecados. Ellos piensan en sus pecados y no ven
la salida que Dios les ha ofrecido en la vida santísima de su
Jesucristo. Están ciegos; se miran el uno al otro, y ya no
saben que hacer. Ya sienten la perdición del fuego del
infierno, en sus corazones y en sus almas manchadas por sus
pecados y por sus malas obras; están perdidos eternamente y
para siempre, sin Jesucristo; y lo entienden así, muy bien en
sus espíritus humanos, por eso tiemblan de miedo siempre ante
lo que viene en contra de ellos, en el más allá.
Pero Dios aun espera por ellos, para que se arrepientan de
sus pecados y así dejar que la vida eterna del nombre del
Señor Jesucristo comience a reinar en sus corazones y en
todas sus vidas, también. Porque el fin de sus pecados, si
ellos permanecen en sus oscuridades eternas de sus corazones
malvados, entonces su destino final, no sólo ha de ser el
infierno, sino el fuego y el gusano que destruye sin terminar
jamás, el alma perdida del hombre pecador y de la mujer
pecadora, en el más allá, en el lago de fuego.
Por cuanto, no hay quien pueda escaparse del fuego de azufre
del lago de fuego; todos los que van a este lugar de
condenación eterna están perdidos, eternamente y para
siempre. Porque pregunto yo: ¿que ángel caído, por más
poderoso que sea, podrá sostener su vida ante el poder
destructor del fuego y azufre, del lago de fuego? O, ¿Qué
hombre podrá sostener su vida, y la existencia eterna de su
alma viviente, por más sabio que sea, por más poderoso o rico
que sea?
La verdad es que nadie. ¡Nadie podrá jamás habitar con el
fuego consumidor! ¡Ninguno de nosotros, en toda la tierra,
podrá jamás habitar con las llamas eternas del lago de fuego!
Estaremos eternamente y para siempre perdidos en nuestros
pecados y en la destrucción eterna del fuego del más allá, a
no ser que Dios tenga misericordia de nosotros, desde hoy
mismo.
Sólo el Señor Jesucristo podría habitar eternamente y para
siempre, entre las llamas eternas del lago de fuego, porque
él es santo y en el no ha habitado jamás la maldad del
pecado. Y si el Señor Jesucristo puede habitar entre las
llamas ardientes del fuego eterno, en el lago de fuego,
entonces también nosotros, por la verdad, la santidad y la
justicia redentora de su sangre bendita, la cual vive en cada
uno de nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra, si
sólo creemos en él y en su nombre salvador.
En vista de que, podemos muy bien recordar otra vez, por
ejemplo: Cuando el rey Nabucodonosor hizo que Sadrac, Abed-
nego y Mesac fuesen lanzados al horno candente del fuego del
horno, pero el fuego no les hacia daño en sus cuerpos, ni les
molestaba su calor intenso tampoco. Porque en ese instante
Dios estaba con los tres siervos de Dios, quienes rehusaron
doblar sus rodillas ante su estatua vil, para romper así la
palabra de la Ley de Dios en sus corazones, el Hijo de Dios,
su hermano eterno de sangre y de carne, el Hijo de David.
Por eso, mientras Abed-nego, Sadrac y Mesac se encontraban
entre las llamas del horno candente, entonces el Señor
Jesucristo era el Hijo de Dios, quien estaba entre ellos,
protegiéndolos, como nos protege hoy en día en toda la
tierra, por ejemplo, para que no sean quemados por el poder
destructor del fuego del horno. Por lo tanto, si crees en tu
corazón y confiesas con tus labios: el nombre del Señor
Jesucristo, entonces el infierno, ni el lago de fuego son
para ti, ni de ninguno de los tuyos, para siempre. El
infierno sólo existe para Lucifer y sus seguidores. Amen.
Libro 120
SANTIDAD
Los dones, los milagros, las maravillas y las grandes
bendiciones sobrenaturales de la tierra y del reino de Dios,
son para cada uno de los hombres, mujeres, niños y niñas de
la tierra, de los que solamente crean en la santidad perfecta
e infinita del Árbol de la vida de Dios, en sus corazones, ¡
el Señor Jesucristo!
La santidad del Señor Jesucristo perfecto e infinito, tan
perfecto e infinito, como el mismo Dios del cielo y de la
tierra, para tu corazón y para toda tu vida, hoy en día, mi
estimado hermano y mi estimada hermana. Pues bien, para que
la goces libre de la mancha del pecado, en la eternidad
venidera del nuevo reino de los cielos, de Dios y de su Árbol
de vida, ¡el Señor Jesucristo!
Esto es lo que Dios desea que el hombre enseñe a su prójimo,
día a día y hasta que por fin entre en la gloria infinita, de
Dios y de su Jesucristo en el cielo: pues que nadie jamás
tenga en poco tu amor por Dios y por su Hijo amado, en todos
los lugares de la tierra. Porque tu amor hacia él y su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, es eternamente sagrado, y no se
lo puede tener en poco por ti, ni por nadie, jamás.
Por lo tanto, sean ejemplos tangibles de palabra, de amor, de
espíritu de fe y de la santidad perfecta manifestada a cada
uno, en la sangre santísima del Señor Jesucristo sobre la
roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para
exaltar la Ley de Dios sobre todo poder del pecado y de la
muerte, en el más allá.
Por eso, a ustedes mismos que en el pasado eran "constituidos
enemigos" de Jesucristo por naturaleza y por estar ocupados
en las cosas vanas de sus vidas cotidianas, sin jamás pensar,
ni menos sentir amor por Dios y por su obra santa y suprema,
en la tierra y en el cielo, entonces Dios m |