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(IVÁN): EL INFIERNO y LA SANTIDAD

by Ivan Valarezo <valarezo@[EMAIL PROTECTED] > Mar 18, 2006 at 07:04 PM

Sábado, 18 de marzo, año 2006 de Nuestro Salvador Jesucristo, 
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) 


EL INFIERNO y LA SANTIDAD 


El infierno es un mundo en llamas, sin la presencia del Árbol 
de vida en su epicentro, para comer y para beber de Él. 

La santidad es la presencia constante de los frutos de vida y 
de salud eterna, el Árbol de vida de Dios, en el epicentro 
del cielo, del paraíso y de cada uno de nuestros corazones, 
hoy y por siempre, en la eternidad venidera, para vivir día a 
día de Él. 

En la nueva eternidad venidera, porque el Señor Jesucristo ha 
de seguir siendo el Árbol de vida y de salud eterna, en el 
epicentro del nuevo reino de los cielos, La Nueva Jerusalén 
Celestial del más allá. Y ha sido por esta razón, de que Dios 
ha enviado a sus siervos, como Juan el Bautista a la tierra, 
por ejemplo, para enseñarnos estas grandes verdades de Dios y 
de su nuevo reino celestial.

Yo, a la verdad, bautizo en agua para arrepentimiento de sus 
pecados, les decía Juan a sus discípulos y gentíos de Israel. 
Pero aquel que viene después de mí, por que ha sido Dios 
mismo quien me ha manifestado esta gran verdad: pues ni aun 
su calzado soy yo digno de llevar; es más, él es más poderoso 
que yo y de todo hombre de la tierra y de los que están en 
los cielos, también. Él es único para Dios y para la 
humanidad entera. Y como él no hay otro igual, jamás.

Ciertamente Él mismo, y no otro como yo, por ejemplo, los 
bautizará en "el Espíritu Santo y fuego eterno" del más allá, 
de la vida santa y sumamente gloriosa, del reino de Dios y de 
sus huestes celestiales, si sólo confesasen su nombre santo 
con sus labios, creyendo en sus corazones: toda su verdad y 
toda su obra redentora. Pues sólo él es la "salvación de 
Dios", para la humanidad. Él es "el sumo sacerdote del Padre 
Celestial" quien perdona todo pecado, en el hombre.

Por eso, su aventador está en su mano, y limpiará su tiempo, 
sin más demora alguna. Recogerá su trigo en el granero en su 
tiempo, y en el ultimo día, para lanzarlo al horno de fuego, 
en el más allá, en donde todo lo que es malo y abominable 
para Dios y su Espíritu Santo ha de ser destruido, 
eternamente y para siempre. (El trigo es el que cree en él, 
la paja el que no. El trigo le sigue a él, al creer tan sólo 
en su nombre santo en su corazón; la paja es el hombre que 
hace todo lo contrario a la voluntad de Dios: de comer y de 
beber de su Hijo amado, como Adán y Eva, por ejemplo, en el 
paraíso, en el día de su rebelión ante el Árbol de vida 
eterna.)

Puesto que, nuevos tiempos vienen hacia Dios y hacia cada uno 
de sus seres creados, en el cielo y en la tierra; por tanto, 
no podrán jamás comenzar con el pecado y, peor aun, sin haber 
comido la comida de su Jesucristo en sus corazones y almas 
eternas. Por eso, todo pecado ha de ser destruido en el lago 
de fuego eterno, en el más allá. Para que entonces toda una 
nueva vida del Árbol de vida de Dios, el Señor Jesucristo, 
pueda florecer eternamente y para siempre, en la tierra nueva 
con nuevos cielos, en el más allá de Dios y de sus mundos de 
huestes angelicales. 

Huestes angelicales que jamás han conocido el pecado, ni la 
maldad del corazón del hombre de la tierra; estos ángeles 
solamente han comido y bebido del Árbol de la vida. Pues con 
ellos ha de vivir el hombre redimido, como lo han estado 
haciendo todos estos tiempos de la vida del hombre por toda 
la tierra, sin casi, en muchos casos, poderlos ver jamás, 
pues son invisibles a la vista del hombre. Pero esta vez en 
el cielo, los hemos de ver a cada uno de ellos cara a cara al 
lado del Árbol de la vida, pues los conoceremos por sus 
nombres celestiales, también. 

Entonces el nuevo reino de los cielos es para nosotros y sus 
ángeles santos, sin la presencia abominable de Lucifer y de 
su pecado mortal y rebelde a la vida gloriosa y sumamente 
sagrado del Árbol de vida de Dios, ¡el Señor Jesucristo! Es 
por eso también, de que todo aquel que invoca el nombre del 
Señor Jesucristo, creyendo en su corazón en su obra perfecta, 
llevada acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras 
de Jerusalén, en Israel, entonces tiene "el bautismo del 
Espíritu de Dios", asegurado en su vida. En verdad, todo 
hombre y toda mujer tienen el bautismo infinito del Espíritu 
de Dios y de su Jesucristo.

Además, esto es realmente desde hoy mismo, en su corazón y en 
su alma viviente, en esta vida y en la vida venidera del más 
allá, también, en el nuevo reino de los cielos y para 
siempre. Porque Dios no sólo nos ha de bautizar con su 
Espíritu en nuestras vidas, de hoy en día por la tierra, por 
ejemplo, sino que también nos ha de bautizar en el más allá, 
en nuestras nuevas vidas celestiales, para alabar y exaltar 
su nombre sagrado más alto que sus ángeles en el cielo, más 
allá de su antiguo reino. En verdad, el bautismo del Espíritu 
de Dios jamás ha de dejar de ser, en ninguno de nosotros, 
para siempre.

Pues en este lugar glorioso, es, realmente, donde habita 
nuestro Padre Celestial. Y ha sido en este mismo lugar, en 
donde nos comenzó a formar en su imagen y conforme a su 
semejanza en su corazón santo y eternamente glorioso. Por lo 
tanto, en el día que nuestro Padre Celestial se decidió 
formarnos en su imagen y conforme a su semejanza, entonces le 
dijo al Señor Jesucristo "descendamos a la tierra", y 
formemos al hombre, para librarlo de sus profundas 
oscuridades del más allá. En este día, el Espíritu de Dios 
descendió del cielo de parte de Dios y nos bautizo con su 
Espíritu Santo para prepararnos para Él mismo y para la obra 
de sus manos santas.

Y así fue, en aquellos tiempos remotos de la antigüedad. Pues 
en aquel día y sin más demora alguna, nuestro Padre Celestial 
descendió del cielo, más allá del reino de los cielos, para 
comenzar su gran obra santa y sumamente gloriosa de sus manos 
santas. Sí, este fue el hombre, la mujer, el niño y la niña, 
de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos, comenzando con Adán, por ejemplo, formado de las 
manos de Dios, en el paraíso. Por lo tanto, en el día que 
Dios nos formo con sus manos del lodo de la tierra, nos 
amoldo entonces a cada uno de nosotros, en nuestros millares, 
a la perfección de su Árbol de vida, su Hijo amado, el 
Cristo.

Por eso, nuestro Padre Celestial no nos ha librado del poder 
de las profundas tinieblas del más allá, para luego 
abandonarnos con su imagen y perfecta semejanza de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo!, sino lo contrario. Sin duda, 
Dios nos ha formado con sus manos, para no sólo levantarnos 
del lodo, como en el día de nuestra creación en sus manos 
santas, sino para levantarnos más alto que los poderes de la 
tierra y de los que están debajo de ella, como el infierno y 
el lago de fuego, por ejemplo, hasta entrar en su reino 
celestial. 

Por tanto, Dios ha hecho una gran obra sobrenatural por cada 
uno de nosotros, comenzando con Adán, por ejemplo, con el fin 
de santificarnos día a día más y más con el poder 
sobrenatural del Espíritu glorioso de su sangre redentora. Y 
esta sangre redentora de Dios, sin duda alguna, como ninguna 
otra, es, justamente, "la sangre santísima de su Hijo amado", 
¡el Señor Jesucristo! De hecho, esta sangre vive, y jamás ha 
de morir, puesto que, ha vencido al ángel de la muerte, en la 
tierra y en el más allá, para siempre. Por lo tanto, el ángel 
de la muerte está muerto para todo aquel y para toda aquella, 
que tan sólo confiese con sus labios y crea en su corazón en 
Jesucristo.

Por eso, Dios nos ha de santificar gloriosamente en el poder 
de la sangre y de su Espíritu Santo, para entonces nosotros 
poder ascender muy alto, no sólo hasta la tierra santa del 
paraíso de Adán y Eva o de la tierra gloriosa del reino de 
los ángeles, sino mucho más alto que todo esto. Pues en este 
lugar glorioso del más allá jamás nadie ha entrado, salvo el 
Señor Jesucristo y su Espíritu Santo, y nadie más, hasta 
nuestros días, por ejemplo. Y muy pronto, nosotros mismos y 
no otros, hemos de estar de pie, pisando tierra santa y 
firme, en el cielo más allá del reino de los ángeles para 
estar con nuestro Padre Celestial y su Espíritu Santo, para 
siempre.

Pues entonces, Dios desea levantarnos hasta su lugar 
santísimo, en el más allá del cielo, del reino de los 
ángeles, para darnos moradas eternas, como mansiones 
celestiales, por ejemplo, para vivir con él, con su 
Jesucristo y con su Espíritu Santo, siempre honrando y 
adorando su nombre glorioso, en nuestros corazones y en 
nuestras nuevas vidas celestiales. De fijo, Dios nos ha 
formado para la gloria infinita de su nombre sagrado, para 
los siglos venideros del infinito; y su obra, su propósito, 
por el cual nos formo del polvo de la tierra ha de llegar a 
su conclusión celestial, en su día y sin más tardar, con cada 
uno de todos nosotros, en nuestros millares, en toda la 
tierra.

Es por esta razón, de que el Señor Jesucristo ha descendió 
del cielo, para visitarnos con muchos de los grandes poderes 
y autoridades supremas, de parte del Padre Celestial y del 
más allá, también. Y no sólo el Señor Jesucristo nos ha 
visitado, sino que también ya nos ha bendecido con grandes 
bendiciones de su corazón, de su sangre y de su vida 
sumamente santa y eternamente gloriosa, en nuestros corazones 
y en nuestras almas vivientes, también. Por lo tanto, el 
Espíritu de Dios ha sido hecho más parte de nuestros cuerpos 
corporales e espirituales, que en los primeros días de 
nuestras formación, en el más allá. 

(Porque lo cierto es que Dios nos formo, a cada uno de 
nosotros, en el más allá, en el cielo del reino de los 
ángeles con los poderes celestiales de su Hijo y de su 
Espíritu Santo, para vivir con él en el paraíso y con su 
Árbol de vida, pero sin pecado. Hoy en día vivimos en la 
tierra, por la mancha del pecado. Pero aunque esto es verdad, 
somos de Dios y de la tierra sagrada del cielo eterno, en el 
más allá del mismo reino de los ángeles de Dios y de su 
Jesucristo.)

Por lo tanto, Dios mismo nos ha venido bendición con los 
poderes de su Hijo amado y de su Espíritu Santo, para vivir 
con él, en el cielo. Para que entonces nosotros ya estemos 
bendecidos y, a la misma vez, listos para regresar a la 
presencia gloriosa de Dios, en su lugar santísimo, en el 
nuevo reino de los cielos, en el día señalado de Dios. Y todo 
esto, Dios lo ha hecho para nuestro bien eterno, con el poder 
sobrenatural de su "bautismo celestial", el bautismo de 
nuestras vidas de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, ¡el 
Señor Jesucristo! El bautismo del Espíritu de Dios es real y 
verdadero, está ahí, en nuestro interior y por doquier. A 
veces se siente, y hasta se lo puede ver como se mueve en 
nuestras vidas, conforme a la voluntad de Dios y de sus dones 
celestiales, también.

En realidad, este es un bautismo del Espíritu de Dios, que 
ningún ángel del cielo, ni menos el hombre de la tierra, ha 
de poder otorgar a otro hombre, salvo el Señor Jesucristo. 
Porque sólo el Señor Jesucristo tiene todos los poderes y las 
autoridades celestiales, de parte del Padre Celestial, para 
bautizar con el Espíritu de Dios, a cada hombre, mujer, niño 
y niña, de todas las familias de las naciones del mundo 
entero, de hoy en día y de siempre. (Ahora, los apóstoles y 
los discípulos bautizaban al hombre y a la mujer de la 
tierra, en la antigüedad, porque creían en Dios y en su 
Jesucristo. Y lo mismo es verdad hoy en día, el hombre puede 
bautizar a otro hombre o a otra mujer, en el nombre del 
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y así se cumple la 
voluntad de Dios.)
 
Es por eso, que todo aquel que invoque el nombre del Señor 
Jesucristo, creyéndole a él en su corazón, entonces el 
bautismo sobrenatural de su nombre sagrado ha de estar en él 
o en ella, desde aquel momento y para siempre. Es decir, que 
desde el momento que el nombre del Señor Jesucristo es 
invocado sobre la vida de cualquier persona en toda la 
tierra, entonces el bautismo del Espíritu con sus muchos 
dones y poderes espirituales del más allá, de parte de Dios y 
de su Jesucristo, no sólo ha de estar en su vida, sino que ha 
de crecer. 

Sí, ha de crecer infinitamente en su corazón y en toda su 
alma viviente, también, aunque no lo vea y hasta que ni aun 
lo entienda en su corazón; sin embargo, el poder del Espíritu 
y de su presencia santa ha de seguir creciendo más y más y 
sin jamás parar por nada ni por nadie, para siempre. Además, 
el bautismo del Espíritu ha de crecer infinitamente, con el 
propósito divino de Dios, de alcanzar lugares celestiales, en 
la tierra y en el más allá, también, para el bien de la vida 
misma del hombre y para gloria y para honra de su nombre 
sagrado eternamente y para siempre, en la tierra y en el 
cielo. 

Es por eso, que la obra del Señor Jesucristo no ha terminado, 
en ninguno de nosotros, en verdad, aunque comenzó miles de 
años atrás, en el cielo más allá del reino celestial de los 
ángeles de Dios. Es más, esta obra de Dios, en cada uno de 
nosotros, no ha de terminar jamás, por ninguna razón, para 
siempre. Porque hemos de confesar su nombre sagrado en 
nuestras vidas, delante del Padre Celestial y de sus millares 
de huestes celestiales, en la tierra y en el cielo, también, 
para miles de siglos venideros, en el más allá, en el nuevo 
reino de Dios, La Nueva Jerusalén Celestial y Eternamente 
Gloriosa con la presencia del Árbol de la vida, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Por lo tanto, todo aquel que no crea en su corazón y no 
confiese con sus labios su nombre sagrado, el nombre de su 
Hijo, ¡el Señor Jesucristo!, entonces su parte no es con él, 
en el cielo o en su nuevo reino celestial, como en su nueva 
ciudad, La Jerusalén Celestial, sino con el infierno, en el 
fuego eterno del más allá. Y de este lugar, una vez que el 
alma perdida cae en su lugar de tormento eterno, no lo salva 
nadie nunca. Es más, hasta hoy en día, jamás nadie ha podido 
salir y huir de este terrible lugar de tormento y de 
violencia eterna para el corazón y para el alma pecadora y 
sin el honor de Dios y de su Jesucristo en su vida.

Porque si Dios no dejó sin castigo a los ángeles que no 
creyeron en sus corazones, ni menos invocaron con sus labios 
el nombre del Señor Jesucristo, durante sus días de vidas 
divinas en el cielo, entonces los degrado por completo como 
ángeles de su reino celestial, arrojándolos así al infierno, 
a prisiones de oscuridad y de perdición eterna. Y en estos 
lugares de tormento eterno, hoy en día, hay muchos de ellos, 
que luchan día a día para escapar de sus pecados, y no 
pueden, porque Jesucristo no es su amigo o su redentor. Así 
es el Señor Jesucristo no es redentor de los ángeles caídos, 
pero si es redentor del hombre, mujer, niño y niña, de toda 
la tierra, para siempre.

Pues los puso Dios mismo en estos lugares terribles del más 
allá, en el abismo, para esperar por el juicio final, por 
haberle faltado al Señor Jesucristo, en sus corazones y con 
sus labios. En verdad, los ángeles poderosos del cielo se 
perdieron, por tan sólo haber tenido en poco en sus 
corazones, y así deshonrado el nombre bendito de su Árbol de 
vida, en el día de su rebelión, en contra de Dios y de su 
nombre sagrado, ¡el nombre de su Jesucristo! Es más, Dios 
jamás perdono a ningún ángel que le falto a Jesucristo, como 
el hombre de la tierra lo suele hacer día a día hasta 
nuestros días, por ejemplo; pero Dios permanece fiel y 
paciente para con cada uno de ellos, esperando siempre a que 
se arrepientan de su terrible error, sólo honrando a su 
Jesucristo en sus vidas.

De ello, esto Dios ha hecho para testimonio y enseñanza de 
cada uno de nosotros, hoy en día, con el fin de que no 
caigamos en el mismo error de los ángeles rebeldes y sin el 
nombre salvador de su Jesucristo en sus corazones y sus vidas 
pérdidas. Porque Dios no está buscando nuestra destitución de 
él, en el cielo o en la tierra, sino todo lo contrario. Dios 
realmente nos quiere felices siempre, porque con felicidad 
Dios ha de alcanzar aun mayores glorias que las anteriores, 
alcanzadas por sus ángeles, para su nombre santo. Por esta 
razón divina, Dios nos necesita en sus lugares altísimos del 
cielo, desde ya, desde hoy mismo si así fuese posible. Porque 
este asunto del pecado del hombre a nuestro Dios no le agrada 
en nada en su corazón santo.

Día a día, nuestro Dios nos quiere levantar en alto, cada vez 
más y más, sólo con la presencia gloriosa de la santidad 
perfecta de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! en nuestras 
vidas cotidianas. Para que solamente entonces nosotros poder 
entrar en sus habitaciones santas y eternamente gloriosas, en 
el más allá, en su reino santo y de su Árbol de vida eterna, 
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, para alabar y honrar su 
nombre sagrado. Ya que, es necesario que le honremos en la 
tierra y en el cielo, también, desde hoy mismo y por siempre.

Por lo tanto, el nombre del Señor Jesucristo es muy bueno 
para el corazón y para la salud de cada hombre, mujer, niño y 
niña, de todas las familias de la tierra, sin jamás hacer 
desigualdad de personas, en ningún momento, ni en ningún 
lugar de la tierra. Es más, sin el nombre del Señor 
Jesucristo, entonces no hubiese vida en el reino de los 
cielos para los ángeles, ni menos en toda la tierra para la 
humanidad entera. Por esta razón, el Señor Jesucristo es tan 
importante para Dios y para su nombre sagrado, como lo es 
realmente para todo ángel, hombre, mujer, niño y niña, de 
toda la tierra, por ejemplo. Es por eso, que sin Jesucristo 
todo es oscuridad y sin vida en la tierra y en el más allá, 
también.

En verdad, todo fuese un desierto, sin agua y sin vida, en el 
cielo y en la tierra, también, como en el infierno, por 
ejemplo, si no fuese por la presencia gloriosa del Señor 
Jesucristo, el Árbol de vida. Porque en el infierno ya no se 
puede alabar, ni menos glorificar el nombre de Dios, porque 
el Árbol de la vida no está en su epicentro, como en el 
cielo, como en el paraíso. Todas las almas perdidas del más 
allá ya no tienen la oportunidad y la potestad de exaltar y 
de alabar el nombre de Dios, como los ángeles lo hacen en el 
cielo y como los hombres, mujeres, niños y niñas, que aman a 
Dios y a su Jesucristo lo suelen hacer sin ningún problema en 
sus corazones, en la tierra. Pero en el infierno hay grandes 
problemas en el corazón del hombre, para honrar a Dios; en 
verdad, ya no se puede, porque el pecado es aun más fuerte 
que antes, cuando vivían en la tierra; además, también, 
porque su Árbol de vida ya no está cerca de ellos o en el 
epicentro de sus vidas.

Evidentemente, esta seria una vida sumamente terrible para 
Dios, en cualquier lugar de toda su creación, sin su Árbol de 
vida en su lugar; en realidad, seria una vida por la cual 
Dios jamás ha deseado en su corazón que existiese para él, ni 
menos para ninguna de sus criaturas formadas por sus palabras 
y por sus manos, por ejemplo. Es decir, de todas las 
criaturas que aman a su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el 
Señor Jesucristo!, en el cielo y en la tierra, como ángeles 
del cielo y hombres de la tierra, como tú y yo, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, que amamos a Dios, por medio 
de su amor antiguo y eterno, su Jesucristo.

Por lo tanto, esta vida celestial de su Árbol de vida es 
única en el reino de los cielos, para los ángeles y para 
todos los demás seres creados por Dios y por su Espíritu 
Santo en la tierra y en toda su nueva creación venidera, del 
más allá. De hecho, es por eso que cuando Dios crea el Jardín 
del Edén, por ejemplo, entonces puso en su epicentro a su 
Árbol de vida, para que Adán viviese con sus descendientes 
delante de su Dios y de su Creador eterno, siempre comiendo y 
bebiendo de Él, su muy amado, su unigénito. 

Sin duda, esto es en si, por ejemplo, tal como los ángeles 
del cielo lo han hecho a través de los tiempos, sin ningún 
problema alguna, hasta nuestros días. Por lo tanto, cuando 
Dios crea los cielos y la tierra, entonces en su corazón 
estaba poner a su Árbol de vida en su lugar escogido, como en 
el corazón de la tierra, por ejemplo, así como lo ha sido 
desde siempre, en el cielo o en el epicentro del paraíso.

(Pues mirándolo bien todo, de las manos de Moisés las 
primeras tablas de la Ley salieron para descender al centro o 
el corazón de la tierra. Y en la superficie, Israel es así de 
pequeño, como el tamaño del corazón para la tierra, para las 
naciones, en donde la Ley de Dios fue honrada eternamente y 
para siempre; por lo tanto, de Israel mismo salió la sangre 
que salva a la tierra y a su humanidad entera, también, ¿no 
es cierto?) 

Por eso, Dios ha puesto a su Árbol de vida y de salud eterna 
en el corazón de la tierra, Israel, para que entonces todo 
ser creado por él y por su Espíritu Santo, coma y beba de Él, 
también, de la misma manera que siempre ha sido así, en el 
cielo con sus ángeles. Es por eso, que todo aquel que mira a 
lo alto de la roca eterna de Dios y de su Jesucristo, 
entonces ha de ver a su salvador eterno, para recibir de su 
Dios todas sus bendiciones y salud eterna para su corazón y 
para su alma viviente, también, hoy en día y por siempre, en 
la eternidad.

Además, la razón del porque Dios ha hecho esta obra 
sobrenatural con sus ángeles y con su Hijo, el Señor 
Jesucristo, ha sido con el único propósito de que todo 
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus y reinos, vean la vida eterna, desde 
el momento que comiencen a creer y comer de Él. Porque sin la 
comida y la bebida del Señor Jesucristo, entonces no hay vida 
para Adán, ni para Eva, ni mucho menos para ninguno de sus 
descendientes, en toda la creación de Dios, para siempre.

Y todo hombre y mujer de la tierra que no coman y beban de 
Él, su Árbol de vida, en el día que el SEÑOR los ha llamado, 
entonces han de morir como Adán y Eva murieron en su día de 
rebelión ante él y ante su fruto de vida, el nombre de su 
Jesucristo, en el paraíso, por ejemplo. Porque la verdad es 
también, de que todo aquel o aquella que no coma y beba de su 
Árbol de vida, tal como Dios llamo a Adán y a Eva, para que 
coman y beban siempre de Él y así viviesen eternamente con él 
y con su Espíritu, en el cielo, ha de morir para Dios y para 
su reino.

Irremisiblemente ha de morir el alma del hombre sin Cristo, 
de la misma manera que Adán y Eva y todos los ángeles caídos, 
comenzando con Lucifer, por ejemplo, murieron en su día de 
rebelión, ante él y ante su fruto de vida eterna, su Hijo 
amado, el mismo Señor Jesucristo, de ayer, de hoy y de 
siempre. Y Dios no desea ver a ningún hombre, mujer, niño o 
niña morir, en sus tinieblas eternas o en el pecado de su 
alma, de no conocer a su Dios y a su redentor eterno, ¡el 
Señor Jesucristo! 

Por lo tanto, Dios mismo se ha formado en nuestro redentor 
eterno, en el paraíso, en la tierra y en el nuevo más allá de 
Dios y de su Espíritu Santo, la gran ciudad del más allá, La 
Nueva Jerusalén Santa y Eternamente Luminosa por el poder y 
por la gloria infinita de su Gran Rey Mesías, ¡el Señor 
Jesucristo! Por ende, nosotros no podremos tener jamás, ni 
menos conocer, a otro redentor como nuestro Dios y Padre 
Celestial. Porque sólo el Señor Jesucristo es nuestro Árbol 
de vida, pues, sólo en él está nuestra comida y bebida 
celestial, es decir, comida y bebida de ángeles.

Porque yo soy redentor y su Señor, por lo tanto, ustedes han 
sido santificados delante de Dios y de su Espíritu Santo, 
justo en la hora que han creído en mí; por eso, sí permanecen 
en mí, entonces han de ser santos, desde hoy mismo y por 
siempre, en la eternidad venidera del más allá, del nuevo 
reino de los cielos. Han de ser tan santos, como si jamás 
ustedes hubiesen cometido pecado alguno, delante de su Dios y 
de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, les declaraba 
abiertamente el Señor Jesucristo a los gentíos de Israel, en 
los días de la antigüedad.

Puesto que yo soy santo, les decía el Señor Jesucristo a sus 
discípulos y apóstoles en todo Israel, día a día y sin cesar. 
Y aun hasta en el mismo día de su muerte, les volvía a 
recordar el Señor Jesucristo, entonces ustedes también han de 
ser santificados para Dios, en todos los lugares de la 
tierra, para la eternidad. Y esto es verdad, en cada uno de 
ustedes, en sus millares, en Israel y en la tierra, sí sólo 
me ven a mí, a su redentor celestial, en sus corazones y en 
todos los días de sus vidas por la tierra, hasta finalmente 
regresar a sus lugares eternos, en el paraíso de Adán y de 
Eva, en el cielo. 

Además, porque yo soy santo, entonces el pecado de maldad y 
de muerte eterna ya no es con ninguno de ustedes; es más, el 
pecado con todas sus enfermedades, ni aun el ángel de la 
muerte, tiene poder sobre ustedes, ni hoy en día, ni jamás. Y 
aun mucho más que todo esto, el fuego del infierno y hasta el 
fuego del lago de fuego ya no tienen ninguna potestad sobre 
ustedes, ni hoy, ni jamás, les aseguraba el Señor Jesucristo 
a sus apóstoles y discípulos, por igual, en Israel. 

Por lo tanto, siendo ustedes santificados en mí, por la fe, 
que sólo es posible en mí, les decía el Señor Jesucristo a 
las gentes de Israel y a sus apóstoles, pues entonces no se 
contaminen con nada ni con nadie, aunque sean sus familiares 
o sus mejores amistades. Pues crean en su Dios y en la gran 
obra celestial que ha hecho, desde los días de la antigüedad, 
por amor a cada uno de sus hijos e hijas, en toda la tierra, 
de todos los pueblos, tribus, linajes y reinos, para Dios y 
para su nuevo reino celestial, en el cielo. 

Pues entonces por amor al Padre Celestial, si es que 
realmente aman a Dios y a su justicia infinita, no se 
contaminen sus personas por causa de ningún ídolo, imagen o 
reptil que se desplaza sobre la tierra, desde la antigüedad 
hasta nuestros días, les pedía el Señor Jesucristo a las 
gentes de Israel. Y esto es hoy en día, por ejemplo, como en 
los días de la antigüedad, desde el estado diabólico del 
vaticano y por el mundo entero día a día, engañando así hasta 
la muerte al corazón y al alma preciosa del hombre, la mujer, 
el niño y la niña, de las familias, pueblos, tribus, linajes, 
y reinos de la tierra. 

Ya que, todo aquel que se deje engañar por las serpientes, de 
los enemigos del nombre de Dios y de su Jesucristo, entonces 
la ira de Dios es en contra de él o de ella, y su alma 
peligra ante el juicio final de Dios, en el más allá. Porque 
no es justo, que el hombre y la mujer de la tierra se dejen 
engañar por las palabras de maldad y de sus ídolos 
abominables, de los cuales son afrenta eterna a la voluntad 
perfecta de Dios, manifestada únicamente en los mandamientos 
eternos de Moisés y de Dios. 

Por tanto, esta Ley de Dios, invariable, no sólo es 
manifestada en el cielo y en Israel, sino en todos los 
rincones de la tierra y de toda la creación futura de Dios y 
de su Árbol de vida y de salud eterna, el Señor Jesucristo. 
En otras palabras, la Ley de Dios jamás ha de dejar de ser 
para Dios y para todo hombre, mujer, niño y niña de toda la 
tierra y, también, para los ángeles del cielo, para siempre. 
Por eso, el Señor Jesucristo manifestaba que el cielo y la 
tierra pasaran pero no su palabra (hablando de la Ley de 
Moisés y de Israel).

En vista de que, sólo el Árbol de vida de Dios es la Ley 
perfecta para la vida de cada ángel, arcángel, serafín, 
querubín del cielo y así mismo para todo hombre, mujer, niño 
y niña, de todas las naciones de la tierra. Y fuera del Árbol 
de la vida, no puede existir otra Ley superior en la tierra, 
ni en el cielo, tampoco, para siempre. Por esta razón, toda 
nuestra obediencia hacia Dios y hacia su Espíritu Santo es 
eternamente cumplida en la fe, la cual sólo es posible, en 
creer en el Señor Jesucristo, como nuestro único redentor de 
todos nuestros pecados, hoy y por siempre.

Por lo tanto, todo aquel que tiene al Señor Jesucristo, en su 
corazón y en toda su vida, entonces ha cumplido esas 
palabras, letras, tildes con sus significados eternos de la 
Ley Divina y de vida eterna del cielo y de toda la tierra, 
también, para miles de siglos venideros, en el más allá, en 
el nuevo reino de Dios. Por lo tanto, sólo el Señor 
Jesucristo ha de seguir siendo nuestra comida y nuestra 
bebida en la nueva vida celestial de nuevas tierras con 
nuevos cielos, en el nuevo reino de Dios.

Es por eso, que para Dios todo aquel que tiene al Señor 
Jesucristo en su vida, entonces tiene vida y salud eterna 
asegurada para con Dios y para con su Espíritu Santo, hoy en 
día y para siempre. Es decir, de que todos los hombres, 
mujeres, niños y niñas de las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos, tienen su salvación asegurada en 
Dios, sólo por la fe, de todo lo que es el Señor Jesucristo, 
en el cielo y en la tierra, para toda la eternidad de siglos 
y siglos venideros, en el nuevo más allá venidero.


(Los siguientes libros hablan del peligro del infierno y de 
la santidad sin igual y salvadora de nuestro Árbol de vida y 
de salud celestial, el Hijo amado de Dios, ¡el Hijo de David, 
el Cristo!)


Libro 119


EL INFIERNO


El infierno sólo existe para el pecado, para el ángel de la 
muerte, para Lucifer y sus seguidores.

Ingresen todos por la puerta estrecha del reino de los 
cielos, porque grande y espacioso es el camino que lleva al 
alma perdida del hombre pecador, hacia su lugar de eterno 
tormento, en el infierno, en el más allá. En verdad, muchos 
han sido los que ya han entrado por esta puerta ancha del 
castigo eterno, en el mundo de los muertos y de la perdición 
eterna. Recordemos al hombre rico, por ejemplo; sus riquezas 
en el mundo no pudo salvarlo; pero la riqueza en Cristo 
Jesús, si puede salvar el alma perdida de cualquiera que crea 
en él, en toda la tierra, sea rico o sea pobre, sea sabio o 
no.

Puesto que, el camino angosto y estrecho del Señor Jesucristo 
casi no se ve; pero está ahí, en su lugar, en donde Dios lo 
dejo en la tierra, para que todo aquel que desee entrar al 
cielo y vivir la vida eterna, entonces lo pueda hacer así, 
sin ningún problema, creyendo siempre en su Jesucristo y en 
su sangre redentora. Porque sin la sangre del Señor 
Jesucristo nadie podrá entrar en el cielo; dado que la sangre 
de Adán, en el hombre de la tierra, como con Adán, por 
ejemplo, es para el infierno solamente.

Por lo tanto, este camino de Dios es el camino del Señor 
Jesucristo para todo ángel que ha de conocer al Padre 
Celestial en el futuro; porque los ángeles no han conocido 
aún al Padre Celestial, como lo ha conocido desde siempre el 
Señor Jesucristo. Por lo tanto, este camino también lleva al 
hombre de la tierra al cielo, para conocer al Padre 
Celestial. Y sin este camino, nadie jamás podrá ver al Padre 
Celestial, ni su vida eterna, sea ángel del cielo u hombre 
del paraíso o de la tierra, de nuestros días. 

Ya que, este camino del Señor Jesucristo es el camino al 
Padre Celestial para los ángeles, como lo es hoy en día por 
toda la tierra para todo hombre, mujer, niño y niña, de las 
familias de la tierra, de los que deseen ver la vida eterna y 
conocer al Padre Celestial, de la misma manera que el Señor 
Jesucristo le conoce, desde siempre. Y sin Jesucristo no ha 
vida, no hay Dios, no hay nada para nadie, sea quien sea la 
persona en la tierra o ángel del cielo.

Dado que, sólo el Señor Jesucristo ha visto y conoce al Padre 
Celestial hasta hoy en día, en el reino de los cielos, y no 
los ángeles o arcángeles, serafines, querubines y demás seres 
santos del cielo, como mucha gente ha pensado a través de los 
tiempos, hasta nuestros días, por ejemplo. Porque para ver y 
vivir con el Padre Celestial se necesita tener "la vida, la 
verdad, la justicia, el amor y la sangre bendita" del Señor 
Jesucristo"; y sin él no hay nada de nada para nadie, en el 
cielo, ni en la tierra, también. Porque todo aquel que desee 
ver al Padre Celestial tiene que ser rico en el nombre del 
Señor Jesucristo, en su corazón y en su alma viviente, hoy en 
día y siempre.

Ya porque el ángel vive en el cielo, esto no significa que ha 
visto y conozca al Padre Celestial. No, no es así: Sólo el 
Señor Jesucristo ha visto al Padre Celestial y le conoce a 
fondo, porque él mismo ha salido de él, para los ángeles en 
el cielo y para los hombres en el paraíso y sobre toda la faz 
de la tierra, también. Por lo tanto, el Señor Jesucristo es 
el camino estrecho que lleva al ángel del cielo y al hombre 
de la tierra, a la presencia santa del Padre Celestial, en el 
reino de los cielos, en la nueva eternidad venidera, del más 
allá. 

Es por eso, que los ángeles del cielo que no confesaron con 
sus corazones y con sus labios el nombre bendito del Señor 
Jesucristo, por ejemplo, durante sus días de vida santa y 
perfecta en el reino de Dios, entonces pecaron en contra de 
él y del Padre Celestial. Porque todo aquel que peque en 
contra del nombre del Señor Jesucristo, en verdad, está 
pecando en contra de Dios y de su vida eterna y gloriosa en 
el cielo. Y este pecado es de muerte y reo del fuego eterno 
del infierno; lo fue en la antigüedad con los antiguos, y lo 
es hoy en día, también, en la vida de todo hombre moderno de 
toda la tierra.

Por eso es que cuando Lucifer se rebelo en el cielo, en 
contra del nombre de Dios, en verdad, se rebelo en contra del 
Señor Jesucristo. Porque Lucifer nunca había visto al Padre 
Celestial, ni mucho menos le conocía, salvo que sabía que 
existe y que el único camino hacia él, en el reino de los 
cielos, es el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por 
lo cual, como Lucifer rehusó creer en el Señor Jesucristo, 
como el camino a Dios, en el cielo, entonces peco y fue 
destituido de la gloria del Padre Celestial, para siempre. Y 
desde aquel día dejo de ser ciudadano del reino de Dios. Y 
hoy en día, Lucifer no ha desistido de su primer pecado, el 
aun desea ser como Jesucristo; él aun desea ser el camino a 
Dios, por medio de figurines, imágenes e ídolos terribles del 
mundo de los muertos, en el infierno.

Es por eso que en el día que Lucifer peca en contra del Señor 
Jesucristo, con una tercera parte de los ángeles del cielo, 
porque mucho de ellos creyeron en él y en su nombre inicuo, 
entonces el infierno comenzó a arder con las llamas eternas 
de la ira de Dios. Porque Lucifer no pude exaltar su nombre 
más alto que el del Señor Jesucristo en el cielo, ni en la 
tierra; Lucifer no puede ser como Jesucristo, jamás; Lucifer 
no puede ser el camino al Padre Celestial por medio de 
figurines, como los del estado mentiroso del vaticano, por 
ejemplo. 

Sólo el Señor Jesucristo conoce al Padre Celestial, por lo 
tanto, sólo él es el camino a Dios, en el cielo para ángeles 
y por toda la tierra para las naciones y sus gentíos de 
hebreos y de gentiles, por ejemplo. Y, de hecho, desde aquel 
día que nació el pecado en el corazón de Lucifer, en contra 
del Señor Jesucristo, por tratar de ser mayor que él, 
entonces en éste mismo día también nació el infierno, para 
todo ángel caído, solamente. (En aquellos días, el hombre no 
había sido formado de la tierra, todavía.)

Y digo solamente para todo ángel caído, porque tú, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana, aun no habías sido 
formado de la tierra, por las manos sagradas de Dios y de su 
Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Es más, la tierra 
aun existía bajo el poder de las profundas tinieblas, del 
enemigo de Dios. Por lo tanto, en la tierra no había ninguna 
clase de vida, ni de los animales o plantas, por ejemplo, 
porque la luz de la nueva creación todavía no había alumbrado 
sobre toda la faz de la tierra. Todos estábamos en profunda 
oscuridad, en el vientre de la tierra, hasta que Dios nos dio 
la luz de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para 
alumbrarnos y poder nosotros leer su palabra, su Ley, y ver 
todas sus cosas, en los días venideros, en la tierra y en el 
cielo, también, por supuesto, para siempre.

Por lo que, el hombre aún yacía tendido y rodeado de las 
profundas tinieblas del vientre de la tierra, para que en su 
día, en el día señalado por Dios mismo, entonces hacer que dé 
a luz (la tierra misma) al primer hombre, Adán y sus 
descendientes, por sus millares, en todos los tiempos de su 
vida, en el mundo. Por esa razón, el infierno fue formado por 
culpa del pecado de Lucifer, en contra de la Ley y del nombre 
bendito del Señor Jesucristo, en el cielo, en el principio, y 
no por culpa de ningún ser humano, como Adán, por ejemplo. 

Es por eso, que en el día del juicio y del castigo final de 
Lucifer, entonces ha de ser lanzado en las llamas ardientes 
del fuego eterno del infierno, para destrucción de su corazón 
y de su espíritu malvado, para siempre. Ahora, todo ángel 
caído y todo hombre pecador de toda la tierra ha de ser 
lanzado en el lago de fuego que arde día y noche con el 
azufre de la eterna destrucción del espíritu pecador y del 
alma rebelde en contra del Señor Jesucristo, por tan sólo 
permanecer en su pecado y en su maldad eterna. 

Por cuanto, es pecado y maldad eterna no amarle a él, al Dios 
del cielo y de la tierra, de parte de los ángeles u hombres 
de la tierra, sin confesar al Señor Jesucristo en sus 
corazones y con sus labios. Además, cada vez que el hombre 
peca en contra de Dios y de su Jesucristo, entonces el 
infierno se hace más violento y tormentoso que antes. Y esto 
sucede así, en el infierno, porque la ira de Dios se 
incrementa también, por culpa del pecado, del corazón rebelde 
del hombre ingenuo, en contra de su Jesucristo. 

Por cuanto, si Dios no le perdono a Lucifer su pecado, ni a 
ninguno de sus seguidores, como sus ángeles caídos, por 
ejemplo, entonces tampoco te ha de perdonar a ti, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana, si persiste en rehusar comer y 
beber de su fruto y de su agua, de su Árbol de vida eterna, ¡
el Señor Jesucristo! De cierto, has de morir de hambre y de 
sed en la tierra y en el infierno de igual forma, sin que 
nadie te pueda dar de comer, ni de beber, como Dios sólo lo 
sabe hacer con el cuerpo y con la sangre de su Hijo amado, su 
Árbol de vida y de salud eterna.

Es por eso, que en el día del juicio de Dios y de todas las 
cosas, en el cielo y en la tierra, entonces los ángeles de 
Dios han de tomar en sus manos a cada uno, de los enemigos 
del Señor Jesucristo y de su sangre redentora, para 
finalmente lanzarlos al fuego eterno del infierno, en el más 
allá. Y sólo así entonces ponerle, de una vez por todas y 
para siempre, fin a sus vidas viles y rebeldes, rebeles 
obstinadamente a toda verdad y a toda justicia celestial de 
Dios y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! 

Así pues, para los cobardes, para los homicidas, para los 
mentirosos, para los incrédulos, para los idolatras, para el 
vaticano, para los transgresores de la Ley de Dios y de 
Moisés, es el fuego eterno del infierno, en el día de juicio 
de todas las palabras y de las obras malas de todo hombre y 
de toda mujer de pecado. De hecho, todos ellos han de ser 
lanzados al lago que arde con fuego y azufre, esta es la 
segunda y muerte final de cada uno de ellos; así es el fin de 
todo hombre pecador y ángel caído, en el más allá. 

Por eso es que todo hombre y toda nación pecadora van 
directamente a su lugar eterno, en el infierno, porque la 
palabra de la Ley de Dios no ha sido honrada jamás en sus 
corazones; porque el Señor Jesucristo no vive en ninguno de 
ellos, ni mucho menos en naciones que idolatran a Lucifer y a 
sus figurines de gran maldad. Porque cada figurín e imagen es 
una afrenta a la verdad y a la justicia celestial de la Ley 
de Dios, en la tierra y en el cielo, para siempre; es mas, 
ninguno de estos ídolos ha existido (ni existirá) jamás, en 
la tierra santa del cielo, salvo en el estado vaticano, en el 
mundo de los paganos, el infierno.

Por esta razón, el infierno es aun mayor que en el principio, 
porque son muchos los pecadores y muchas las naciones que han 
de ser lanzadas a su fuego que arde en el azufre eterno de la 
perdición y del tormento infinito, en el lago de fuego. Es 
decir, si es que el hombre y las naciones del mundo entero no 
se arrepienten de su mal, por haber vivido tanto tiempo sin 
el Señor Jesucristo en sus vidas, para ofender a Dios y a su 
Ley Eterna, en el más allá, en el cielo.

Realmente el infierno es como una bestia gigante que come del 
cuerpo y del alma pecadora del hombre, pero nunca se sacia, 
sino que quiere más y más, hasta nunca satisfacer su hambre y 
su sed por las vidas y por las almas perdidas, de los hombres 
sin Cristo de toda la tierra. Pero Dios desea ponerle fin a 
este gran mal del infierno, en el más allá, cuanto más antes 
mejor, para todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las 
familias de la tierra. El infierno es sólo para Lucifer y sus 
seguidores, ángeles u hombres de gran maldad, también.

Por lo tanto, no teman al hombre pecador que puede matar el 
cuerpo, mis estimados hermanos, pero jamás ha de poder matar 
el alma viviente del hombre, de la mujer, del niño o de la 
niña de todas las familias de la tierra. En verdad, teman 
sólo aquel que si puede matar al cuerpo y al alma del hombre, 
en la tierra y en el más allá, también, en el fuego eterno 
del infierno, ya que tiene el poder y la autoridad para 
hacerlo así con toda alma perdida, en la tierra y en el 
infierno. 

Ciertamente, éste ser santo, quien tiene todo el poder y la 
autoridad suprema de destruir el alma del hombre pecador, es 
Dios, el Todopoderoso del cielo y de la tierra; sólo a él 
teman todos los días de sus vidas por toda la tierra, por 
medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y si lo hacen 
así, entonces sus almas jamás han de morir en el fuego eterno 
del infierno, sino que han de ver la vida eterna, en el más 
allá, en el nuevo reino de los cielos. Porque esto es lo que 
Dios aspira a toda hora, que ustedes mismos vean sus vidas, 
la vida eterna, pero sin el pecado de maldad, ni la fe 
diabólica de figurines, vírgenes e ídolos, de deshonrar la 
Ley de Dios y de Moisés, del estado del vaticano, en sus 
corazones y en sus vidas, de hoy en día, por ejemplo.

EL NOMBRE QUE NO ESTÉ INSCRITO EN EL LIBRO DE LA VIDA NO 
VIVIRA JAMÁS

En los últimos días, el que no es hallado inscrito en "el 
libro de la vida del Hijo amado de Dios", entonces al lago de 
fuego, en donde la segunda muerte reina en la vida del hombre 
pecador, por los siglos de los siglos, ha de ser echado, para 
morir y nunca más ver la vida, para siempre. En este lugar ya 
no hay salvación para el corazón, ni para el alma viviente de 
ningún hombre, mujer, niño o niña, de todas las familias de 
la tierra; sólo reina la perdición eterna, la muerte del 
alma. 

En verdad, éste es un lugar sin salida, sólo existe el 
tormento y la violencia eterna de cada uno de todos los 
pecados que hayan cometido en contra de Dios y de su fruto 
del Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! 
Realmente el Señor Jesucristo ya no podrá redimirlos de 
ninguno de sus pecados, por más que lo desee hacer así (por 
cierto, él sólo obedece a Dios), porque rechazaron aquel que 
vive por los siglos de los siglos y a su sangre santa, del 
pacto eterno entre el cielo y la tierra. 

En este lugar las llamas del infierno, como el lago de fuego, 
son las palabras y sus ofensas que hicieron los hombres de 
gran maldad y de infamia eterna en contra de Dios y de su 
Hijo amado, durante los días de sus vidas por la tierra. Por 
lo tanto, estas mismas llamas han de atormentar día y noche 
al corazón y al alma que contaminaron la vida del hombre 
pecador de toda la tierra, sin que jamás cese su poder de 
violencia y de tormento eterno, ni por un sólo instante, para 
siempre. 

Además, en este lugar han de estar todos los que han 
idolatrado imágenes, ídolos de madera, piedra, papel, metal, 
palo y de otros materiales que el hombre se ha inventado en 
su corazón y con sus manos, para romper la "Ley perfecta y 
eternamente santa de Dios". Porque en el cielo, ninguno de 
ellos jamás podrá entrar, la Ley de Dios no se lo permitirá 
jamás, por razones de su justicia y de su verdad infinita. 
Por lo tanto, ellos son del infierno, y al infierno han de 
descender para siempre, para nunca más ofender a la palabra 
de la Ley de Dios y de Moisés, ni a ningún ser viviente que 
ame a su Jesucristo. Porque la Ley es de Jesucristo, y 
Jesucristo es de la Ley, para siempre. Es por esta razón, que 
todo hombre necesita a Cristo Jesús, para cumplir la Ley con 
Dios.

En realidad, en el infierno, cada uno de estas imágenes e 
ídolos de santos y de vírgenes han de estar al lado de los 
hombres y mujeres que los adoraron, adornaron, honraron y 
sirvieron día y noche, durante sus días de vida por la 
tierra, como constante testimonios en su contra por haber 
ofendido a su Dios y a su Ley Bendita. Además, ninguna de sus 
imágenes e ídolos han de apartarse de sus lados por todos los 
días de su tormento eterno, entre las llamas de fuego del 
infierno. Allí ha de ser el llorar y el crujir de dientes por 
su culpa, por su maldad en contra de Jesucristo y su Ley 
Bendita.

Y solamente entonces han de saber, los idolatras, que 
realmente ofendieron a su Hacedor y a la sangre de su 
Jesucristo al haber adorado, en sus corazones, lo que no era 
dios, durante los días de su vida por la tierra; entonces ha 
de ser muy tarde, para ellos ver y entender la verdad de Dios 
y de Jesucristo. Sólo les espera el juicio eterno de Dios, el 
cual jamás ha de terminar en sus vidas condenadas a la 
segunda muerte en el lago de fuego, porque es infinito.

En verdad, demasiado tarde para todos ellos, para reflexionar 
y despertar de sus tinieblas, porque su futuro ha de ser 
incierto y lleno de tormentos y de las grandes mentiras de 
sus corazones y de sus labios, en el más allá de Lucifer y de 
sus ángeles caídos, también. Ciertamente, en el infierno no 
está la paz del evangelio del Señor Jesucristo, sólo existe 
dolor y gran remordimiento por la culpa de cada uno de sus 
muchos pecados, los cuales arden y dan fuego al fuego día y 
noche entre las llamas del tormento eterno, del infierno y 
del lago de fuego. 

Es más, en el infierno ya no existe el concepto de la paz del 
corazón y del alma, como existe en la tierra y en cada uno de 
nuestros corazones, por ejemplo, para disfrutarlo durante los 
de nuestras vidas en la tierra o en el cielo. Porque todo lo 
que pudo haber sido paz en el espíritu de fe, del Señor 
Jesucristo y de su sangre redentora, para cada uno de los 
seres perdidos de la ultratumba, no existe en ninguno de sus 
muy mínimos pensamientos, excepto la violencia y su constante 
tormento de día y de noche por los siglos venideros, del más 
allá.

EL FIN DE LOS IMPÍOS ES EL INFIERNO

Ciertamente todo impío será trasladado al infierno en el día 
de su muerte, y todas las naciones que se olvidan de Dios, 
también, no importando su tamaño jamás; se hundirán entre las 
llamas del fuego eterno, por su maldad, por su culpa eterna, 
de no haber honrado a Jesucristo durante su existencia por la 
tierra. Para Dios este es el pecado más alto, por lo tanto, 
son dignos de la condena eterna del infierno y del lago de 
fuego, en el más allá; por su culpa, por su rebelión hacia 
Jesucristo, ellos no deberían vivir ni un sólo instante más 
en la tierra, ni menos en el cielo, sino sólo en el infierno. 
Porque la ultima parada del pecado, en la vida de cualquier 
hombre, es el infierno.

En verdad, el impío ha de vivir eternamente y para siempre 
con su pecado creciendo más y más en su corazón y en su alma, 
por no haber honrado, ni mucho menos glorificado el nombre de 
Dios, en todos los días de vida por la tierra. Es decir, que 
el pecado del impío jamás ha de dejar de crecer en su 
corazón, sino que se hará cada vez mayor que antes, para 
atormentar con mayor violencia su alma perdida, el alma 
perdida de aquel hombre o de aquella mujer pecadora del 
nombre sagrado de Dios y de su Jesucristo. 

Además, el pecado del corazón del hombre y de la mujer ha de 
seguir creciendo cada día más y más, porque es infinito. 
Porque aún hay violencia y tormentos del más allá, que 
todavía no han sido alcanzadas por el pensamiento, ni le ha 
subido aun al corazón de Lucifer, ni mucho menos al corazón 
del hombre tampoco; el hombre eternamente ciego y perdido en 
la maldad de su corazón, por no honrar el nombre de 
Jesucristo y su Ley en su vida. 

Perdido en la maldad de su espíritu humano, del hombre de 
todos los tiempos, de no haber honrado a Dios en su corazón, 
por medio de Jesucristo y de su sangre eternamente gloriosa y 
bendita en las vidas, en las vidas eternamente santas, de 
todos los seres vivientes del reino de los cielos, en el más 
allá. Y toda esta perdición del corazón y del alma del hombre 
pueden desaparecer de su vida, en un momento de fe y de 
oración ante el Padre Celestial, en el nombre del Señor 
Jesucristo, es decir, si tan sólo puede creer en el en su 
corazón y confesar con sus labios su nombre santo.

Puesto que, el que no ama al Señor Jesucristo, como dice la 
escritura, entonces jamás ha de poder amar a su Dios, el 
Padre Celestial del cielo y de la tierra; y todo aquel que no 
ama a Dios, como debe de amarlo, en la manera que los ángeles 
le han amado desde siempre, por ejemplo, entonces está 
perdido eternamente. Porque la escritura vuelve a decirlo una 
y otra vez, el que no ame a Jesucristo, entonces es anatema 
ante Dios y ante su Espíritu Santo, en el cielo y en la 
tierra, también, hasta siempre, hasta el fin de sus días, en 
el infierno.

En realidad, su lugar eterno está en el más allá, entre las 
llamas ardientes del infierno, para nunca más volver a 
levantarse a ver la vida de Dios y de su Árbol de vida, ¡el 
Señor Jesucristo! Es decir, que la ira de Dios lo ha de tener 
encarcelado con sus cadenas de fuego y de condena eterna, en 
las profundas oscuridades del subsuelo del infierno, como en 
una tumba de llamas, para que jamás se levante su corazón y 
su alma pecadora ha hacerle daño al nombre sagrado de Dios, 
el nombre del Señor Jesucristo. 

Realmente, ésta alma perdida, como todo hombre pecador 
perdido desde los primeros días de la antigüedad, ha de 
sufrir su condena eterna entre las profundas oscuridades del 
corazón del infierno, porque no supo oír y obedecer a su Dios 
y a su Jesucristo, cometiendo así el pecado de muerte, como 
el que cometió en su día, Adán, en el paraíso. 
 
En realidad, todo hombre pecador, como también cada mujer, 
niño y niña, de todas las familias de la tierra, están 
expuestos a la condena eterna y terrible del más allá, si no 
pueden amar a Dios, por medio de su Jesucristo. Y esto es, 
sin duda alguna, la condena eterna del infierno candente y 
destructora, es decir, también, sino no se arrepienten de sus 
pecados y permiten así entonces de que el nombre del Señor 
Jesucristo comience a glorificar a Dios, desde sus corazones, 
desde hoy mismo y por siempre, en la tierra y en la eternidad 
venidera, en el cielo. 

Ya que, es necesario que el nombre del Señor Jesucristo 
comience desde ahora mismo a glorificar al Padre Celestial y 
a su Ley Eternamente santa, desde el corazón de cada hombre, 
mujer, niño y niña, de todas las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra. Con el fin de que 
entonces toda verdad y toda justicia sean cumplidas en cada 
uno de ellos, en la tierra y en el cielo también, eternamente 
y para siempre, para entrar por fin a la vida eterna. De otro 
modo, no hay vida eterna posible para nadie, no hay salud 
eterna para nadie, es decir, para ningún incrédulo al nombre 
del Señor Jesucristo.

En decir, entonces que sólo así cada uno de ellos, si cree, 
pueda regresar a su lugar de sus primeros pasos, en el más 
allá, en el reino de Dios y de su Jesucristo, para nunca más 
volverse a separar de él, por culpa del pecado, ni por la 
mala voluntad de ningún otro ser, como Lucifer, por ejemplo. 
Sino que realmente cada uno de ellos ha de vivir su vida, 
conociendo siempre la plena verdad y justicia de Dios y del 
nombre salvador de su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el 
Señor Jesucristo! Y esto es salud y vida eterna, en su 
corazón y en toda su alma viviente y eternamente feliz, 
feliz, sin duda alguna, por la bendición de Dios y de su 
Jesucristo.

EN EL FIN DEL MUNDO LOS ÁNGELES ALEJARAN A LOS JUSTOS DE LOS 
CONDENADOS

Así será el fin del mundo: Saldrán los ángeles y apartarán a 
los malos de entre los justos, para luego echarlos en el lago 
de fuego. Allí habrá súplicas, lloro y crujir de dientes, y 
las almas de los perdidos han de ser de todos ellos, de los 
que jamás honraron en sus corazones: el nombre y la sangre 
del pacto eterno del Hijo amado de Dios, ¡el Señor 
Jesucristo! Obra santa y suprema digna de toda gloria y de 
toda honra del corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de 
todas las familias de la tierra.

De hecho, este ha de ser el momento más terrible para el 
corazón del hombre pecador, cuando por fin entienda su grave 
error de su alma, de no haber amado a su Dios y a su Creador 
eterno, por medio del nombre y de la sangre del pacto eterno, 
del Hijo amado de Dios, ¡el Señor Jesucristo! En aquel 
momento entonces ha de ser demasiado tarde para toda alma 
arrepentida de su pecado y de su maldad hacia su Dios y hacia 
su Jesucristo. (Y Dios no desea ver a ningún hombre, mujer, 
niño o niña de toda la tierra, llegar a este terrible día de 
su venganza eterna en contra del pecado de Lucifer y de sus 
seguidores crueles y malos del más allá y de toda la tierra.)

En verdad, su corazón y toda su alma han de regresar a su 
lugar de perdición y de oscuridad eterna, de donde en un día 
de amor y de compasión infinita, nuestro Padre Celestial se 
ensucia sus manos santas, por vez primera, para introducirla 
al fondo de la tierra, y librarlo de sus tinieblas. Y de ahí 
sacar al hombre, de su más terrible condición espiritual de 
perdición eterna para darle su luz y vida eterna a su cuerpo 
muerto y perdido, en el fango cenagoso del polvo de la 
muerte, es decir, de darle la luz y la vida única de su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo. 

Y sólo así, después de salir de las tinieblas, pueda comenzar 
a ser formado en la imagen y conforme a la semejanza divina 
de Dios, con el poder de su espíritu de fe, de su palabra y 
de su nombre salvador, en la tierra, y hasta por fin entrar 
en el más allá, en el nuevo reino de los cielos. En verdad, 
en el día del fin de todas las cosas, habrá mucho llanto en 
el cielo y en la tierra, también, por no haber amado al Señor 
Jesucristo, cuando muy bien lo pudieron haber hecho, sin 
ningún problema en sus vidas y así complacer toda verdad y 
toda justicia ante Dios y ante su Espíritu Santo, para la 
eternidad.  

Porque muchos que estaban llamados por Dios mismo y su 
Jesucristo para entrar en la vida eterna del reino de Dios, 
no podrán entonces; ya es demasiado tarde para cada uno de 
ellos, en toda la tierra. Por cuanto, sus pecados aun estarán 
viviendo tan fuertes como en el principio en sus corazones, 
sin poder deshacerse de ellos con nada en el cielo, ni en la 
tierra, salvo la sangre del Señor Jesucristo, ya que, el 
tiempo de la gracia habrá terminado, para todos los infieles, 
los farsantes, los mentirosos, los malvados y los idolatras. 

En verdad, Dios ya no permitirá que ellos sean lavados y 
hechos libres con el poder sobrenatural de la sangre y del 
nombre del Señor Jesucristo, su Hijo amado, su Cordero 
Escogido, para ponerle fin al pecado y al ángel de la muerte, 
en la tierra y en el más allá, también, para siempre. Porque 
el "Cordero y su sangre santa", serán removidos de su lugar 
santo, en el altar de Dios, en el cielo, para no expiar por 
el pecado de ningún otro pecador de la tierra, por un tiempo, 
hasta que Dios mismo lo reinstalé una vez más, en su lugar 
santo y de siempre, si lo desease hacer así. 

Por eso, ya no habrá expiación por el pecado de nadie en la 
tierra, ni en el cielo, también; es más, el tiempo de la 
gracia y la misericordia se habrá acabado para Dios y para 
todo ser viviente en toda la creación, sean ángeles del cielo 
u hombres de la tierra. Sólo habrá gozo eterno para todos 
aquellos hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las 
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la 
tierra, que han recibido en sus corazones y adorado con sus 
labios el nombre sagrado de su Hijo amado, el Hijo de David, 
¡el Cristo! 

Por cuanto, sólo él es el Cordero Escogido de Dios, el Señor 
Jesucristo, para remover el pecado de sus vidas y la muerte 
eterna de sus almas vivientes, en la tierra y en el más allá, 
también, para una nueva vida, libre del pecado y de su 
destrucción eterna, en el más allá. Pero no ha de ser así con 
los malos de toda la tierra, sino que ellos serán lanzados al 
lago de fuego eterno, por los ángeles de Dios, porque en sus 
corazones jamás ha habitado la honra, ni menos la gloria de 
Dios y del nombre sagrado del Señor Jesucristo.

En verdad, lo único que siempre ha existido en los corazones 
de todos estos hombres pecadores y de estas mujeres pecadoras 
han sido las palabras de mentira, de maldad, de engaño y de 
muerte eterna del corazón infame de Lucifer. Porque estas son 
las palabras del espíritu de mentira y de gran maldad que 
paso del corazón de Lucifer, al corazón de la serpiente, para 
que luego llegase a Eva y así finalmente engañar a Adán y a 
cada uno de sus descendientes, en toda la creación de 
nuestros días, por ejemplo. 

Engañarlos, con el fin de que se pierdan en sus profundas 
tinieblas del más allá, sin jamás haber conocido, ni menos 
honrado en sus corazones el nombre bendito de Dios, el nombre 
salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Pero 
poderoso ha sido Dios desde siempre con su Jesucristo, para 
librar a cada uno de sus hijos y de sus hijas de las garras, 
de las palabras llenas de mentira y de gran maldad del 
espíritu de error, del corazón malvado de Lucifer. 

Maldades eternas de Lucifer instaladas en la sangre del 
hombre pecador de la tierra, con el fin de destruir todo lo 
que es bueno de Dios, en el cielo, en el paraíso y por toda 
la tierra de nuestros días, también. Por eso, sólo se han de 
perder eternamente y para siempre en el infierno los que han 
amado al espíritu de maldad y de gran mentira del corazón de 
Lucifer, durante todos los días de su vida por la tierra. Más 
los que se alejan de las maldades de Lucifer, entonces se 
salvan; el infierno no es para ellos, de ningún modo, ni por 
la culpa del pecado de nadie; por cierto, están libres del 
poder del infierno para siempre, sólo en Jesucristo.
 
¿CÓMO ESCAPARAN LOS IMPÍOS DEL FUEGO ETERNO DEL INFIERNO?

Ciertamente el Señor Jesucristo llama serpientes y generación 
de víboras a los que pecaban en contra de él, al no recibirle 
en sus corazones, tal como Dios le había enviado a la tierra, 
ha que le obedezcan, para ser recibido por ellos día a día, y 
hasta que mucho antes el fin de todas las cosas llegue a la 
tierra. Esta fue una hora de gran oscuridad para muchos, 
porque no vieron jamás al Señor Jesucristo dándoles las 
buenas nuevas de bendición, perdón y salvación eterna, de 
parte de Dios y de su reino celestial.

Además, el Señor Jesucristo cuando les hablaba de esa manera, 
tan dura y directa, sin ocultarles nada, ni su condición 
espiritual, en el más allá, en el abismo, entonces les 
preguntaba atemorizado, él mismo, en su corazón y en su 
espíritu divino, ¿cómo podrán jamás escapar de la condenación 
del infierno, si muriesen hoy mismo? (Los impíos miraban al 
Señor Jesucristo atemorizados, sin saber que responderle a su 
pregunta; por eso, se callaban y quedaban como mudos ante la 
verdad y la presencia sagrada del ungido de Dios y de 
Israel.)

Y el Señor Jesucristo les decía, observando su temor hacia él 
y su pregunta: Esto es imposible para ustedes lograr en sus 
vidas, en el más allá, escapar de tan grandiosa condena en el 
mundo de los muertos, por culpa de sus pecados, a no ser que 
Dios mismo los ayude, hoy en día y sin más tardar. Porque 
mañana quizá ya sea demasiado tarde para cada uno de ustedes 
y hasta para los suyos también, en cualquier lugar de la 
tierra, en donde sea que se encuentren. 

Por cuanto, Dios mismo desde siempre les a querido dar de su 
mano derecha, para ayudarles; además, les ha dado de todo de 
su ser santo, para despertarlos de la ceguera de sus ojos y 
de su condición espiritual, en la tierra y en el más allá, 
también; es que ustedes mismo van derecho al infierno, y no 
lo saben. Sólo sabe Dios su final eterno, en el más allá. Por 
eso, den lectura ustedes mismo de sus escritos, como Dios les 
ha hablado una y otra vez por medio de sus gentes 
santificadas, consagradas por su sangre santa y eternamente 
honrada de su Cordero Escogido, ¡el Señor Jesucristo!

Puesto que, Dios mismo les ha enviado a sus elegidos, desde 
el comienzo, hombres sabios y escribas, también, uno tras el 
otro y sin parar, en Israel y en todos los lugares de la 
tierra. En verdad, de ellos, de todos sus hijos e hijas en 
toda la tierra, en sus escritos están escritas sus mismas 
vidas santas, de que apedrearon algunos, a otros afligieran, 
y a otros azotaron hasta terminar sus vidas, sin razón 
alguna, salvo por el sólo hecho de haberles hablado de parte 
de Dios y de su Jesucristo. 

Y, aparte de eso, también, los persiguieron incansablemente 
como si fuesen criminales de ciudad en ciudad, cuando no los 
son (ni los serán jamás), diciendo así todas clases de 
mentiras en contra de ellos, para hacerles daño y destruir el 
evangelio eterno de Dios y de su Jesucristo, en sus mismos 
corazones. Pues entonces, preguntó, una vez más, el Señor 
Jesucristo a las gentes de Israel, hebreas y gentiles: 

¿Cómo Dios no ha de condenar cada una de estas acciones tan 
malas de todos sus enemigos? Además, también: ¿Cómo Dios 
mismo no ha de llamar a cuenta a todos los que han hecho tan 
grave maldad, en contra de sus siervos -los siervos de su 
palabra y de su nombre santo, por toda la tierra? 

Ciertamente Dios mismo tiene preparado el día de juicio de 
todas las cosas, en el más allá, para cada uno de ellos, y 
así dejar que sean juzgados por sus propias palabras y por 
sus propias acciones, de todas ellas, de las que hayan hecho 
en contra de gente inocente. Siervos y siervas de Dios, como 
sus profetas, sus sabios y sus escribas, por ejemplo, por 
mencionar unos cuantos, por el momento. 

Además, nuestro Dios ha de hacer todas estas cosas, justas y 
santas, en la tierra y en el más allá, también, como punto 
final a todo mal de Lucifer y de sus ángeles caídos, en los 
corazones de gran maldad del hombre pecador y sin Cristo de 
toda la tierra. Es decir, para ponerle fin de una vez por 
todas, desde hoy mismo, y para siempre, en tu corazón, mi 
estimado hermano: al poder del pecado, sin que Dios tenga que 
hacer nada más, en el día del juicio, para condenarlos 
justamente, de acuerdo a cada una de sus actos malos, en 
contra de él y de los suyos. 

Realmente Dios es justo, y él jamás ha de hacer ningún mal a 
nadie, sea quien sea la persona; es más, por más pecadora que 
sea la persona, aún tiene su gran oportunidad de arrepentirse 
ante él, de todos sus males y pecados, con tan sólo creer en 
su corazón y confesar con sus labios: el nombre de su 
Jesucristo. Eso es todo lo que tiene que hacer el corazón del 
hombre pecador y de la mujer pecadora para recibir el perdón 
de sus pecados ante un Dios tan santo y tan poderoso, como lo 
ha sido desde siempre, nuestro Padre Celestial, el Creador 
del cielo y de la tierra.

Porque sólo ésta fe, de creer con el corazón y de confesar 
con los labios el nombre de Dios, es que realmente el corazón 
de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, 
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo, ha de ser 
hecho libre de todos sus pecados, en un momento de fe y de 
oración. De otra manera, para Dios no hay manera posible para 
que el corazón y el alma viviente del hombre reciban su justo 
perdón y su justa justificación delante de él y de su 
Espíritu, en la tierra y en el cielo, para ser hecho libre de 
todo pecado, en un instante de fe y de amor, en su nombre 
salvador.

LOS IMPÍOS ESTÁN ATEMORIZADOS, NO SABEN COMO VIVIR CON EL 
FUEGO ETERNO

En verdad, los pecadores en la tierra tienen temor; el 
estremecimiento de sus almas perdidas se ha apoderado de los 
impíos, porque saben que su día se acerca. ¿Quién de nosotros 
podrá habitar con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros 
podrá habitar con las llamas eternas?, pregunto yo. 
En verdad, nadie. Si, así es, nadie jamás pudiese permanecer, 
ni siquiera un instante en el fuego consumidor, de las llamas 
eternas de la ira de Dios, en el infierno. 

Sólo el Señor Jesucristo puede. Porque en el día que murió, 
él mismo descendió, y no otro, a las llamas ardientes del 
fuego eterno, en el más allá, en el infierno, para luego 
predicar la Ley a todas las naciones que habían vivido sus 
días en la tierra, para decirles que Dios cumple, lo que 
promete de acuerdo a su palabra dada a los antiguos. Si, los 
mundos antiguos, en sus multitudes de gentes, vieron al Señor 
Jesucristo descender a ellos y predicarles la palabra de la 
Ley, justa y santa, totalmente cumplida y exaltada en su 
corazón y en los corazones de todos los fieles a Dios y a su 
Espíritu Santo, en la tierra y en el paraíso, también.

Además, Dios mismo les había prometido que enviaría a su Hijo 
amado, a su Jesucristo, el Gran Rey Mesías de Israel y de las 
naciones, en el día señalado por él mismo, de acuerdo a la 
palabra de sus profetas y de sus sabios; y así lo hizo en su 
día y sin tardar, ni por un sólo momento. En el infierno, el 
Señor Jesucristo permaneció por Tres días, predicando el 
libro de la vida eterna, la Santa Ley de Dios y de Moisés, 
para cumplir la profecía de Dios, en el corazón de cada uno 
de ellos, aún, en el más allá, aunque te parezca imposible 
creerlo así. 

De hecho, esta era palabra de la Ley de Dios que el mismo 
corazón de la tierra tenia que aceptar por boca del Señor 
Jesucristo, como cualquier hijo o hija que haya salido de 
ella, del polvo de la muerte, para vivir la vida eterna de 
Dios, desde sus días por la tierra hasta entrar de regreso al 
paraíso. Y después que el Señor Jesucristo termino de 
hablarles por tres días; porque realmente Dios mismo tenia 
muchas cosas que decirles a las gentes de la antigüedad, que 
habían vivido sus días por la tierra, para que conozcan que 
siempre hubo un Dios Todopoderoso, en el cielo y la tierra, 
que los amo y que pensó siempre por ellos. 

Un Dios grandemente santo y justo para con todos los 
habitantes del mundo, del pasado, del presente y del futuro, 
y que, además, siempre los vio y cuido a todos ellos, de los 
grandes males del enemigo, día a día hasta que por fin 
terminaron sus días por la tierra, para luego encontrarse con 
su Dios y con su Jesucristo. Y así entonces ellos puedan ver 
la bendición eterna de Dios y de su Hijo amado prometida a 
cada uno de ellos, para que las puedan gozar en sus días 
venideros, en el más allá. En verdad, Dios cumplió con los 
mundos antiguos y sus multitudes de gentes, cuando el Señor 
Jesucristo descendió a ellos para hablarles del cumplimiento 
y de la honra eterna de las primeras tablas de la Ley de Dios 
y de Moisés.

En verdad, esto era que ellos eran eternamente responsables 
ante Dios y el cielo por su Ley Eterna, aunque estén en el 
bajo mundo. Por cierto, una Ley Eternamente santa, que ellos 
mismos tenían que cumplir, honrar, y exaltar en sus 
corazones, para entonces poder estar eternamente en paz con 
su Dios y con su Espíritu Santo, en el más allá, en la nueva 
eternidad venidera de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Entonces cuando ellos oyeron todo lo que Dios tenía que 
decirles en sus corazones, y esto era que su Jesucristo, no 
sólo era su Árbol de vida y de salud eterna, pero que también 
él es su Hijo amado. Y, por cierto, el único justo que podía 
cumplir, honrar y exaltar la Ley de Dios y de Israel, en el 
corazón de la tierra y en el cielo, también, para siempre. En 
efecto, esto fue una revelación suprema para sus corazones y 
para sus almas eterna de parte de Dios, para que todo aquel 
que en él crea en su corazón y confiese con sus labios su 
nombre salvador, entonces tenga vida eterna, en su nueva 
vida, en el más allá, en el nuevo reino de Dios, en el cielo. 

Además, ellos entonces creyendo a la palabra de Jesucristo y 
de su Ley sumamente exaltada por el poder sobrenatural de su 
sangre santísima, entonces pueden finalmente cumplirla, 
delante de Dios y de su Espíritu, no sólo para Adán y Eva, 
quienes se habían perdido en el paraíso, sino también para 
cada uno de sus descendientes perdidos en la tierra, también. 

En verdad, en aquellos tres días, las llamas del infierno no 
le hicieron daño alguno al cuerpo santo del Señor Jesucristo, 
como en los días del rey Nabucodonosor hizo que Sadrac, Abed-
nego y Mesac fuesen echados al horno candente, pero el fuego 
no los quemaba, ni les hacia ningún daño. Porque en ese 
instante Dios estaba con los tres siervos de Dios, quienes 
rehusaron doblar sus rodillas ante su estatua para romper así 
la palabra de la Ley de Dios, en sus corazones. 

Por cierto, mientras Abed-nego, Sadrac y Mesac se encontraban 
entre las llamas del horno candente, entonces el Señor 
Jesucristo estaba entre ellos, guardándolos, para que no sean 
quemados por el poder destructor del fuego del horno. Pues 
asimismo estuvo el Señor Jesucristo en el corazón de la 
tierra, en donde el fuego todo quema y destruye, pero no así 
con los siervos y las siervas de Dios, ni mucho menos con el 
Señor Jesucristo. 

Porque la verdad es que el fuego del infierno sólo puede 
quemar día y noche y por siempre en la eternidad venidera: a 
los corazones y las almas vivientes de los hombres, mujeres, 
niños y niñas de la tierra, que jamás honraron el nombre de 
Dios en sus corazones, durante los días de sus vidas por la 
tierra. Pero jamás ha sido así con los que aman a Dios de 
todo corazón, por medio del espíritu de fe, de tan sólo creer 
en el corazón y de confesar con los labios: el nombre 
sobrenatural del Señor Jesucristo.

En verdad, jamás ha sido así tan mal, como el poder del fuego 
del infierno, para con los hijos e hijas de Dios, de todas 
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de 
toda la tierra, que aman a Dios. Es decir, de los que sólo 
aman a Dios, y no por figurines e imágenes, sino por medio de 
su Jesucristo, su Árbol de vida y de gloria eterna, para su 
nombre eternamente santo y sumamente honrado, en el cielo y 
por toda la tierra, también, para siempre. Ya que, nuestro 
Dios no es ningún figurín, de los que hayan salido de las 
mentes y de las manos pecadoras de los del vaticano, por 
ejemplo. Y, por cierto, el Señor Jesucristo tampoco es un 
figurín de ninguna clase, sino un ser totalmente real y 
siempre presente en cuerpo y en espíritu santo, para todo 
aquel que le ame a él y al Padre Celestial, que está en el 
cielo.

Porque, el infierno fue formado por culpa del corazón vil e 
idolatrado de si mismo de Lucifer, para destruir todo lo que 
se levante en contra de Dios y de su Jesucristo, en toda la 
creación, en la tierra y en el lago de fuego, y no para 
destruir el alma preciosa del hombre, en donde vive Dios. 
Porque el cuerpo, el corazón y el alma de todo hombre, mujer, 
niño y niña, de todas las familias de la tierra, es para el 
templo y el hogar eterno de Dios, de su Espíritu Santo y de 
su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

JESUCRISTO ES LA PUERTA ESTRECHA A LA VIDA ETERNA DEL REINO 
DE LOS CIELOS

Por eso, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas: 
Entren día a día por la puerta estrecha, del reino de los 
cielos de Dios, y sin ningún problema en el nombre salvador 
del Señor Jesucristo; porque ancha es la puerta, y espacioso 
el camino que lleva al infierno, y son muchos los que entran 
por ella, en toda la tierra. Pero ¡qué estrecha es la puerta 
y qué angosto el camino que lleva al fruto de vida eterna, 
del Árbol frondoso de vida y salud de Dios, en el cielo! 

En verdad, son pocos los que la hallan, al tan sólo creer en 
sus corazones y confesar con sus labios: el nombre del Señor 
Jesucristo. En realidad, éste es un camino santo y 
eternamente glorioso de Dios y de su Jesucristo por toda la 
tierra. Por éste camino, no sólo podremos llegar a pisar 
tierra firme y santa, en el más allá, en el nuevo reino de 
Dios y de su Árbol de vida, sino que también nos ha de llevar 
a la presencia sagrada de Dios. 

Además, esto es algo que ni aun los ángeles, desde los días 
de la antigüedad, han tenido el privilegio de caminar, hacia 
la presencia santa del Padre Celestial, en el reino de los 
cielos. Porque el camino que conduce al Padre Celestial, sólo 
el Señor Jesucristo lo conoce, pero no los ángeles, ni los 
hombres de la tierra. Y aunque esto es cierto, el Señor 
Jesucristo ha prometido que él mismo le ha de revelar al 
Padre Celestial, a quien él mismo desee revelárselo, siempre 
y cuando le agrade a Dios y a su corazón santo, a que sea 
así, con el hombre o con el ángel del cielo, por ejemplo.  

Como quiera que sea, en el cielo, todos los ángeles conocen a 
Dios, pero jamás le han conocido, como tan sólo el Señor 
Jesucristo le ha conocido a través de los siglos y los 
siglos, desde los primeros días de la eternidad, en el más 
allá del reino de los cielos, hasta nuestros días. Es más, 
Dios es tan grande que sólo el Señor Jesucristo tiene el 
corazón suficientemente santo e inmenso, para conocerle en la 
manera que tan sólo él le ha podido conocer desde siempre, 
hasta nuestros días, por ejemplo. 

Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo ha visto al Padre 
Celestial, hasta hoy en día, en el reino de los cielos. 
Porque si los ángeles conociesen a Dios, como sólo el Señor 
Jesucristo le ha conocido, desde siempre, entonces el 
arcángel Lucifer y los millares de ángeles que se revelaron 
en contra de él, jamás lo hubiesen hecho así, tan mal, para 
mal eterno de ellos mismos, en el día de su rebelión, para 
humillar su nombre tan santo y tan glorioso. 

Además, jamás se hubiesen rebelado los ángeles caídos en 
contra del Padre Celestial, ni de su nombre salvador de su 
Jesucristo, porque entonces hubiesen conocido verdaderamente 
el amor de Dios, para jamás abandonarlo por todas las cosas 
más bellas y gloriosas del cielo y de toda la tierra. Pero 
los ángeles, ninguno de ellos, salvo el Señor Jesucristo, 
conocían al Padre Celestial, como hoy en día, por ejemplo. Y 
lo mismo es verdad en toda la tierra para con el hombre, la 
mujer, el niño y la niña, de todas las familias de las 
naciones. 

Porque si verdaderamente cada uno de los hombres conociese al 
Señor Jesucristo, en su corazón y en toda su alma viviente, 
entonces jamás se hubiesen rebelado en contra de él, ni de su 
palabra, ni mucho menos de su nombre santo y eternamente 
salvador, sino lo contrario. Realmente cada uno de ellos 
adorase y respetase al Señor Jesucristo, ya que sólo él es el 
camino, la verdad y la vida al Padre Celestial y a su vida 
eternamente santa y honrada, desde la tierra para entrar, en 
el nuevo reino de los cielos, en el más allá. 

Pero el hombre de la tierra no conoce al Señor Jesucristo, 
como debiese conocerle a él, para obtener la bendición y la 
santificación eterna de su corazón y de su alma viviente; ni 
mucho menos podrá jamás conocer al Padre Celestial, por otro 
camino de la idolatría o de imágenes, por ejemplo. Porque 
toda idolatría es en contra de la Ley Bendita de Dios; y esto 
es pecado, hoy en día y en la eternidad. 

Seriamente, sólo Jesucristo es la bendición eterna para ser 
perdonado de todo pecado, y su santificación celestial, para 
entonces entrar al reino de los cielos como hijo legitimo o 
hija legitima de Dios, en el poder sobrenatural de la sangre 
y del nombre del Cordero Escogido de Dios, en el más allá, en 
el nuevo reino de los cielos. Y sin Jesucristo no hay 
bendición, ni menos de perdón de pecados para nadie, jamás. 

Además, hoy, mi estimado hermano y mi estimada hermana, el 
Señor Jesucristo no sólo desea ser tu camino eterno en la 
tierra, para entrar en tu vida celestial, sino también para 
llegar a la presencia del Padre Celestial, en su lugar santo, 
en el nuevo reino del más allá, La Ciudad Santa de Dios: La 
Nueva Jerusalén Celestial y Eterna. Porque sólo el Señor 
Jesucristo es tu camino y tu puerta para llegar a la: "Casa 
del Padre Celestial, en el reino de los cielos" y pasar por 
su velo santísimo hasta entrar a él, a su lugar glorioso, en 
el cielo; y así nunca más volverte alejar de él, para 
siempre, por ninguna razón.

LOS IMPÍOS HAN DE SER LANZADOS AL LAGO DE FUEGO, POR SU 
INCREDULIDAD

Y los enemigos de Dios y de su palabra santa entonces fueron 
tomados prisioneros, junto con sus caudillos que habían hecho 
maldades y proferido grandes blasfemias en contra de Dios y 
de su Jesucristo, engañando así a muchos por la tierra, para 
deshonrar su Ley Honrada, y hacerlos adorar a las imágenes e 
ídolos abominables del estado diabólico del vaticano. Pues 
todas estas gentes y con sus numerosos ídolos e imágenes de 
dioses falsos, y de sus sacerdotes viles, fueron tirados aun 
con vida por los ángeles celosos de Dios y de su Ley Santa: 
al lago de fuego ardiendo con azufre, en el más allá.  

Además, Dios ha de castigar a todo rebelde en contra de su 
Ley santa, en el fuego eterno del lago de fuego. Con el fin 
de que nunca más se vuelvan a levantar en contra de él, de su 
Ley, de su Jesucristo y de toda su gente, de los que han 
creído en su obra santa y perfecta, en sus corazones y en sus 
almas vivientes, de todas las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra. En verdad, Dios ha de 
castigar al pecado hasta que deje de existir eternamente y 
para siempre, en la tierra y en el más allá, también, es 
decir, en el infierno, el mundo de los muertos y el lago de 
fuego.

En verdad, ninguno de los hijos e hijas de Dios, jamás 
volverá a sentir la amenaza, ni mucho menos ver la muerte 
eterna, en el más allá, en el infierno. Porque el ángel de la 
muerte y del infierno, ya no tienen poder sobre ellos y sobre 
sus vidas, eternamente para siempre, desde el momento que 
comenzaron a ver al cielo, para creer en aquel que vive, por 
los siglos de los siglos, el Señor Jesucristo, el Santo de 
Israel y de las naciones. Porque sólo él es el camino a la 
vida eterna, desde la tierra hasta entrar en tierra firme en 
el cielo de Dios y de sus huestes de ángeles santos.

Pero todos los que confían en sus dioses de madera, plástico, 
tela, piedra, metal, no podrán ver la vida eterna jamás, sólo 
les esperan la perdición eterna, entre las llamas ardientes 
del fuego eterno, en el infierno, en el lago de fuego que 
arde día y noche, por los siglos de los siglos con azufre. En 
efecto, esta es la confusión eterna de todo corazón malvado, 
del hombre pecador y del ángel caído, que jamás abrió su 
puerta de su corazón, para recibir al Señor Jesucristo y así 
entonces amar al Todopoderoso del cielo y de la tierra, al 
que vive por los siglos de los siglos, nuestro Padre 
Celestial. 

En aquel lugar de su tormento eterno, ninguna de las almas 
perdidas de todos los hombres, que optaron en desobedecer a 
Dios y a su Ley, no podrán jamás volver a oír la palabra de 
la Ley, ni sus muchas y ricas promesas de vida y de salud 
eterna, en la vida gloriosa y sumamente honrada del Hijo de 
David. Porque el Hijo de David es el Cristo de hoy en día y 
de siempre, en los siglos venideros del nuevo más allá de 
Dios y de su Espíritu Santo, para todos los hijos e hijas de 
Dios. En verdad, el Señor Jesucristo ya no estará con ellos, 
porque haberle rechazado, como Adán lo hizo, en su día, en el 
paraíso ante el árbol de la ciencia del bien y del mal.

Por tanto, fuera del Señor Jesucristo, ningún hombre, mujer, 
niño o niña, de todas las familias, razas, pueblos, tribus, 
linajes y reinos de la tierra, ha de poder ver la vida, ni la 
paz eterna de su corazón y de su alma viviente, en la tierra, 
ni mucho menos en el más allá, sólo la muerte es su final. Y 
este es un fin, por el cual Dios jamás pensó que ninguno de 
todas sus criaturas terminaría los días de su vida ahí, para 
sufrir violencia y tormentas eternas jamás pensadas en su 
corazón. 

Ni mucho menos pensadas, en este fin tan cruel y tan 
horrendo, en el corazón de sus criaturas perdidas en la 
maldad, de las palabras llenas de mentira y del engaño eterno 
de Lucifer, en el corazón de los ángeles caídos y de los 
hombres ingenuos de toda la tierra. Hombres amados por Dios y 
por su Espíritu Santo, que realmente jamás honraron en sus 
vidas: la vida celebre y eternamente honrada, llena de vida y 
de salud, para todo aquel que tan sólo creyese en él, y en su 
obra perfecta sobre la cima de la roca eterna, en las afueras 
de Jerusalén, en Israel, ¡el Señor Jesucristo! 

Y el tormento mayor del infierno y del lago de fuego ha de 
ser de tan sólo ver, en sus corazones, que pudieron haber 
creído en el Señor Jesucristo, y no lo hicieron, por sus 
culpas, por sus tinieblas en contra de Dios y de su buena 
manera de vivir, de acuerdo a su palabra y a su Ley Santa. En 
verdad, este ha de ser el momento más terrible de todos los 
hombres pecadores, cuando por fin abren sus ojos a la verdad 
de Dios y de su Jesucristo, pero ya es tarde; el tiempo de la 
gracia es cosa del pasado para todos ellos.

Pues con tan sólo creer en su palabra e invocar su nombre 
salvador con sus labios, entonces pudieron haber recibido de 
Dios toda la verdad, la vida y la justicia necesaria, para 
ser redimidos de sus pecados; y hechos, en un instante de fe, 
en hijos legítimos e hijas legitimas de Dios, para la 
eternidad, para el nuevo reino de Dios.  

Pero para ellos ya es demasiado tarde, sus corazones ya no 
pueden creer, y sus labios ya no pueden invocar el nombre 
sagrado del Señor Jesucristo, para siempre. Porque las llamas 
del castigo eterno del infierno, simplemente se los impide; 
sólo les espera siglos y siglos, en el más allá, de tormento 
eterno de día y de noche, en donde el gusano no muere, ni 
deja de comer del alma perdida del hombre pecador, en el 
fango de la tierra en llamas de azufre del infierno. 

En verdad, en el hoyo de la tierra los gusanos se comen la 
carne del hombre muerto, hasta dejar sólo huesos de lo que 
era antes su cuerpo. Pero en el infierno, hay otro tipo de 
gusanos; estos gusanos sólo comen del alma perdida del hombre 
pecador. Estos gusanos no se saciaran jamás de comer del alma 
y del corazón perdido del hombre en el infierno, sino que 
realmente han de seguir mordiendo y comiendo pedazo por 
pedazo del alma y del corazón del hombre eternamente para 
siempre, sin jamás terminar. 

Ya que, el alma y el corazón perdido del hombre son eternos 
en el infierno, como también los son en el cielo. Por eso, es 
que los gusanos del infierno jamás han de acabar de comer 
pedazo por pedazo del alma y del corazón del hombre pecador, 
en el más allá, en el infierno candente y eterno. Es por eso, 
que el sufrir del alma perdida del hombre pecador y el sufrir 
del espíritu perdido del ángel caído jamás ha de dejar de 
ser, sino que seguirá eternamente y para siempre, en 
permanente violencia, dolor y tormento, en el infierno.

LA SEGUNDA MUERTE ES PARA LOS IMPÍOS, EN EL LAGO DE FUEGO 
ETERNO

Sólo los que han creído en sus corazones en el nombre 
salvador del Señor Jesucristo, entonces han de ser honrados 
por Dios, por la misma honra de su Hijo amado del más allá 
del reino de los cielos y de sus huestes de ángeles 
eternamente santos y, eternamente, llenos de honradez divina 
en sus corazones y en sus espíritus celestiales. En verdad, 
esta es una honra tan gloriosa, que no existe palabras en el 
leguaje humano, de cualquier lengua de los hombres de la 
tierra, que la puedan expresar, salvo el lenguaje glorioso y 
único de Dios y de la vida santa del reino de Dios, en el 
cielo. 

Pero, para los cobardes y ateos, para los repugnantes y 
homicidas, para los infieles y hechiceros, para los idólatras 
y todos los farsantes, su herencia será el lago que arde con 
fuego y azufre, la cual es la muerte segunda, en el más allá. 
Y de esta muerte, el alma del hombre no se podrá salvar 
jamás, salvo por la sangre del Señor Jesucristo. Pero para 
todo pecador, al haber llegado este día terrible a su vida, 
en el más allá, entonces ya es demasiado tarde. 

Por cuanto, el tiempo de la gracia de Dios y de su Jesucristo 
ha llegado a su fin, en la vida de cualquier pecador, en 
aquella hora cruel e incierta, para todo hombre o mujer de 
toda la tierra, sin Cristo en su corazón. En verdad, ya no 
hay posible perdón de Dios para ningún pecador, sólo le 
espera la perdición eterna de su alma y de su vida, en el 
lago de fuego, en el más allá, por no haber creído en su 
corazón y por no haber confesado con sus labios: el nombre 
bendito del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! 

Realmente, esta muerte es la segunda muerte del alma del 
hombre pecador; por lo tanto, ya no hay vida, ni mucho menos 
esperanza de vida, para el alma perdida del hombre, entre las 
llamas ardientes del lago de fuego y de azufre, en el más 
allá. Y Dios no ha deseado este tipo de muerte para ningún 
hombre, mujer, niño o niña de todas las familias de la 
tierra, por su culpa, por su pecado, de no haber conocido a 
su Hijo amado en su corazón, como su redentor de su alma 
viviente, sino lo contrario. 

Dios ha deseado siempre verdad y justicia, la verdad y la 
justicia de su fruto de vida y de salud eterna, del Árbol de 
vida del paraíso. Pero no es así con Lucifer y con sus 
ángeles caídos, para ellos es el castigo eterno, en el bajo 
mundo. Para los enemigos del Señor Jesucristo lo peor del 
infierno es para ellos. Todo este tormento y violencia 
infinita del infierno y del lago de fuego son para ellos, los 
espíritus rebeldes, para la eternidad venidera, por haber 
ofendido al nombre sagrado de su "Amado", en el reino de los 
cielos, en el día de su gran rebelión ante Dios y ante su 
Espíritu Santo, con sus millares de huestes de ángeles 
celestiales. 

Es más, el infierno con su lago de fuego, como su segunda 
muerte final, fueron creadas por el pecado de Lucifer, en el 
día de su rebelión, en contra de Dios y de su fruto de vida y 
salud eterna, de la tierra sagrada del paraíso y del reino de 
los cielos, el Santo de Dios, el Señor Jesucristo. Porque la 
verdad es que Dios jamás ha deseado perdonar el pecado de 
ninguno de los ángeles caídos, por haberse rebelado en contra 
de él y de su nombre sagrado. 

A causa de que, en el día que Lucifer se rebelo en contra de 
Dios, fue porque en aquel día él deseo exaltar su nombre más 
alto que el nombre de su Hijo amado, su Árbol de vida y de 
salud eterna, en los corazones de todos los ángeles del reino 
de los cielos. Y esto fue algo que Dios jamás le iba a 
permitir a él, ni a ninguno de sus ángeles caídos, ni por un 
sólo instante. Ya que la vida eterna del reino de los cielos, 
desde sus comienzos, en los primeros días de la antigüedad, 
ha sido siempre su Hijo amado, y nadie más. 

Por esta razón, Dios rechazo a Lucifer con todas sus huestes 
de ángeles caídos del reino de los cielos, porque Lucifer con 
todos sus seguidores ya no podían comer, ni mucho menos 
beber, del fruto de vida y de salud eterna del cielo, su 
unigénito, el Señor Jesucristo. Es más, la vida y la salud 
eterna del Señor Jesucristo ya no era posible, en sus 
corazones, ni en sus vidas, ni por un sólo instante más. El 
pecado de rebelión los había separado al instante de Dios y 
de su vida eterna del Señor Jesucristo, en el reino de los 
cielos.

Además, la única tierra en donde Lucifer con sus ángeles 
perdidos podían ahora seguir viviendo hasta el día del juicio 
final, iba a ser en un lugar muy extraño para Dios y para sus 
criaturas, en donde el Árbol de vida, el Señor Jesucristo, no 
podía dar de su fruto, ni mucho menos de su agua de vida a 
nadie. Y desde aquel día en adelante, el infierno es conocido 
como el lugar del pecado y de su tormento eterno, para todas 
las criaturas rebeldes hacia el Árbol de vida y su fruto de 
salud eterna, el Señor Jesucristo.

Por ello, este lugar, sin duda alguna, era el comienzo del 
mismo infierno y su lago de fuego en el más allá, en el mundo 
de la segunda muerte y de su perdición eterna, para todo ser 
viviente y pecador ante Dios y su Árbol de vida, el Señor 
Jesucristo, sea ángel caído u hombre pecador de toda la 
tierra. Y fue así que el infierno se comenzó a formar y a 
hacerse colosal día a día, para recibir a todo ser rebelde y 
pecador ante Dios y ante su Jesucristo, en el cielo, en el 
paraíso o en la tierra de nuestros días, por ejemplo. 

Pero este infierno, aunque es grande en todos sus contornos, 
en verdad, algún día ha de ser echado también, en el lago de 
fuego, para ser destruido con todos los que se encuentren en 
él; es decir, que el lago de fuego es la segunda muerte 
eterna del mismo infierno. Porque una vez que todo pecado que 
haya ofendido a Dios y al nombre sagrado de su Hijo amado 
deje de ser en los corazones de todos los hombres, mujeres, 
niños y niñas, de todas las familias de la tierra, entonces 
el infierno ya no tendrá razón para existir, jamás. 

Ya que, el infierno siempre ha de existir en el más allá, si 
es que el impío y vil hacia Dios y hacia su nombre santo vive 
aun en la tierra. Pero una vez que el hombre vil y pecador en 
contra de Dios y de su Ley Santa deje de ser vil y pecador y 
se convierta de todo corazón a su Jesucristo, entonces ya no 
habrá más tinieblas en la tierra, por lo tanto, el infierno 
ha de dejar de existir para siempre. 

En este día venidero, Lucifer ya habría sido castigado 
eternamente, en el lago de fuego; es decir, que ha dejado de 
existir, para entonces. Es decir, también, de que si el 
pecado ya no existe, entonces tampoco Lucifer podrá seguir 
existiendo, ni por un sólo momento más; su vida ha terminado, 
para siempre. Por fin, el lago de fuego se habrá tragado todo 
lo que Lucifer habría traído a la existencia, por su maldad, 
por su infamia, por su pecado en contra de Dios y de su 
Jesucristo.

Además, en el día que esto finalmente suceda en toda la 
tierra y su humanidad, entonces ha de ser el día cuando Dios 
ha de crear nuevas tierras con nuevos cielos, porque el 
infierno ni el pecado de Lucifer ya no existen; el lago de 
fuego se los habrá tragado por completo, todo, todo lo malo y 
abominable del enemigo de Dios y de su Jesucristo. En 
realidad, esta es la segunda muerte de todo ser pecador y del 
pecado del corazón de Lucifer, en el más allá, después del 
gran juicio de Dios, para con todas las palabras y las obras 
de los hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las familias 
de la tierra, del pasado, del presente y del futuro, también. 

En aquel día, entonces ya no habrá pecador, ni la razón por 
la existencia, ni por uno sólo instante más del infierno y de 
su ángel de muerte eterna; todos ellos han de ser lanzados al 
lago de fuego, para su destrucción final; su segunda muerte 
en el más allá, habrá llegado a su punto final, para siempre. 
Y cuando el pecado y el infierno dejen de existir, entonces 
Dios mismo ha de dar comienzo a su nueva vida eterna con cada 
uno de sus sobrevivientes, de todas las familias, razas, 
pueblos, linajes, tribus, lenguajes y reinos de la tierra, 
para un mundo mejor. 

Este ha de ser un mundo nuevo con nuevas tierras y nuevos 
cielos, libre de todo pecado, sin la palabra de mentira, sin 
el pecador, sin Lucifer y sus ángeles caídos y, además, de 
todo, sin el infierno ofendiendo siempre día a día a la vida 
de la tierra y del reino de Dios. En verdad, este ha de ser 
el comienzo de una nueva vida, llena de la felicidad de Dios 
y de su Jesucristo, en el cielo, para siempre. Y desde aquel 
día en adelante jamás el hombre volverá a separarse de Dios y 
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.

EL INFIERNO ABRIO SU BOCA SIN MEDIDA, PARA TRAGAR MUNDOS SIN 
CRISTO

Por eso, los pueblos de la tierra de nuestro Padre Celestial 
y de su Jesucristo han sido llevados cautivos día a día hacia 
su separación eterna de él y de su Jesucristo, por falta de 
conocimiento, de su perfecta voluntad, en la vida de su Hijo 
amado, para con cada uno de ellos, en toda la tierra. 
Ciertamente sus nobles están muertos de hambre, y sus 
multitudes por toda la tierra reseca de sed, de la palabra de 
vida y de salud, del Árbol de vida de Dios, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Dado que, Dios ha creado a todo hombre, mujer, niño y niña, 
de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y 
reinos de la tierra, para ser siempre "santificados y 
nutridos" día tras día, por el fruto de vida y de su agua de 
salud eterna, de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y como 
ellos no entendieron a Dios, ni mucho menos conocieron la 
verdad y la justicia celestial de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, entonces el infierno ensanchó su garganta y abrió 
su boca sin medida, como jamás, para tragar de la carne y de 
las almas perdidas de los hombres pecadores y rebeldes a Dios 
y a su Jesucristo. 

Por cierto, allá caerá el esplendor de todos ellos, en el día 
de su perdición, sus multitudes, su bullicio y de aquellos 
que se divertían con las naciones sin Jesucristo en sus 
vidas, también, han de caer entre las llamas ardientes del 
fuego, para no volverse a levantar a vivir sus vidas 
pecadoras y abominables para la Ley de Dios. Pues ninguno de 
ellos ha de volver a levantarse jamás para ofender a su Dios 
y a su Jesucristo, como en los días de la antigüedad, por 
ejemplo, como cuando Adán y Eva le ofendieron, en el día que 
rehusaron comer y beber de su Árbol de vida y de salud, en el 
epicentro del paraíso, en el cielo. 

Por todo, Dios no desea este mal horrendo para ninguno de los 
suyos, ni menos para las naciones, en ningún tiempo de su 
vida por la tierra, sino lo contrario. Dios realmente espera 
ver el arrepentimiento de sus muchos pecados, llevados acabo 
en contra de él y de su Jesucristo, para ofenderlo más que 
antes, y hasta mucho más, cuando Lucifer mismo le ofendió al 
tratar de exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre de 
su Jesucristo, en los corazones de los ángeles, en el cielo. 

En verdad, esta rebelión fue algo que Dios jamás se lo 
permitió a Lucifer, ni a ninguno de sus ángeles caídos; ni 
mucho menos se lo ha permitido al hombre pecador del paraíso 
y de la tierra, de nuestros días y de todos los tiempos, 
también. Por lo tanto, sólo el nombre del Señor Jesucristo ha 
de ser sublime y eternamente honrado por toda la tierra, tal 
como siempre lo ha sido en el cielo con cada uno de sus 
ángeles, excepto aquellos que se rebelaron en contra de él y 
de su Dios, en el día de la rebelión, millares de años atrás. 

Por eso, Dios no desea ver más a las naciones de la tierra, 
ni a ningún hombre, perdido eternamente en la oscuridad de su 
corazón, de no haber honrado, ni mucho menos exaltado el 
nombre bendito y lleno de salud eterna, para la vida y para 
el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña, de toda 
la tierra. 

Realmente Dios solamente desea que su voluntad perfecta sea 
cumplida en cada nación de la tierra; y esto es de que su 
Hijo amado viva en sus corazones, el Hijo de David, el 
Cristo, en las vidas de cada uno de sus habitantes, para que 
sean entonces preparados así, para su nueva vida eternamente 
feliz, en el cielo. Porque en el cielo sólo se vive la vida 
perfecta de la Ley de Dios y de Moisés; por cierto, esta vida 
perfecta de la Ley es el mismo Hijo de David, el Cristo de 
Israel y de las naciones del mundo entero. 

Es decir, entonces de las naciones que sólo aman la verdad y 
la justicia eterna de Dios y de su Espíritu Santo, desde 
siempre, para miles de siglos venideros, en el más allá, en 
el nuevo reino de Dios y su Árbol de vida eterna para su 
nueva e infinita creación celestial: La Nueva Jerusalén Santa 
y Perfecta. Porque sólo el Señor Jesucristo ha de ser el 
Árbol de vida eterna para todo hombre, mujer, niño y niña de 
la tierra, como siempre lo ha sido para los ángeles de los 
cielos y para Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo. Y fuera 
de Jesucristo no hay otro Árbol de vida.

TEMER AL QUE TIENE EL PODER Y LA AUTORIDAD PARA MATAR EL ALMA 
PERDIDA

Por todo ello, no teman jamás a los que matan el cuerpo, mis 
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, porque, en 
realidad, no pueden matar al alma del hombre, de la mujer, 
del niño o de la niña, de todas las naciones de la tierra. En 
lugar de eso, teman a aquel que puede destruir tanto el alma 
como el cuerpo del hombre pecador hacia él y a hacia su 
Jesucristo, en el infierno y en su segunda muerte, en el lago 
de fuego al rojo vivo eternamente con azufre por doquier, en 
el más allá, en el mundo de los muertos. 

Ahora bien, este único ser santo, con tanto poder para 
destruir al alma viviente, del hombre de la tierra, es Dios 
mismo, el Todopoderoso del cielo y de la tierra, y más no 
otro ser creado por Dios, como ángeles u hombres de la 
tierra. Y Dios hasta nuestros días, por ejemplo, jamás ha 
destruido la vida, ni el alma preciosa de ningún hombre, ni 
de ninguna mujer, ni de niño, ni de niña, del mundo entero. 

Pero para el día del gran juicio del cielo, en el más allá, 
Dios se ha reservado este gran poder para usarlo en contra de 
aquellos que se hayan rebelado obstinadamente del nombre de 
su Hijo y de su vida santa y sumamente gloriosa, sobre la 
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en 
Israel, para deshonrarlo. A este pecado Dios lo juzga lo 
condena con todo su poder y con toda su autoridad celestial 
de más allá, para ponerle fin y así no se vuelva a levantar 
jamás para hacerle más daño a nadie, en el nuevo cielo y en 
la nueva tierra, para siempre.

Seriamente, Dios está dispuesto a perdonarles todos los 
pecados a los hombres, sea cual sea su pecado, no importa. 
Pero aquellos que persisten en sus horrendas perversidades de 
sus corazones para hacerle enojar y afligirle a él y a su 
Árbol de vida, entonces Dios mismo se ríe de ellos, por que 
su día final de sus grandes mentiras y terribles maldades ha 
llegado a su fin, entre las llamas ardientes del fuego, en el 
más allá, en el infierno. 

Porque ciertamente Dios mismo tiene el poder para castigar y 
destruir eternamente y para siempre, a todo ser innoble y 
grosero en contra de su nombre y de la vida honrada de la Ley 
de Dios y de Moisés, manifestada intachable en la vida 
consagrada al Padre Celestial de su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! Y todos los que rechazan al Señor Jesucristo y su 
Ley perfecta, en verdad, para Dios ellos aman la muerte en la 
tierra y en el más allá, también, entre las llamas ardientes 
del fuego eterno del infierno. 

Por cuanto, cuando pudieron aceptar y recibir en sus 
corazones, confesando así el nombre del Señor Jesucristo ante 
Dios y su Espíritu Santo, entonces no lo hicieron, para mal 
de ellos mismos, sino que se burlaron de él, con gran maldad 
en sus corazones; diciendo que le conocían, cuando no era 
verdad. Además, se burlaron del Señor Jesucristo, como 
Lucifer y Adán con su esposa Eva lo hicieron en el más allá, 
en el cielo con los ángeles caídos y en el paraíso, con el 
árbol de la ciencia del bien y del mal. 

En verdad, esto es muerte eterna para cada uno de ellos, sean 
quienes sean, ángeles caídos u hombres pecadores o mujeres 
pecadoras de toda la tierra, del ayer, de hoy y de siempre. 
Es por eso que la boca del infierno se abre más y más día a 
día, para recibir a los moradores de la tierra, de los que 
han seguido burlándose del amor perfecto de Dios, manifestado 
a la humanidad entera, por medio de la vida y de la sangre 
sublime de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! 

Ciertamente, Dios no está buscando burladores del amor eterno 
de su Hijo amado para destruirlos, sino lo contrario. Dios 
está buscando a todo hombre, mujer, niño y niña, de las 
familias de la tierra, que amen su amor perfecto, solamente 
manifestado a cada uno de ellos, por medio de la vida y de la 
sangre gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, -
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, 
en Israel. 

Y cuando Dios los encuentra, entonces sólo hay amor y más 
amor celestial para cada uno de ellos y de los suyos también, 
por toda la tierra, para engrandecer más y más la gloria 
perfecta de su nombre y de su vida gloriosa sobre la tierra, 
así como en el cielo con cada ángel y su Hijo, el Señor 
Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo es la vida perfecta de 
su Ley divina, en el corazón de cada arcángel, ángel, 
querubines, serafín y demás seres santos, en el cielo. 
 
En verdad, Dios desea que también sea así por toda la tierra, 
en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas 
las familias del mundo entero, con el fin de erradicar a cada 
una de las tinieblas del más allá, para echarlas a su lugar 
eterno, en el infierno y en el lago de fuego, para su fin. 
Para que entonces el infierno ya no tenga más razón para 
existir en el más allá, sino que tendrá que irse a su lugar 
eterno también, con todo lo suyo y de Lucifer, el enemigo 
eterno de Dios y del Señor Jesucristo. Y el fin del infierno 
es el lago de fuego.

Porque el infierno también tiene su muerte eterna; y esta 
muerte eterna del infierno, en el mismo más allá, es el lago 
de fuego que arde con azufre día y noche y para siempre. Y 
una vez, que cada tiniebla del corazón del hombre haya sido 
removida por el nombre y la sangre perfecta del Señor 
Jesucristo, entonces el infierno ha de dejar de existir. Y 
cuando esto suceda, entonces todo ha de ser luz por toda la 
tierra con nuevos cielos y una nueva vida, sin la presencia 
terrible del pecado y de la maldad de Lucifer. 

Por cuanto, Lucifer ha de desaparecer eternamente y para 
siempre con cada una de sus profundas tinieblas, de las que 
han agobiado a toda la tierra con el hombre de pecado, desde 
los días de la antigüedad, hasta nuestros días, por ejemplo. 
Pero todo esto ha de llegar a su día final, cuando el nombre 
de Dios y de su Jesucristo reine eternamente y para siempre, 
en el corazón de cada ser viviente, de ángeles y de hombres, 
en el cielo y por la tierra, para siempre. 

Entonces cuando esto sea una realidad, pues todo ha de ser 
luz divina, tal como siempre lo ha sido así, en el cielo, 
desde siempre y hasta los miles de siglos venideros, en la 
nueva eternidad venidera de Dios y de su Jesucristo. El 
hombre, ni Dios, ha de tener que volver a sufrir las 
aflicciones terribles del pecado y de la mentira de Lucifer, 
para siempre; sólo habrá paz, amor, gozo, felicidad, santidad 
y una vida perfecta, llena de gozo de Dios y de su Espíritu 
con sus huestes de ángeles fieles, en el nuevo reino de Dios: 
La Nueva Jerusalén Celestial.

Por eso, el que no fue hallado escrito en "el libro de la 
vida" entonces fue entregado a su segunda muerte, en el lago 
de fuego, el cual arde con azufre día y noche y para siempre. 
De esta muerte no se salva nadie. Porque el ángel caído muere 
y el hombre pecador también (muere) en su pecado, para 
entonces descender a su lugar de espera, en el más allá, en 
el mundo de los muertos, el Abadón o el infierno; por lo 
tanto, el espíritu del ángel caído aun no ha muerto del todo, 
ni tampoco el alma del hombre pecador. 

Pero en el juicio final de todas las cosas de Dios y de su 
Jesucristo en el cielo, entonces todos los que hayan sido 
encontrados culpables de sus muchos pecados y sus nombres no 
inscritos en "el libro de la vida eterna del Cordero Escogido 
de Dios", se han de perder para siempre, en lago de fuego. En 
verdad, en aquel día final, el mismo Abadón y el infierno han 
de ser lanzados al lago de fuego, con todos los espíritus 
inmundos y las almas inmundas de los hombres pecadores de 
toda la tierra, para que reciban de una vez por todas y para 
siempre, su segunda muerte final. 

De esta muerte no hay salvación posible para ningún ser 
condenado, sea hombre, o sea ángel caído, sino que han de 
morir para siempre, en el más allá, en el fuego eterno del 
lago de fuego. Desde aquel día en adelante sus nombres ya no 
han de ser mencionados, ni menos reconocidos por Dios, ni por 
ningún ángel del cielo, ni por ningún hombre o mujer del 
paraíso o de la tierra, sino que serán borrados eternamente y 
para siempre, en la eternidad venidera de Dios y de su 
Jesucristo, en el más allá. 

Además, de esta muerte, Dios no desea que ninguno de sus 
seres creados tenga que sufrir eternamente y para siempre, 
sino lo contrario. En verdad, Dios desea que todo hombre, 
mujer, niño y niña, de todas las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la tierra, tengan la oportunidad 
de arrepentirse de sus pecados, y así entonces aceptar en sus 
corazones y confesar con sus labios: el nombre bendito de su 
salvación, el Señor Jesucristo. 

En la medida en que, esta es la única manera por la cual, 
Dios ha de perdonar cada uno de todos los pecados de los 
hombres y de las naciones de la tierra. Porque ha sido en el 
nombre sagrado del Señor Jesucristo, en donde los poderes y 
autoridades de perdonar y de limpiar, el corazón y el alma 
viviente del hombre de todos sus pecados y de todas sus malas 
obras, están hoy en día y por siempre, en la eternidad 
venidera del nuevo reino de Dios, en los cielos. 

Por cuanto, ha sido el Señor Jesucristo quien ha salido del 
Padre Celestial; y, además, quien ha descendido del cielo a 
la tierra, para cumplir cada palabra, cada letra, cada tilde 
y su significado eterno de la Ley de Dios y de Moisés. Con el 
fin de que de ella salga el poder para ponerle fin al pecado 
y a la muerte de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas 
las familias de la tierra; es decir, de entregarle su vida 
eterna a cada uno de ellos, en sus millares, en toda la 
tierra, comenzando con Israel, por ejemplo. 

Dado que la promesa de la Ley y de su vida eterna ha sido 
dada primero a los hebreos, para que entonces todas las 
familias de las naciones, de las que lleguen a honrar y a 
exaltar el nombre del Señor Jesucristo, entonces tengan sus 
nombres inscritos en "el libro de Dios y de la vida eterna", 
en el cielo. Porque sólo el Señor Jesucristo ha sido desde 
los días de la antigüedad hasta nuestros días: el camino, la 
verdad y la vida para ver al Padre Celestial en el cielo, 
para cada ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres 
santos del más allá. 

Y lo mismo es verdad para todo hombre, mujer, niño y niña de 
todas las familias de la tierra, pues sólo el Señor 
Jesucristo es el camino, la verdad y la vida eterna para 
entrar en el cielo y ver al Padre Celestial. Y esto es, en 
realidad, tal como el Señor Jesucristo siempre le ha conocido 
a él, y tal como ha de ser para con cada uno de nosotros, de 
sus hijos y de sus hijas, de todas las naciones, para los 
miles de siglos venideros, en el más allá, en el nuevo reino 
de Dios, en los cielos. 

Es por eso, que es juicio de Dios de que todos los impíos, 
los cobardes, los mentirosos, los malvados, los engañadores, 
los odiosos de lo bueno, los idolatras, los paganos, los 
ateos, han de ser lanzados por los ángeles del cielo al lago 
de fuego, para que no vuelvan a ofender a Dios y a su 
Jesucristo con sus pecados. Todos ellos han de morir en sus 
propias palabras y en sus propios pecados eternos, en el 
fuego del infierno.

Si, así será en el ultimo día de vida de toda la tierra, los 
ángeles descenderán del cielo para separar a los que han 
comido y bebido del fruto de vida y de salud eterna del Árbol 
de vida de Dios, el Señor Jesucristo, más los que no hayan 
hecho así, entonces son para juicio y condenación eterna. 
Porque su pecado los persigue día y noche para siempre, para 
vergüenza de sus corazones y de sus almas eternas, en la 
eternidad. 

Moralmente, ellos jamás podrán separarse del pecado del 
corazón malvado de Lucifer, por más que algunos lo deseen 
hacer así; por eso, su parte ha de ser con los farsantes, con 
los mentirosos, con los viles, con los idolatras, con los 
transgresores de la Ley de Dios, entre las llamas del fuego y 
del castigo eterno. Ellos ya no podrán gozar de la promesa de 
vida eterna de Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo; 
sólo la segunda muerte eterna les espera, en su ultima hora 
de vida, entre las llamas ardientes del lago de fuego, en el 
más allá. 

Sinceramente, esto es una pena tan grande para Dios, sólo él 
la podrá entender en la eternidad, en su corazón santo, al 
ver tantas almas perderse eternamente por el fuego eterno. 
Porque después de haber hecho tanto por ellos, ninguno de 
ellos pudo ver con los ojos de su corazón: el amor tan grande 
que Dios y que su Jesucristo siempre habían sentido, no sólo 
para ellos, sino también, para los suyos, en toda la tierra y 
para la eternidad. 

Por cierto, el amor del Señor Jesucristo fue tan grande que 
le costo su misma vida y su misma sangre santísima, dejarla 
correr como agua sobre la roca eterna en las afueras de 
Jerusalén, para probar su amor por cada uno de ellos, en sus 
millares, en toda la tierra. En verdad, el Señor Jesucristo 
puso fin al pecado primero en las alturas de Jerusalén y en 
el paraíso, ya que, fue ahí, en el cielo, en donde comenzó el 
primer pecado con Adán y con Eva. (En realidad, el primer 
pecado y su rebelión comenzaron con Lucifer miles de años 
antes de la formación de Adán, en el cielo.)

Por esta razón, el Señor Jesucristo tenía que dejar correr su 
sangre santa sobre la cima de una roca muy especial, para 
Dios en el reino de los cielos y en la tierra; por cierto, 
esta roca es conocida por los ángeles de Dios y por los 
antiguos, también: "como la roca de la eternidad". Para que 
entonces sobre ella empiece el fin del primer pecado para el 
paraíso y para Adán con cada uno de sus descendientes, por 
toda la tierra, hasta nuestros días y por siempre, en el más 
allá, en el reino de Dios, en los nuevos cielos. 

Es decir, que el Señor Jesucristo fue crucificado y muerto en 
lo alto de la roca, de la eternidad de Dios, para estar entre 
la tierra, el cielo y el paraíso. Y de esta manera todos lo 
puedan ver hasta aun más allá de todos los horizontes más 
remotos de la tierra y de la edad de las muchas generaciones 
por venir, en los postreros tiempos del hombre. 

Por lo tanto, todo ojo de los ángeles del cielo y de los 
hombres de la tierra, en alguna de vez de su vida, en su 
corazón, ha visto la agonía, el dolor, el sufrir y su muerte 
cruel sobre la cima de la roca eterna de Dios, en las afueras 
de Jerusalén, en Israel. Con el fin de que todos entiendan el 
amor infinito de Dios y la pasión de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, para redimir el alma del hombre de la tierra, de 
todos sus pecados y males eternos del más allá. 

Es decir, para que entiendan entonces, de los que viven y de 
los que han de morir, en el más allá, de que Dios siempre 
hizo todo lo que estuvo a su alcance, y hasta lo imposible, 
para perdonar el pecado de todos ellos, en todos los lugares 
de la tierra. Y así entonces librar el alma perdida del 
hombre, la mujer, el niño y la niña, de todas las familias de 
la tierra, de su condena eterna, entre las llamas ardientes 
del lago de fuego, la segunda muerte del hombre, en la 
eternidad venidera. 
 
Pero muchos se han de perder en el postrer día de vida de 
toda la tierra, porque el pecado de no haber aceptado, ni 
menos honrado, el nombre del Señor Jesucristo, en sus 
corazones, aun está vigente en ellos, como si hubiese 
sucedido su rechazo al Señor Jesucristo tan sólo momentos 
antes; y esto es verdad, aunque hayan pasado siglos. Pues en 
éste estado espiritual, las almas de las gentes y de los 
ángeles perdidos, de los que se pierden eternamente, son 
muchos de toda la tierra, para entrar en su segunda muerte, 
en el lago de fuego, en el más allá, después del juicio de 
Dios de todas las cosas, en el cielo y en la tierra. 

A no ser que se arrepientan a tiempo de su pecado, por haber 
rechazado, como Adán negó en su día, en el paraíso, "el fruto 
de vida eterna", el Señor Jesucristo en su corazón, para 
perdición de su alma y de las almas de cada uno de sus 
descendientes rebeldes, por toda la tierra, hasta nuestros 
días, por ejemplo. Es por eso, que el Señor Jesucristo 
siempre les ha dicho a las gentes, no sólo de Israel, sino de 
toda la tierra: ¡Pecadores! 

¡Generaciones perversas e indiferentes ante el amor de Dios y 
de su Hijo amado! ¡Infieles a Dios y a su plan de salvación 
eterna! ¿Cómo han de escapar su segunda muerte en el lago de 
fuego, que arde con azufre día y noche por los siglos de los 
siglos, en el más allá? Miren que Dios es misericordioso para 
con todos ustedes, sin hacer excepción de personas alguno 
jamás, buscando siempre que sean redimidos de sus males 
eternos, para escribir sus nombres en su libro de la vida, en 
el cielo. 

Pues él les ha estado hablando a sus corazones a tiempo y 
fuera de tiempo, para que se arrepientan, de no honrar la 
obra y el amor perfecto de la sangre de su Cordero Eterno, 
que ha derramado sobre Israel, para el perdón y el fin del 
pecado de todo hombre, mujer, niño y niña, de toda la tierra.  
Porque Dios desea perdonar todo pecado del hombre, sin hacer 
jamás excepción de persona alguna en toda la tierra, jamás, 
para que gocen siempre de vida eterna y no la condenación del 
fuego y del gusano infernal, que nunca muere, en el más allá.

Además, en su misericordia Dios les ha enviado una y otra vez 
a sus fieles siervos y siervas con su palabra sellada en sus 
corazones, para que se las entreguen en sus mismos corazones, 
y así puedan arrepentirse de todos sus pecados, de 
condenación y de muerte eterna, en la tierra y en el más 
allá, también, en el infierno. Es por eso, que el evangelio 
de Dios y de su Jesucristo, desde su manifestación en la 
tierra, no ha dejado de repartir de su palabra y de sus 
muchas bendiciones de vida y de salud eterna, a todo aquel 
que desee amar a Dios y a su nueva vida celestial, en el 
cielo.

Pero ustedes no han querido oír su palabra, como los 
pecadores de la antigüedad, mucho de ellos no desearon oír la 
verdad y la justicia de Dios, como en los días de Noe y su 
gran diluvio por toda la tierra, por ejemplo. Por lo tanto, 
hoy en día se encuentran en sus lugares de condenación y de 
destrucción eterna, en el mundo de los muertos, en el 
infierno. Y esto fue algo que sucedió, no por voluntad de 
Dios, sino por culpa del obstinado corazón del hombre de la 
antigüedad, de no querer amar a Dios y a su Ley Santa, aunque 
(la Ley) no hubiese llegado a ellos todavía, pero Dios los 
mantuvo responsables de ella, de todas maneras. 

Pues como los antiguos hicieron con los siervos y siervas del 
nombre del Señor Jesucristo, pues así también, hoy en día, 
quieren hacer con aquellos hombres entendidos y aquellas 
mujeres entendidas de la palabra de su Ley y de su evangelio 
eterno del Señor Jesucristo, para hacerle daño a sus vidas y 
a las vidas de muchas gentes inocentes, también. Y Dios no se 
agrada de este mal proceder de ninguno de sus enemigos en 
contra de sus gentes, en toda la tierra.

En verdad, esto es pecado ante Dios terriblemente poderoso; 
por tanto, es un pecado que justifica la existencia del 
infierno y del lago de fuego, en el más allá, en el mundo de 
los eternamente condenados y perdidos en las tinieblas 
antiguas de Lucifer y de sus ángeles caídos. Y Dios no desea 
ver a ningún hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, 
perdido, ni por un sólo instante más, en las profundas 
tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, en la tierra ni 
menos en el más allá, en el mundo de los muertos. 

Seriamente, Dios sólo desea ver el fin del pecado y de su 
progenitor, Lucifer, en el infierno y en el lago de fuego. 
Para que entonces el pecado, ni ninguna de sus profundas 
tinieblas, vuelva a ofender a Dios, ni a su Ley santa, ni a 
su Espíritu Santo, ni menos a su Jesucristo, en los corazones 
de sus ángeles y de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas 
las familias de la tierra, en el más allá, para siempre. 

En realidad, Dios está sólo interesado en el bien por la 
vida, de cada uno de sus seres creados en su imagen y 
conforme a su semejanza perfecta, en cada hombre y en cada 
mujer de toda la tierra, para siempre. Por lo tanto, el 
infierno con su muerte final en el lago de fuego tiene que 
desaparecer para siempre, para el bien del hombre y delante 
de la presencia de Dios. Para que entonces la paz de la Ley 
perfecta de Dios reine en toda la creación de Dios y de su 
Jesucristo, como en el reino de los cielos, por ejemplo, sin 
la presencia de la amenaza del infierno, en el más allá, para 
siempre.

Ciertamente los pecadores en toda la tierra tienen gran temor 
en sus corazones y en sus almas vivientes; el temblor de 
miedo se ha apoderado de todos los impíos de la tierra, por 
culpa de sus pecados. Ellos piensan en sus pecados y no ven 
la salida que Dios les ha ofrecido en la vida santísima de su 
Jesucristo. Están ciegos; se miran el uno al otro, y ya no 
saben que hacer. Ya sienten la perdición del fuego del 
infierno, en sus corazones y en sus almas manchadas por sus 
pecados y por sus malas obras; están perdidos eternamente y 
para siempre, sin Jesucristo; y lo entienden así, muy bien en 
sus espíritus humanos, por eso tiemblan de miedo siempre ante 
lo que viene en contra de ellos, en el más allá.

Pero Dios aun espera por ellos, para que se arrepientan de 
sus pecados y así dejar que la vida eterna del nombre del 
Señor Jesucristo comience a reinar en sus corazones y en 
todas sus vidas, también. Porque el fin de sus pecados, si 
ellos permanecen en sus oscuridades eternas de sus corazones 
malvados, entonces su destino final, no sólo ha de ser el 
infierno, sino el fuego y el gusano que destruye sin terminar 
jamás, el alma perdida del hombre pecador y de la mujer 
pecadora, en el más allá, en el lago de fuego. 

Por cuanto, no hay quien pueda escaparse del fuego de azufre 
del lago de fuego; todos los que van a este lugar de 
condenación eterna están perdidos, eternamente y para 
siempre. Porque pregunto yo: ¿que ángel caído, por más 
poderoso que sea, podrá sostener su vida ante el poder 
destructor del fuego y azufre, del lago de fuego? O, ¿Qué 
hombre podrá sostener su vida, y la existencia eterna de su 
alma viviente, por más sabio que sea, por más poderoso o rico 
que sea? 

La verdad es que nadie. ¡Nadie podrá jamás habitar con el 
fuego consumidor! ¡Ninguno de nosotros, en toda la tierra, 
podrá jamás habitar con las llamas eternas del lago de fuego! 
Estaremos eternamente y para siempre perdidos en nuestros 
pecados y en la destrucción eterna del fuego del más allá, a 
no ser que Dios tenga misericordia de nosotros, desde hoy 
mismo.

Sólo el Señor Jesucristo podría habitar eternamente y para 
siempre, entre las llamas eternas del lago de fuego, porque 
él es santo y en el no ha habitado jamás la maldad del 
pecado. Y si el Señor Jesucristo puede habitar entre las 
llamas ardientes del fuego eterno, en el lago de fuego, 
entonces también nosotros, por la verdad, la santidad y la 
justicia redentora de su sangre bendita, la cual vive en cada 
uno de nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra, si 
sólo creemos en él y en su nombre salvador. 

En vista de que, podemos muy bien recordar otra vez, por 
ejemplo: Cuando el rey Nabucodonosor hizo que Sadrac, Abed-
nego y Mesac fuesen lanzados al horno candente del fuego del 
horno, pero el fuego no les hacia daño en sus cuerpos, ni les 
molestaba su calor intenso tampoco. Porque en ese instante 
Dios estaba con los tres siervos de Dios, quienes rehusaron 
doblar sus rodillas ante su estatua vil, para romper así la 
palabra de la Ley de Dios en sus corazones, el Hijo de Dios, 
su hermano eterno de sangre y de carne, el Hijo de David. 

Por eso, mientras Abed-nego, Sadrac y Mesac se encontraban 
entre las llamas del horno candente, entonces el Señor 
Jesucristo era el Hijo de Dios, quien estaba entre ellos, 
protegiéndolos, como nos protege hoy en día en toda la 
tierra, por ejemplo, para que no sean quemados por el poder 
destructor del fuego del horno. Por lo tanto, si crees en tu 
corazón y confiesas con tus labios: el nombre del Señor 
Jesucristo, entonces el infierno, ni el lago de fuego son 
para ti, ni de ninguno de los tuyos, para siempre. El 
infierno sólo existe para Lucifer y sus seguidores. Amen.
 

Libro 120


SANTIDAD


Los dones, los milagros, las maravillas y las grandes 
bendiciones sobrenaturales de la tierra y del reino de Dios, 
son para cada uno de los hombres, mujeres, niños y niñas de 
la tierra, de los que solamente crean en la santidad perfecta 
e infinita del Árbol de la vida de Dios, en sus corazones, ¡
el Señor Jesucristo!

La santidad del Señor Jesucristo perfecto e infinito, tan 
perfecto e infinito, como el mismo Dios del cielo y de la 
tierra, para tu corazón y para toda tu vida, hoy en día, mi 
estimado hermano y mi estimada hermana. Pues bien, para que 
la goces libre de la mancha del pecado, en la eternidad 
venidera del nuevo reino de los cielos, de Dios y de su Árbol 
de vida, ¡el Señor Jesucristo!

Esto es lo que Dios desea que el hombre enseñe a su prójimo, 
día a día y hasta que por fin entre en la gloria infinita, de 
Dios y de su Jesucristo en el cielo: pues que nadie jamás 
tenga en poco tu amor por Dios y por su Hijo amado, en todos 
los lugares de la tierra. Porque tu amor hacia él y su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, es eternamente sagrado, y no se 
lo puede tener en poco por ti, ni por nadie, jamás.

Por lo tanto, sean ejemplos tangibles de palabra, de amor, de 
espíritu de fe y de la santidad perfecta manifestada a cada 
uno, en la sangre santísima del Señor Jesucristo sobre la 
roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para 
exaltar la Ley de Dios sobre todo poder del pecado y de la 
muerte, en el más allá. 

Por eso, a ustedes mismos que en el pasado eran "constituidos 
enemigos" de Jesucristo por naturaleza y por estar ocupados 
en las cosas vanas de sus vidas cotidianas, sin jamás pensar, 
ni menos sentir amor por Dios y por su obra santa y suprema, 
en la tierra y en el cielo, entonces Dios m